NUESTRO ANDRE BAZIN PARTICULAR (Luis Tormo)

  12 Febrero 2008

Una de las razones más poderosas que conlleva el acercamiento a una obra de arte es, junto con el goce o placer estético intrínseco que el disfrute de ésta produce, la valiosa información que transmite de los hombres y las mujeres que la han producido, la información de la sociedad, la información sobre el tiempo histórico en que se desarrolla; en definitiva, todas aquellas cosas que sirven para comprender el pensamiento de una época. Importante es también el valor que es capaz de trasmitir para el futuro y la posibilidad de enseñanzas que puede facilitar para aquellas personas que se van acercando a esas obras que las comunidades opinan, afirman, catalogan, valoran, califican (o incluso niegan) como arte.

04_tormo.jpgEstamos hablando de la capacidad de la obra por despertar sentimientos y la capacidad de la persona que se acerca a ella de extraer todo lo que posee en su interior. Este descubrimiento de las posibilidades que toda obra de arte lleva en su interior es producto de la capacidad de lectura que todo el mundo posee pero que, como todo en esta vida, resulta más sencillo a través del aprendizaje.

Para mí, el cine es una de las artes que mejor desempeña estas características, es el arte que me descubre constantemente aspectos de las personas y del mundo, es el arte que me afecta con sus historias sencillas, complicadas, amables o duras. El cine me acompaña desde pequeño, la visión de la pantalla es de los recuerdos más vívidos que tengo, quizá porque mi infancia se inscribe en unos años donde el peso de lo visual no era tan aplastante como ahora, y el cine –como acto físico de desplazarse a la sala oscura– destacaba mucho más.

Pero, sobre todo, recuerdo los años en que ese interés por el cine se convirtió en algo más, el momento en que empecé a valorar el cine por lo que significaba y cuando empecé a saber la relación entre lo qué se dice y cómo se dice.

Y ahí fue donde Adolfo el del cine (Bellido llegaría más tarde) se cruzó en mi camino (y en el de tantos). Y cuando digo se cruzó no es un recurso literario, se cruzaba literalmente entre los asientos del cine-club de la Universidad Laboral de Cheste (ese Paraninfo que aún resiste el paso de los años) y la pantalla que momentos después se iba a llenar de imágenes para hablarnos de lo que veríamos a continuación, para comentarnos quién la había dirigido y qué trayectoria había llevado.

Cómo dice Elton John cuando presenta en los conciertos su primer éxito, Your song: “Ahí empezó todo”.

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Las sesiones del cine-club de la laboral de Cheste, con los coloquios dirigidos por Adolfo, fueron el aprendizaje necesario para ir entendiendo que muchas películas tenían significados que se iban descubriendo comentando, dialogando sobre lo que habíamos visto. Fueron años de ir analizando cine, películas, autores, de ir entendiendo que La noche de Halloween era algo más que una película que mantenía la tensión y que nos estaba hablando de la posibilidad de que el miedo surja en cualquier lugar, o que un thriller utilizaba para contar una historia los mecanismos del western; o de que en los filmes tenían una doble lectura; o también que las películas no se terminaban en el resumen del argumento y que su verdadero significado era hablar del amor, de la tristeza o de la alegría de la vida, de la pérdida, de la confianza, del miedo, etc. Es decir, de todo aquello que se puede relatar con imágenes.

Aprendimos también de los recursos técnicos del cine, comprendimos el valor de un primer plano, de lo que era un travelling y por qué era conveniente o no utilizar un determinado movimiento de cámara, y comprendimos también la magia del montaje. En esos años, muchos nos fuimos involucrando en el cine no sólo a través de los coloquios, sino también en lo que significaba los rodajes de pequeños cortometrajes, filmando y montando en el formato de aquella época (el super-8).

Fueron días apasionantes en los que el cine formaba parte del aprendizaje general y Adolfo Bellido fue el instigador de todo eso.

Un paso más en este camino fue el nacimiento de la revista Encadenados, primero como boletín del cine-club y, posteriormente, como un proyecto más independiente. En esta revista tuvimos nuestra primera ocasión de escribir sobre cine; y es que una de las virtudes de Adolfo ha sido siempre la de reunir equipos variados de personas y dar posibilidad a todo el mundo de poder desarrollar los conocimientos sobre cine. No importaba que nunca hubiéramos realizado alguna crítica, ni que ese primer folio tuviera un resultado frustrante, pues siempre contábamos con la confianza de Adolfo, basada en la sensación de que, con interés, todo el mundo es capaz de percibir lo que una buena película propone.

Pero no piensen en el modelo americano, Adolfo no es el Pat Morita de Karate Kid ni el Obi-Wan Kenobi de La guerra de las galaxias; el afán pedagógico y difusor del director de Encadenados tenía que ver más con el modelo de maestro clásico, más europeo. Con posterioridad, siempre he pensado que Adolfo fue –y es– nuestro André Bazin particular.

Después de dejar el centro de Cheste, y a pesar de las diferentes trayectorias de cada uno, nunca no hemos dejado el contacto (Valencia es una gran ciudad, pero tiene la inmediatez de los pequeños sitios y aun permite encontrarte con la gente) y fruto de ello es la última etapa de Encadenados. Otra vez la capacidad organizativa de Adolfo es capaz de reunir a un puñado de personas interesadas en el cine, entre las que se encuentran viejos colaboradores, pero también personas nuevas, de todas las edades, y que gracias a los medios electrónicos nos permite trabajar desde diferentes sitios para conformar un proyecto que se ha consolidado en la red. Del método artesano de las hojas a ciclostil hemos pasado a la publicación de páginas web, pero el método y la actitud sigue siendo el mismo.

Es por ello que no importa que el tiempo haya pasado, no importa que en ese periodo hayamos crecido y que tengamos diferentes ocupaciones, porque al final, el afecto personal entre los que trabajamos juntos y el amor al cine continúa estando presente.

Así, la actual etapa de Encadenados es un “suma y sigue”, se ve, se habla y se escribe de cine, e intentamos entre todos difundir aquello que tiene relación con este arte, enseñando y aprendiendo a la vez, sin olvidar que la dedicación pedagógica de mi antiguo profesor de física y química es lo que hace posible que todo sea más fácil.

Esa facilidad no debe restar un ápice al valor y la importancia de esta tarea que emprendió Adolfo y que nos ayudó –y nos ayuda– a entender el cine y a dar el salto cualitativo que permite pasar de la mera visión a la comprensión.

Escribe Luis Tormo

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