Mis años en Cinema Jove (10): Cinema Jove se presenta en Madrid

  08 Mayo 2011

Madrid no era una fiesta

when_in_disgraceLa llegada de Boetticher a Valencia se había preparado como una mascletà; es decir, iría subiendo de intensidad, el ritmo sería impecable hasta llegar al terremoto final. Ocurre a veces, raras veces, que algo falla, la salida de los cohetes de las carcasas no alcanza el ritmo pensado o incluso… problemas de lluvia u otros no previstos hacen imposible que el espectáculo sonoro tenga lugar.

Algo así estuvo a punto de ocurrir, al menos con la presentación de Cinema Jove, cuidada en los más mínimos detalles, que iba a tener lugar en Madrid.

Todo estaba preparado en aquel 19 de junio de 1995 para presentar el festival en Madrid. La primera vez que realizaba tal acto. Estábamos a unos días tan sólo de la sesión de inauguración de Cinema Jove, a algo más de la llegada de Boetticher a Valencia.

Periodistas, fotógrafos, cineastas, amigos, conocidos, habían sido convocados, invitados a conocer en Madrid de primera mano lo que se iba a preparar en aquel Cinema Jove, un tanto especial como era la edición del 95. El acto tendría lugar en la FNAC de Madrid, situada en pleno centro: la Plaza de Callao. Se darían a conocer las líneas maestras por las que se movería el certamen; además, a la prensa asistente se les entregaría el libro recién cocinado sobre el director del que ya tanto hemos hablado en anteriores capítulos y del que Sabín y yo éramos los autores.

Estábamos a punto de salir para Madrid cuando empezaron a sonar los teléfonos comunicándonos lo que acababa de pasar en Madrid, y que se empezaba a conocer a través de las diferentes emisoras de radio (aun, en aquel entonces, no existían los periódicos digitales, por lo tanto no se llegaba con la facilidad actual a masificar de forma inmediata cualquier importante noticia): ETA había llevado a cabo un atentado en el centro de Madrid. Había habido un muerto. Tal suceso se producía contra el edificio de la FNAC en la  plaza de Callao. O sea, contra el mismo edificio en el cuál deberíamos presentar el libro ese mismo día: sorprendente y lamentable —en todos los órdenes— casualidad. 

Hacía tiempo que resultaban difíciles de entender los atentados indiscriminados que ETA lanzaba en diferentes lugares. Increíble que las playas, los supermercados, los centros culturales… fueran objetivos de sus absurdos planes.

Inmediatamente supimos que la presentación se había frustrado o, al menos, así lo creíamos. En el sitio previsto era realmente imposible. ¿Se suspendía el acto? Mario pidió a los que íbamos a ir que estuviéramos localizables en los teléfonos de nuestras casas o de nuestros trabajos (la telefonía móvil aún no era una realidad en España) por si existía otra solución.

Se buscó y se encontró. El mayor problema consistió en convocar sobre lo ya convocado o, mejor, convocar sobre lo desconvocado. El nuevo lugar elegido fue uno de los salones del Museo Reina Sofía. La hora de tal presentación se trasladaba a las últimas horas de la tarde. A pesar del cambio de lugar, y de la hora, asistió al acto, un tanto apagado, una amplia representación de los medios. También hubo diversos amigos de los antiguos años de andanzas cinéfilas del Madrid de los 60.

BUDD_EN_VALENCIA-06La presentación del festival fue bien. El libro tuvo una excelente acogida. Allí, unos y otros, le echaban primeras ojeadas el final del acto, entre canapé y canapé. Algunos medios me hicieron entrevistas. Eran para medios madrileños y valencianos. Palabras dichas acá y allá, mientras los fotógrafos reconducían estáticas poses obligadas y de belleza artística en el claustro del museo.

A últimas horas de la noche regresamos a Valencia en el coche de Mario. Le acompañaba junto al jefe de prensa que entonces tenía el festival.

El funcionamiento de la prensa en el festival, al menos en los años que estuve en Cinema Jove, era la gran asignatura pendiente. Se les cambiaba un año si y al otro también buscando un funcionamiento que casi nunca se conseguía. Sobre todo en el intento de lograr un reconocimiento y una introducción en otros medios, que no sabíamos porqué se nos negaba.

En el viaje hablamos de cómo vender (aunque prácticamente estaba cerrada la estructura del certamen, de los actos) eficazmente la presencia de Boetticher en Valencia. Ningún festival español (y pocos extranjeros) habían contado con él, con la presencia de su interesante obra. Contábamos además con una novedad: el festival presentaba el primer libro que analizaba en totalidad su obra.

Ni siquiera en Francia, donde tanto le admiraban, ningún crítico o escritor cinematográficos se había decido a hacerlo. Tan sólo el acercamiento al cine de Boetticher se había realizado de forma parcial en cuanto a referencias al cine negro, desde la excelente La ley del hampa o a las siete películas del oeste interpretadas por Randolph Scott. Poco más. Incluso se ignoraban casi en totalidad las películas que había realizado con anterioridad a El torero y la dama y que las había firmado como Oscar Boetticher, lo que se puede considerar como una primera etapa.

Boetticher rueda películas curiosas e interesantes en sus inicios, desde unas propuestas de serie B llevadas a cabo por medio de productoras independientes especializadas en ese tipo de películas como la Eagle o la Monogram. Es el caso, por ejemplo, de Behind locked doors (1948), sobre el que ya apuntamos que se presentaba como un antecedente de Corredor sin retorno (1963) de Samuel Fuller.

Afirmación que también recoge Quim Casas en el numero de enero de 2011 de la revista Dirigido, al hablar de ese título dentro del dossier que la publicación dedica al cine negro. Un especial de la publicación sorprendente en cuanto, sin especificar las características del cine negro, cataloga como tales filmes difíciles de admitir, es el caso del melodrama Daisy Kenyon (1948) de Otto Preminger, director que por aquellos años sí realizaba excelentes filmes negros en los que además solía intervenir uno de los actores de la película citada, Dana Andrews (Laura, ¿Ángel o diablo, Al borde del peligro), pero que el citado carece de los elementos propios del cine negro, y su introducción en ese bloque es gratuita, sobre todo al no explicar a qué se debe tal elección.

A primeras horas de la mañana, mientras la ciudad aún dormía, llegábamos a Valencia. Nos acercamos al lugar en el que, diariamente, un vendedor (con los kioscos aún cerrados) vendía la primera edición de los diarios de la mañana. Queríamos comprobar si se decía algo sobre la presentación del festival. No aparecía nada, ni siquiera en los diarios de acá, como Levante que de inmediato, en su cartelera de los viernes, publicaría un amplio reportaje, con fotos incluidas, sobre el acto madrileño.

Malos augurios parecían planear sobre la edición que comenzaba a los pocos días y en la que el gran personaje era el director americano Budd Boetticher. No le daríamos mayor importancia. Ninguno de los tres, ni de la gente que organizábamos el festival, éramos supersticiosos.

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Esperando a Boetticher

Se había abonado convenientemente el campo, para que los periodistas estuvieran deseando que Boetticher apareciese por Valencia. Varios periódicos, en el umbral del festival, habían pedido entrevistarle. Mario estaba decidido a alargar la espera, a hacer desear a la prensa, a los invitados (realizadores, profesionales, críticos) a los aficionados el contacto con el realizador. Eso sí, se fueron ofreciendo datos sobre quién era el personaje, pasando a los medios su bibliografía, explicando sus variados oficios, la aventura, propia de película en muchos puntos, que era su vida

En el libro que hemos escrito Sabín y yo, que la prensa tiene en su poder cuando aparece el director, se encuentra una fotografía, de las utilizadas (excelente el material que Budd Boetticher nos hizo llegar para que escogiéramos aquellas fotos que consideráramos más convenientes o interesantes) en la que se muestra el cartel de una corrida de toros celebrada en Tijuana. Allí, se puede leer que entre los toreros actuantes, enfrentados a seis toros bravos se lee el nombre (como es natural está el primero de la lista) de Carlos Arruza. En último lugar aparece el nombre de Budd Boetticher, torero que se anuncia como un famoso director de Hollywood.

Existe gran expectación, pues, para recibir en Valencia y en el festival, a este curioso personaje polémico, aventurero, calmoso, arrogante pendenciero, camorrista, irascible, tranquilo, brillante, fuerte, viajero, practicante de varios deportes (fútbol americano, boxeo, atletismo), además de ser, entre otras cosas, torero, caballista y promotor de espectáculos. Aparte de ello, después del lógico aprendizaje en el mundo del cine, se convirtió en director, viviendo una de las grandes épocas doradas del cine norteamericano.

Pocos directores podrán ostentar el oficio de torero. Sobre el mundo taurino realizó tres películas: una la curiosa El torero y la dama en 1951 (inicio de su mejor etapa como realizador, momento en el que en los créditos aparece por primera vez el nombre de Budd dejando atrás el nombre de Oscar que había utilizado hasta entonces). La segunda sería la insignificante Santos, el magnífico. La tercera le condenaría durante años a vagar por Estados Unidos y México, llevándole incluso a arruinarse y a probar las prisiones mexicanas. Todo con tal de terminarla. Se trata del documental Arruza, realizado para dar a conocer la figura de su amigo, el gran torero mejicano, que decía ser el número uno en la profesión… con permiso de Luis Miguel Dominguín.

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Un proyecto, el de ese filme, que le mantuvo ocupado desde 1970 hasta 1978. Demasiados años para un realizador que había sido capaz de dirigir hasta cinco filmes (para la Universal) en un año (fue en 1953: City beneath he sea, Traición en Fort King, El desertor de El Álamo, Wings of the hawk, rodada en 3D, y East of Sumatra), lo que habla de la gran rapidez de sus rodajes: Boetticher trataba de rodar únicamente lo preciso, evitaba hacer demasiadas tomas o planos innecesarios con el fin de que el posterior montaje no alterase las películas que realizaba. Las siete películas correspondientes a la serie Ranown, los western interpretados por Randolph Scott, por ejemplo, se rodaron por termino medio, en un periodo de dieciocho días.

El rodaje de Arruza le tuvo ocupado ocho años, demasiados. Ni con tantos años empleados pudo llegar a decir que la versión final era la deseada. En tal dilatado espacio de tiempo Boetticher estuvo en la cárcel, sufrió enfermedades, rompió su matrimonio con Debra Paget, se separó de otra mujer, Karen Steele, que había protagonizado varias de sus películas.

Por si eso no bastara, Arruza (había sido asesor taurino en Santos, el magnífico) murió en un accidente de automóvil sin que el filme se hubiese acabado. Este endiablado rodaje nunca lo podrá superar. Inició el filme mientras trabajaba en una de sus mejores películas, La ley del hampa. Entonces era alguien en Hollywood, cuanto terminó Arruza era un peligro. Nadie apostaba por él, nadie era capaz de poner en sus manos un nuevo título.

Por eso únicamente su posterior filmografía cuenta con una sola película, realizada en 1969, un western más bien fallido, que en su conjunto suena también como si estuviera incompleto, A time for dying. Eso sí, también escribirá el guión de Dos mulas y una mujer (Don Siegel,1970), intervendrá como actor en Conexión Tequila (Robert Towne, 1988) y seguirá tratando de poner en marcha una serie de proyectos que nunca se hará definitivo.

Su querida Arruza además contará con más de una versión, como la montada por John Sturges, realizador por el que no mostraba, lógicamente, ninguna simpatía.

Su último trabajo es un documental promocional–publicitario posterior, My Kingdom for… (1976-1985), realizado para dar a conocer el espectáculo de rejoneo que junto a su última esposa, Mary, ofrecía a los turistas en su casa–rancho. Como se puede suponer también tiene que ver con el mundo de los toros, pero… en realidad es ya otra cosa muy diferente a aquellas en las que se había embarcado con anterioridad.

Por todo ello, por lo que representó (y dejo de representar) en el cine americano, por su faceta aventurera, por haber sido torero, y amigo del gran  Arruza, es por lo que se espera con impaciencia la aparición de tal curioso personaje.

Escribe Adolfo Bellido López

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