EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO (José Luis Hernández Marcos)

  02 Febrero 2008
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Hablar de los amigos es muy fácil o muy difícil, según se plantee uno lo que quiere decir, cómo decirlo, o si es oportuno decirlo en determinadas circunstancias; si debe explicar todo lo que uno quiere explicar, sin cortapisas, o debe limitarse a las lisonjas que cualquiera espera en una situación como la de un homenaje. En esta situación, hablar de Adolfo Bellido, puede resultar tremendamente difícil. Mi escrito irá junto a otros para conformar una especie de orla que ayude a dar color y boato en un homenaje como el que Valencia va a ofrecer a Adolfo Bellido, cuando ya éste ha demostrado todo lo que es y lo que ha hecho para que la joven generación de valencianos a los que tuvo que impartir sus lecciones, pudiera estar en condiciones de hacer una correcta lectura del cine.

Hablar de los antecedentes salmantinos o madrileños de Adolfo, puede llevarnos por caminos que en Valencia resulten ajenos y, por lo mismo, dejen de interesarles. Pero como Adolfo ha hablado siempre de su tierra natal, no creo que resulte raro que empiece por el principio, y el principio en este caso es que Adolfo Bellido es salmantino y que, como tal, durante muchos años estuvo inmerso, para bien o para mal, en el clima de una ciudad provinciana aunque cargada, eso sí, de historia, de arte, de cultura…

Adolfo es, o ha sido, tímido, tremendamente tímido y, posiblemente su timidez ha sido el mejor estímulo para meterse de lleno en el cine, porque éste le aislaba de una realidad que no le gustaba. Su traslado a Madrid en los momentos de su mayor euforia como cinéfilo, que es cuando dirigía el cine-club Universitario, podría ser consecuencia de un momentáneo arranque, de una decisión de demostrarse a sí mismo que era libre, que como persona libre podía vencer esa timidez y lanzarse a la búsqueda de nuevos aires. Su aventura madrileña no fue muy larga, aunque sí provechosa. Las relaciones que estableció dentro del ámbito del cine, le demostraron que sabía lo que quería y que podría hacer lo que quisiera. Ratificó su independencia, rompiendo a tiempo ataduras que podrían impedirle avanzar, cambiando su inicial timidez en audacia.

Pero antes de seguir adelante, se me antoja necesario indicar dos cosas: que a Adolfo y a mí nos une una gran amistad, y que no nos conocimos en Salamanca, sino en Madrid. Queda claro, pues, que nuestra amistad no se debe a nuestra condición de salmantinos, ni por la de haber sido dirigentes del mismo cine-club Universitario, sino a las consecuencias de una relación normal entre un cineclubista y la gerencia de la Federación, obligada a ayudarlo.

No conocí a Adolfo en Salamanca, a pesar de las muchas facilidades que el destino nos ponía a cada instante, porque es muy raro que una persona como Adolfo no hubiera acudido a la directiva del cine-club para ofrecer su colaboración. No fue rareza, sino timidez. En Salamanca, creo que hubo una cierta coincidencia en el cine-club infantil que yo creé como raro espécimen o molesta excrecencia del cine-club Universitario. (Por cierto: ¡qué deliciosas sesiones las pocas que pudimos celebrar en el desaparecido Teatro Moderno, una pequeña “bombonera” modernista que se cargó el desarrollo inmobiliario!). Creo recordar que alguien me comentó que Adolfo había asistido a aquellas sesiones del cine-club infantil. Todavía estoy a tiempo de comprobar si era cierto.

Cuando estaba ya próxima la fecha de mi marcha a Madrid, creo que Adolfo frecuentaba el Cine-Forum “Studio”, que después dirigió. Y seguro que acudiría como socio a nuestras sesiones mañaneras de los domingos en el Cinema Salamanca, aunque esa hipótesis nunca la he aclarado. En Madrid, enseguida tuve noticias de su existencia, por su condición de directivo del cine-club Universitario.

Cuando llegué a Madrid, para hacerme cargo de la recientemente creada Federación Nacional de Cine-Clubs (eran las primeras semanas del año 1958), me sentí obligado a mantener mi directa e inmediata vinculación al cine-club. Lástima que entonces no existiera todavía Internet, porque mi dirección a distancia habría resultado mucho más sencilla, pero las cosas son como son y gracias a ello los contactos telefónicos y a veces personales con el Universitario, abrieron el camino a la amistad que después fue.

Durante el tiempo en que tuve que continuar dirigiéndolo desde Madrid, tuve que estimular a los directivos que allí quedaban, para que buscaran una solución rápida a mi sustitución. La junta fue nutriéndose de nuevos nombres, pero no aparecía la persona adecuada, a juicio de los directivos. Un primer paso fue el nombramiento de Fernando Gómez Jiménez para la vocalía de propaganda y éste “tiró” de Adolfo para controlar la programación. Esto sucedía en 1962. Un año después ya era director del cine-club y todos pudimos felicitarnos por la elección.

Mientras Adolfo llegaba al cine-club Universitario para colaborar dentro de la Junta Directiva, yo estaba organizando desde Madrid ese gran fiasco que fue el “Encuentro del Cine Español” (marzo de 1963). Fiasco por culpa de un determinado sector salmantino del franquismo, por un lado, y, por otro, la inexplicable reacción de Carlos Saura y sus allegados, que no estaban de acuerdo con el homenaje que también se quería dispensar a Basilio Martín Patino, fundador del cine-club y alma de las Primeras Conversaciones Cinematográficas Nacionales (Mayo de 1955). Al menos eso fue lo que se dejaba ver. Creo que fue durante mi estancia en Salamanca por ese motivo cuando conocí a Adolfo Bellido personalmente. Nos vimos, por fin, cara a cara, aunque no tuvimos muchas ocasiones para departir, por culpa de los agobios de la organización del encuentro. Adolfo era entonces estudiante de Ciencias Químicas y, creo que todavía no se había planteado su marcha a Madrid. Como en Casablanca, “fue el principio de una gran amistad”.

El Encuentro del Cine Español puede decirse que fue el final de mi etapa salmantina. Desde ese momento las riendas quedaron totalmente en manos de una junta que parecía reunir condiciones de continuidad. Hasta que Fernando Gómez Jiménez anuncia su marcha y, como consecuencia, el problema se repite. Yo no podía seguir tutelando y guiando siempre a un cine-club con la madurez y el bagaje que llevaba detrás el nuestro. Yo seguía recibiendo los programas que el cine-club editaba para cada sesión y leía con interés los escritos que en esos programas insertaban varios nombres nuevos: Luciano Valverde, Pedro Montero y, sobre todo, Adolfo Bellido López. De este me llamó la atención un artículo titulado La realidad de lo inconcreto, con motivo de la proyección de El proceso de Welles, en el mes de mayo. Comprendí enseguida que la persona indicada para suceder a Fernando era Adolfo, y así lo hice saber a la gente del cine-club, a lo largo de los muchos contactos que teníamos casi a diario. Ignoro el peso que tendrían mis recomendaciones, pero enseguida desapareció el problema: el cine-club Universitario de Salamanca tenía nuevo director, y, además, con el beneplácito del Jefe del SEU, que tenía que autorizarlo.

Los contactos con Adolfo fueron permanentes, casi a diario, por vía telefónica. Con frecuencia, recibía largas cartas (difíciles de leer –todo hay que decirlo– a causa de su torturante caligrafía) donde se explayaba en proyectos, y tanteaba el terreno para la consecución del material idóneo para el cine-club. Y por si esto fuera poco, también viajes a Madrid. Era mucho mejor presentarse en las oficinas de las distribuidoras para convencerlos de que las películas que pretendían “colocar” al cine-club no eran las más adecuadas, y en cambio sí esas otras que se encontraban arrumbadas en los almacenes por su “nula comercialidad”. Estoy convencido de que actitudes como ésta por parte de los cine-clubs españoles llegaron a doblegar poco a poco a los tozudos distribuidores, aunque ello supusiera, a la larga, el encarecimiento de una “mercancía” que no era tan desdeñable como ellos pensaban.

Como mis viajes a Salamanca eran también frecuentes, por razones familiares y por intentar no despegarme del todo del programa radiofónico El mundo de las sombras que fundamos Vicente Alonso y yo, para Radio Salamanca, eran nuevas ocasiones de seguir, de algún modo, vinculado a la directiva, aunque sin carácter decisorio.

De pronto, a Adolfo se le ocurre venir a Madrid para ingresar en la Escuela Oficial de Cinematografía (el antiguo I.I.E.C.) para estudiar Dirección Cinematográfica. El problema vuelve a plantearse al cine-club, pero en contra de lo que me sucedió a mí, Adolfo ha dejado como subdirector a Pedro Montero, un joven extremeño de gran valía como cineclubista y como crítico. Adolfo seguiría como director desde Madrid.

La etapa madrileña de Adolfo, es la más próxima a mí. Como tenía necesidad de alguna ayuda económica y la Federación necesitaba temporalmente refuerzo laboral en la oficina, allí se quedó como programador, un trabajo burocrático que no le gustaba nada, pero que aceptaba obligado por las circunstancias. Algo que después repetirían Luciano Valverde y Pedro Montero, ambos interesados por entrar en la E.O.C.

Debieron ser dos o tres años los que Adolfo estuvo en Madrid. Durante ese tiempo nuestras vivencias cinematográficas siguieron casi al unísono, no sólo por el trabajo en la Federación, sino también por los encuentros casi a diario en Cinestudio, la revista que dirigió Pérez Lozano, que le acogió encantado, lo mismo que hizo con Luciano y Pedro. Aquella casa, aun con sus frecuentes traslados de los últimos tiempos (no sé si le cogieron a Adolfo), vino a ser como un pequeño club privado de amigos, donde se charlaba –de cine, claro, fundamentalmente–, se preparaban los distintos números de la revista, se distribuía el trabajo de redacción y también las críticas de las películas que se estrenaban en Madrid. También el trabajo como corresponsal en los festivales de San Sebastián y Valladolid. Un trabajo que Pérez Lozano repartía entre los que pensaban acudir a ellos y que se reflejaba después en números monográficos de gran calidad.

Pero llegó el día. Adolfo decidió volver a Salamanca y, lógicamente, abandonó la Federación, con el consiguiente “cabreo” por mi parte. ¿Te acuerdas, Adolfo?

Su regreso a Salamanca debió de ser en 1967. Poco después dejó definitivamente el cine-club, proponiendo como director a Luciano Valverde “Toti”, propuesta que no es aceptada por el Jefe del SEU, por lo que tiene que repetirse la situación de búsqueda hasta dar con José Luis Bilbao, que se hace cargo del puesto.

En 1968 termina su carrera de Ciencias Químicas y se casa, pero Elvira, su mujer, no consiguió alejarlo del cine, porque en el instituto de Ciudad Rodrigo, a donde fue destinado, Adolfo dedicó buena parte de su tiempo –que siempre parece tener de sobra– a enseñar a ver el cine a los chavales. Algo que, años después repetiría en la Universidad Laboral de Cheste, su primer amarre valenciano.

Y ésta será su nueva etapa, por ahora la definitiva. Adolfo se dedica en cuerpo y alma a la docencia, no sólo científica, sino también artística o lúdica. Es como una evolución del cine-club, después de pasar por la catarsis revolucionaria de los nuevos tiempos. Ahí está todo cuanto Adolfo ha dejado. Todo aquello en lo que se volcó, sin cansancio, con una tremenda ilusión: funda el cine-club COUL dentro de la Universidad Laboral, crea el festival Cinema Jove de Valencia, la revista Encadenados, y talleres de cine… Pero no abandona la crítica de cine. Continúa colaborando en Cinestudio, escribiendo para los programas del cine-club Universitario de Salamanca (mientras dura) y después en Nickelodeon, la revista de Garci…

Nunca hemos dejado de charlar, aunque solamente fuera por carta (sí, seguimos utilizando el correo tradicional y no el de Internet). Unas cartas que, con el tiempo, he llegado a “traducir”con mucha facilidad, quizás por mi costumbre de “traducir” la letra de los médicos en sus recetas. En los últimos tiempos parece que ya le resulta aceptable la máquina de escribir clásica, o el ordenador. Algo que me pasa a mí también, quizás porque tengo un defecto: mi letra es todavía peor que la de Adolfo.

Después de cuanto he dicho, he de resumir algunos conceptos.

Adolfo Bellido es, fundamentalmente, un hombre bueno, honesto y sincero. Posiblemente ninguna de esas virtudes podría pervivir sin las otras. Cuando le conocí, lo primero que llegó hasta mí fue su timidez, que fue vencida inmediatamente por su natural apertura a todo cuanto le rodea. La ausencia de doblez se percibe en los primeros contactos. Enseguida hay que destacar su apasionamiento por el cine, que es lo que le empuja a intentar entrar en la E.O.C., pero que, luego, enseguida, le encamina hacia la crítica. Su inicial y frustrada vocación por la realización de cine se ve compensada por su actividad crítica y docente, manifestándose pronto como escritor de libros de cine. Libros “redondos”, llenos de amor por los personajes y sus circunstancias, que son el cine que los rodea: Billy Wilder, Budd Boetticher y Basilio Martín Patino.

Nos cuentan que, fruto de su frustrada vocación de director, es una misteriosa película que realizó en algún momento y que ignoro si alguien llegó a verla alguna vez. Queremos verla, Adolfo, muéstranosla.

En el itinerario vital de Adolfo Bellido, queda aún mucho que andar, mucho que enseñarnos. Aunque el saber –por no ocupar lugar, según el refrán– no tiene límites, la sabiduría de Adolfo tiene que darnos todavía muchas lecciones. Es demasiado su conocimiento del cine. Adelante, porque el camino continúa.

Escribe José Luis Hernández Marcos