MI AMIGO ADOLFO (Patricio Ruiz Brotons)

  03 Febrero 2008
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Ostento un record del que me siento muy orgulloso: soy amigo de Adolfo Bellido desde hace más de cuarenta años. Conozco a Elvira, su mujer, desde un poco después de que el mismo Adolfo la conociera. Conozco a sus hijos desde que nacieron. Adolfo Bellido es mi amigo.

Mi afición al cine es remota; hace muchísimos años, mi abuelo fue el primer proyeccionista del primer cine de Elche. Eso le dio carta blanca para acceder a los cines locales y yo, de su mano, tuve oportunidades impensables para un niño: ver películas incomprensibles para un niño, como Las zapatillas rojas, Sinuhé el egipcio, Otelo... mientras él dormía placidamente.

Luego, sólo el gusanillo, hasta que, por mor de los estudios universitarios, llegué a Salamanca. Mi reencuentro con el cine pasa por un hito: el Cine-Club Universitario de Salamanca, todo un referente para una ciudad que, en aquella época, era un hervidero de universitarios, conferencias, conciertos, exposiciones, actos políticos encubiertos... y el cine-club.

Lamento no poder presumir como todo el mundo de haber estado en el mayo francés de aquella época, donde la mayor parte de nuestra clase política llegó, según ellos, corriendo delante de los grises. Teníamos, eso sí al viejo profesor Tierno Galván, cuyas clases se veían desbordadas por los alumnos de otras facultades. Quien vea Nueve cartas a Berta se hará una idea bastante aproximada.

Dejémonos de batallitas y vayamos al núcleo duro del asunto. Yo tenía vocación de cineclubista, pero, como el protagonista de la película, no tenía la edad y se iba a proyectar Del rosa al amarillo de una promesa rompedora, Manuel Summers. A la vista de un comprensivo directivo añadí un año a mi currículum y entré. Hoy, el cine-club Universitario de Salamanca es un recuerdo, pero entonces añadía “Inscrito con el nº 1 en la Federación Española de Cine Clubs” lo cual no deja de ser un dato burocrático que bajo el mando, suave, de mi amigo Adolfo Bellido se convirtió en una verdad indiscutible: fue el número uno de los cine clubs españoles.

Tenía, y hoy es un tesoro que sigo custodiando como si fuera el halcón maltés, una revista de cine muy lograda, con fotos y artículos de personas de respeto en el ámbito cinematográfico. Lógicamente, las fotos se pirateaban de revistas extranjeras o de las nacionales Film Ideal y Cinestudio, con algunas de las cuáles, mi amigo Adolfo colaboraba.

No puedo dejar de reseñar la pobreza de medios con que contaba el cine-club. Apéndice de un organismo oficial –como ha contado en alguna ocasión mi amigo–, por problemas burocráticos hoy difíciles de comprender, su sede era una minúscula oficina al lado de la cual el camarote de los Hermanos Marx era la Suite Real del Palace, y donde no podía reunirse, si es que alguna vez lo hubo, el comité de redacción por falta de espacio. Eso sí, la sede estaba equipada con una magnifica máquina de escribir Underwood de cine, es decir como la que aparece en el despacho de Sam Spade en algunas películas, pero con el carrete, entonces lo llevaban, cien veces amortizado.

Pero volvamos a la paleontología. El cine-club fue luz y faro de aquella Salamanca de la década de los 60 –ésa que intenta recrear Cuéntame cómo pasó–, gracias a mi amigo y al esfuerzo de unos cuantos universitarios que él aglutinaba. Mi amigo ha tenido la facultad de elegir bien a sus colaboradores, menos en alguna ocasión que se ha dejado llevar por la amistad. Creo que aún sigue haciéndolo. Es un crítico, mi amigo, insobornable. Sé muy bien que en esta época pudiera haber cogido otro camino por estar dotado para ello.

Una anécdota ad hoc. Por motivos que nunca entenderé, yo era director de un cine-club juvenil hermanado por mi modestísima persona con el Universitario. Como nuestros mayores, que ya la tenían institucionalizada, decidimos hacer una Semana de Cine con unos ahorrillos que ahora no recuerdo de dónde salieron. Pedí ayuda a mi amigo para darle un cierto tono a la Semana. Adolfo aportó a José Luis Martínez Montalbán, José Luis Garci y su alter ego, Antonio Giménez Rico. Desde entonces yo faroleo de haber contratado a Garci y Giménez Rico… lástima que mis amigos de aquí no lo crean.

Lo cierto es que a ese nivel se movía mi amigo Adolfo: la trepa no está hecha para él. Lo suyo es la formación de aficionados al cine y en eso no se corta un pelo: en aquella época que os estoy recordando, el cine no era bueno o malo, lo hacían buenos y malos. La Universidad estaba muy politizada y el cine dependía de sus autores. Adolfo nunca lo tuvo en cuenta, programaba ciclos de cine americano, westerns, musical, negro... y escribía artículos magistrales (en el sentido universitario de magister). Entonces era pecado mortal alabar a John Ford o Samuel Fuller, unos fascistas de mucho cuidado, o que Hitchcock era algo más que un mujeriego reprimido, pero él lo hacía… y el tiempo le ha dado la razón.

Aún recuerdo, él no, una polémica en la prensa local de Salamanca por un pastiche llamado Un hombre y una mujer: Adolfo contra el mundo. El tiempo, un juez implacable, también le ha dado la razón. Al mismo tiempo se dedicaba a través de distintas embajadas y sus otros amigos, los de la Federación de Cine-Clubs, a matutear películas non sanctas de los países del este, como entonces se les llamaba. Cuando por causas laborales tuvo que dejar el cine-club en lo más alto, tuvo conmigo el detalle de ascenderme de subordinado a subdirector. Tampoco es que fuera por eso… pero el cine-club nunca llegó a reponerse.

Más tarde, por una oportunidad laboral, estuvimos a punto de ser vecinos, pero no cuajó. Me he reencontrado con el aquí en Valencia, un castellano entre falleros, y alguna que otra vez por motivos profesionales ha acudido a Elche. Lo sigo y cuando puedo colaboro con él, pero lo que no tiene precio es la cantidad de jóvenes que está formando. Y lo digo desde la distancia que me permite ver el bosque de la critica cinematográfica, una mafia, do ut des, mediatizada por las empresas periodísticas, editoriales, televisiones... que manipula hasta el infinito, sobre todo al cine español. A él no le afecta y a lo largo de estos años pocas veces le he visto equivocarse; otra cosa es que coincidamos, que muchas veces no lo hacemos.

Pero eso, digo yo, es hasta normal entre amigos. Adolfo Bellido. Mi amigo.

Escribe Patricio Ruiz Brotons