ESCRIBIR EL CINE (Carlos Losada)

  01 Febrero 2008
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Seguramente se escribe de cine por pasión, de la misma manera que se va por pasión y se viven las películas con pasión, bien para alabarlas, o detestarlas. Y forma parte de nuestra vida como si la conformase, no sólo en el lado lúdico, sino en las interrelaciones que establece con nuestra cotidianidad condicionándola en más de una ocasión.

Suele empezar en la primera infancia, cuando los sentidos están despertándose, los amaneceres ya no parecen iguales y el vuelo de las aves es tan inevitable como soñador. En muchos se desarrolla a intermitencias, a saltos cualitativos, en círculos concéntricos, en apreciaciones que nos superan, con la llegada del otoño, con la sala a oscuras. Y se afianza cuando, en la pubertad, una imagen en la pantalla es más elocuente que las heladas invernales, más concluyente que la dura realidad cotidiana, más inalcanzable que la emoción que nos provoca.

Y nos suele llevar a querer plasmar por escrito el por qué de esas emociones, de esos sentimientos. Y entender lo que las imágenes nos insinúan. Y pretender comprender su manera de ser y hasta de aparecer ante nuestros ojos y nuestra imaginación. Al escribir nos asaltan dudas sobre el significado de lo que vimos, lo que nos hace replantarnos muchas preguntas y revisar el ser de las imágenes, su ilación, su contenido, sus carencias.

Escribimos el cine con la pasión del futuro, que suele ser el reflejo del pasado que las imágenes nos mostraron sobre historias reales o fingidas, sobre hechos auténticos o inventados, sobre seres debatiéndose en su realidad y su ficción, entre su imposibilidad de existir más allá de la pantalla, más cerca de nuestra mente o más acá de nuestros sueños. Escribimos y hablamos para enseñanza de los demás, en el deseo de hacerles sentir el cine como una realidad tan cotidiana como las pulsaciones del mar, como las intermitencias de nuestra alma enfermiza… y para hacerles partícipes de que el arte, como la vida, es la única cosa tangible por la que podemos transitar y en donde podemos almacenar esa posible sabiduría que nos ofrece la imaginación.

Escribir el cine es pulsar la vida que deseamos, acomodar las experiencias a la turbulencia de las imágenes, integrar el futuro con el conocimiento del pasado, buscar en la enseñanza las razones de los impulsos que nos llevan a la indagación de las personas; y el por qué de sus actos y pensamientos. Es el revulsivo que ilumina nuestra existencia y nuestra presencia, para anteponerlo a la familiaridad del paisaje y a las intrigas de nuestros semejantes. Es la contestación al entorno, presumiblemente adverso, que intenta engullirnos, y lo que nos proporciona energía para paliar nuestros errores y conseguir que nuestros amigos lo sean más, y los posibles enemigos desaparezcan en ese vértigo incombustible que es el horizonte del cine.

Escribir el cine es comenzar a comprender la vida y su por qué, y su integración con nuestras emociones y sentimientos; una dualidad que nos enriquece la mente y la codifica para su mejor uso: el arte complementa la amistad y el libre albedrío.

Escribe Carlos Losada