MI ADOLFO (Xema Palanca)

  16 Febrero 2008


Los recuerdos son así. La pátina del tiempo hace que se deformen y se moldeen a nuestra voluntad. Se olvidan algunos detalles, mientras que otros se exageran y, sin ánimo de caer en la falsedad o la mentira, se confunde lo que debió ser con lo que fue. Es entonces cuando descubres que tu vivencia es única e intransferible, que difícilmente puede alcanzar la categoría de hecho histórico y que a menudo su veracidad se encuentra más cercana a la frontera de la fábula que de la realidad.

Cuando un grupo de amigos me invitan a hablar de Adolfo lo hago muy gustosamente, pero advirtiendo que yo tengo mi Adolfo, único e intransferible, y que será bien diferente al de los demás. Pero no por ello menos auténtico.

Super-8

10-adolfo_la_luz.jpgPara un chaval de 13 años, el COUL de Cheste de 1977 suponía acceder a una serie de posibilidades inalcanzables en nuestros lugares de origen. Desde montar en un kart hasta que el profesor de la clase de Lengua propusiera escribir el guión de una película. Ambas cosas me sucedieron a mí. El guión fue premiado con cinco rollos de película de súper 8 para rodarlo. Ese fue mi primer contacto con Adolfo.

Como era mi tercer curso en el centro, Adolfo ya me era conocido como “el hombre del cine-club”. Cualquier profesor o profesora que se escapaba de lo normal entraba en el ámbito de lo que hoy llamaríamos una leyenda urbana. Y Adolfo lo era. Aunque en aquellas edades la faceta que más nos intrigaba a los que no éramos sus alumnos era la de profesor de Ciencias: ¿era buen profesor? ¿Explicaba bien? ¿Suspendía mucho? ¿Se enfadaba con facilidad? ¿Había que tratarle de “don” o bastaba con su nombre? ¿Eran compatibles en una misma persona la aridez de la física y el placer del cine?

Aquella película en súper 8 nos hizo visibles a los dos. Nos autorizó a saludarnos y preguntarnos por cómo nos iban las cosas. Incluso durante la Semana de Cine pude ayudarle a cargar las bobinas de alguna película en 16 mm en las salas de Poniente o Levante. A cambio de ello, tras una breve conversación (“fíjate en la escena del teléfono”, “ya me dirás si te gusta”), uno tenía la impresión de que la película se proyectaba sólo para él.

Pat Garret y Billy The Kid

07-palanca_adolfo.jpgEn la Universidad de Cheste, cuando yo estudié bachillerato, el cine-club era una religión. Como un muecín, Adolfo se situaba en el centro del pasillo del patio de butacas del Paraninfo y nos declamaba las excelencias de la película que íbamos a ver. Al finalizar, los iniciados le rodeábamos y entrábamos en tertulia.

Mi primera película de esa época fue Pat Garret y Billy the Kid (Sam Peckinpah, 1973). Pero también fue la primera película que vi como una obra de arte. Y es que, arropado por la banda sonora de Bob Dylan y las palabras de Adolfo, aquel filme dejaba de ser una simple película de vaqueros para contar la historia de una gran amistad. Por primera vez fui consciente del poder narrativo del cine, de su capacidad de aportar ideas. Con los años reconocí que en gran medida toda aquella magia estaba en deuda con los discursos que aquel ser enjuto nos dedicaba en el preámbulo de cada sesión cinematográfica.

El caballero de la triste figura de celuloide era capaz de enfrentarse a más de mil estudiantes de bachillerato, con la intención de depositar en nosotros la piedra filosofal que provocara la alquimia de transformar un simple instrumento de placer y juego como el cine en una herramienta de cultura. Guardaba esa erudición que tenían los profesores de su época, seguramente consecuencia de sus conocimientos de latín. A nuestros ojos se nos presentaba con una memoria portentosa, capaz de recordar fechas, nombres y rostros, aportando datos sobre filmografías exóticas o, incluso, imposibles. Definitivamente, el cine era grande y Adolfo su profeta.

Cortázar y Godard

09-equipo_miradas.jpgPasaban los años, pero todavía no estaba mal visto ni sancionado el beber cerveza y fumar en la cafetería del CEI de Cheste ni en otros centros escolares. No era extraño que alumnos y profesorado coincidieran alrededor de las mesas huyendo ambos del tedio general de las clases de Magisterio. Entre los que llevábamos más tiempo, existía una cierta complicidad que fácilmente podía materializarse en invitar generosamente a un café o una caña a los más endebles económicamente, que siempre en estos casos son los estudiantes. Adolfo era de los que pagaban.

Aquel lunes nos amaneció a todos con la noticia de la muerte de Julio Cortázar. Sabín me abordó en la cola del comedor proponiéndome montar “alguna cosa, tú ya sabes” en homenaje al cronopio que nos acababa de dejar. No sé si es necesario precisar que Sabín y Adolfo formaban una pareja tan indisoluble como popular, a la altura de las célebres Roberto Alcázar y Pedrín, Isabel y Fernando o Ramón y Cajal (¿me perdonarán el chiste tan trillado?). Apenas dos semanas después presentábamos una película en un acto con lecturas, dramatizaciones y algún apunte biográfico.

Todo esto viene al caso porque, a pesar de que ni era el profesor de la asignatura ni el creador o realizador del proyecto, Adolfo estaba presente. Con sus comentarios, con su visita durante el rodaje, con sus aportaciones durante el montaje. Detrás de cualquier proyecto de cine, siempre estaba Adolfo. Sin más protagonismo que el necesario; de manera sutil, pero nunca intrascendente. Como la llamada telefónica de Godard en A bout de soufflé... aunque hace tanto tiempo que no reviso esa película que igual este dato pertenece también al mundo de la leyenda.

Miradas

07-palanca_cris.jpgEs caprichoso el azar, canta Serrat. Perder un tren en el momento oportuno, pasear por el lugar preciso o, simplemente, encontrarse en el lugar adecuado y en el momento oportuno es un buen abono para que el azar pueda dar sus frutos. Así, en una de las casualidades que nos ofrece la vida, fue como entré a participar en el proyecto de Miradas.

Fue una suerte poder compartir cartel con Cristina Plazas, conocer desde dentro el funcionamiento de Cáritas, colaborar en un proyecto altruista o tratar al fantástico equipo de rodaje. Pero egoístamente he de confesar que el auténtico placer fue reencontrarme con Sabín y Adolfo. Recuperar las largas sobremesas hablando sobre lo humano y lo divino, imaginarnos mil y un proyectos por hacer, descubrir sin miedo y sin congoja que habían pasado casi veinte años desde la última vez que habíamos trabajado juntos.

11-estreno_miradas.jpgEra primavera, que siempre es una estación bonita para dejarse llevar por las emociones. A la admiración y respeto había que sumarle un nuevo sentimiento que había surgido en mí con el paso el tiempo. Era el de agradecimiento; ese agradecimiento a las personas que, como Adolfo, fueron capaces de luchar y pelear en tiempos muy difíciles (si es que alguna vez los tiempos han sido fáciles) por aquello en lo que creían. Ojalá los que debemos de ser su relevo, mantengamos vivo su ejemplo y estemos a la altura de la herencia que nos dejaron.

Bueno, y esto es todo. Seguramente los hechos no fueron exactamente así, pero así los recuerdo. Y todos ellos conforman la figura de mi Adolfo, el cual tengo el placer y orgullo de compartir con vosotros. Por cierto, que hablo de Adolfo Bellido (padre), cosa que todavía no he dicho. Aunque supongo que el lector o lectora de estás páginas sabe de sobra a quien me refiero.

Escribe Xema Palanca

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