Mis años en Cinema Jove (8): Boetticher, un caminante solitario

  15 Marzo 2011

Cinema Jove también edita libros  

boetticher-3En la reunión preparatoria de la edición de Cinema Jove para 1995 se decidió que, además del catálogo del certamen que venía haciendo desde hacía años, íbamos a editar una serie de libros, bien dedicados a los directores homenajeados o a algunas de las secciones de una determinada temática.

Se propusieron tres libros: el que analizaría la obra de Boetticher (titulado Budd Boetticher, un caminante solitario), el dedicado al cine de Alex Cox que, al igual que Boetticher, también estaría presente en el certamen (Cox del desierto. El cine de Alex Cox, escrito por Manuel Romo, que por aquel entonces debía ejercer como jefe de prensa del Certamen) y el titulado Los 100 años más cortos de nuestra vida, a cargo de Sigfrid Monleón, que era, junto a Medardo Amor, el coordinador del ciclo que daba título al libro.  

El libro de Budd Boetticher lo escribiríamos Sabín y yo.  

Necesarias explicaciones

Antes de seguir adelante deseo puntualizar cinco cuestiones:  

1) Los westerns de Boetticher, al igual que bastantes películas americanas de aquella época, me interesan por su potencia y fuerza narrativa. Años atrás en TVE, en aquellos ciclos estupendos que nos deparó la caja tonta durante los años 70-80, descubrí todos los westerns interpretados por Randolph Scott (salvo el primero: invisible título de la serie) y que había dirigido el realizador de La ley del hampa.  

Sobre aquel ciclo escribí (y publiqué) entonces un artículo para la revista Cinestudio, publicación en la que colaboraba de forma intensa en aquellos años (a mediados de los años setenta desapareció la citada revista). Mi artículo se cerraba con la minuciosa filmografía preparada por José Luis Martínez Montalbán. Todas las suyas son amplias, completas, exigentes como puede comprobarse en las que nos ofrece hoy en día en la sección Rashomon de nuestra revista Encadenados.

2) Desde muy pequeño fui asiduo espectador de los cines. Mi primera película la debí ver cuando tenía unos cuatro años. Desde entonces quedé hipnotizado por la fuerza de las imágenes. Lo normal es que por entonces fuera al cine incluso dos veces por semana. Sería mi tío Adolfo el que me aficionase al cine y… al fútbol.  

when_in_disgraceCon mi tío iba a ver todas las películas habidas y por haber en mi infancia, con el atenuante de que mi tío no tenía en cuenta afortunadamente las directrices morales y políticas (quizá algo raro cuando él era una persona de orden y a su manera de derechas) dictadas por el bando vencedor o por la Iglesia, como se prueba por los siguientes hechos: a) entre mis primeros recuerdos —algo que me trajo a la memoria Juan Marsé al leer un episodio de su novela Si te dicen que caí— está la conveniencia, afirmada por mi tío, de salir un instante antes del final de las películas con el fin de tener que evitar la escucha, en pie y brazo en alto, del Himno Nacional (1), que durante los años posteriores al final de la guerra era obligado poner al final de las películas; b) no sólo me llevaba a ver las películas toleradas. Como mi tío conocía a los porteros de los cines (en una ciudad pequeña como Salamanca en realidad se conocía prácticamente todo el mundo) no tenía problema para que me colase en películas no toleradas. Recuerdo, como si fuera hoy, la visión en aquellos días de títulos como Encadenados, El tercer hombre o Cielo amarillo. Algunos de sus momentos y de otras películas que vi en mi infancia, siempre me han seguido.

3) Cuando inicié el bachillerato con diez años (entonces era de seis años con dos revalidas —la de cuarto la inició mi curso— y un preuniversitario), seguí acudiendo al cine con la misma asiduidad. Iba los jueves por la tarde, que entonces eran de vacación —los sábados en aquellos años teníamos clases normales— y los festivos, aunque en algunos de ellos podía ir a dos sesiones.  

En mi asistencia a los cines solía alternar las películas de estreno con las de reestreno. En Salamanca los cines de reestreno programaban dos películas (en algunas ciudades, como Valencia, en algunos cines se proyectaban hasta tres películas). Lo mismo ocurría en algunos cines de estreno en la sección especial, o sea, la de las cuatro de la tarde. Se programaba la película de estreno con una de reestreno, lo cual provocaba supresiones importantes de las películas si la duración total de ambas era superior a las tres o tres horas y media. En esos cines de estreno a las 19:30 y 23:00 horas sólo se proyectaba la película de estreno.

4) En verano (en aquellos años no eran común irse de vacaciones “por ahí fuera), lo mejor era ir al cine. En todos ellos había programas dobles que cambiaban a menudo… aunque, a veces, sólo fuera una de las películas. Eso me llevaba a ver en ocasiones nuevamente la película que se mantenía en cartel. Filme que, sin duda, volvería a ver al verano siguiente, pues durante los meses de verano repetían de manera cansina los títulos ya vistos en veranos anteriores.  

Mis películas preferidas eran entonces, ¡cómo no!, las del oeste junto a las de capa y espada, las de la selva (Tarzán) o las de piratas. Algunas me las sabía de memoria de tantas veces como las veía. Entre ellas, en uno u otro género (incluida una futurista aterradora, como Ultimátum a la tierra) estaban Las aventuras de Robin de los Bosques, El halcón y la flecha, El cisne negro, El capitán Blood, Tierra de audaces, La venganza de Frank James (una continuación de la otra) o… El desertor de El Álamo… que años más tarde sabría que era de Boetticher, al igual que Traición en Fort King.  

5) Fue en los años sesenta, algunos años después de su realización, cuando vi la más que interesante La ley del hampa, un policiaco con aires de filme del oeste (el western contaminaba otros géneros). Me pareció esplendida, por lo que la proyecté en la sesión con la que iniciaba una nueva temporada el cineclub Universitario de Salamanca, que entonces dirigía. 

comanche_station 

El tiempo nos confunde

Como he indicado, me interesaba el cine de Budd Boetticher, pero sin llegar al apasionamiento que sentía por otros realizadores. Nunca le consideré, y sigo en la misma postura, un realizador genial.  

Debido a que había escrito o hablado sobre sus westerns con Randolph Scott o sobre algunas otras de sus películas en diferentes lugares (Cinestudio, el programa semanal de cine que llevaba en una emisora de Salamanca, los boletines-revistas del cineclub universitario salmantino), fue por lo planteé la posibilidad de escribir un libro sobre la obra del director de Estación Comanche.  

Un libro que debía escribir en un tiempo récord y que, además, debería analizar toda su obra. Por eso pedí la ayuda de Sabín, que aceptó sin dudarlo.  

El hecho de que en algún momento de la reunión en la que propuse escribir el libro —como prueba del conocimiento que tenía del realizador— indicase que “en una revista tenía escrito algo sobre el director” es probablemente lo que le llevó a equivocarse a Mario Viché en su escrito del libro sobre los 25 años de Cinema Jove:  

Adolfo, que es un seguidor infatigable de su figura [de Budd Boetticher] y de su carrera cinematográfica, tenía escrito un libro sobre él. De manera que para invitarlo se presentó en su rancho nuestro agente en USA, el productor Thomas de la Cal, con un año de anticipación, le mostró el libro y le pidió que contestase a una entrevista para redondear el texto al tiempo que le transmitía nuestra invitación. Ante esta propuesta, Boetticher quedó gratamente sorprendido y no sólo no pudo decir que no a nuestra invitación sino que pasó nueve meses esperando que llegase el tiempo de viajar a Valencia”.

Este desliz de Mario quizá se deba a: a) la rapidez con la que tuve que entregar el escrito; b) la dificultad de recordar con exactitud lo ocurrido hace quince años; c) imbuirse del iluminado, serio y divertido a la vez cuenta cuentos, narrador de historias o relator películas que era Boetticher;  d) dejar esas falsas perlas porque él, como cada uno de nosotros, nos hacemos depositarios, ante todo, de nuestras verdades (verdaderas, imaginadas, soñadas, ideadas), que tomamos como únicas

Ni el parto del libro, ni el de Boetticher (¿en que quedamos en más de un año o en nueve meses?) fueron, ni por aproximación, como lo cuenta Mario. 

Todo ello, de todas formas, es muy adecuado para centrarnos en el mundo del curioso Budd Boetticher.

Escribe Adolfo Bellido López  

NOTAS  

1) En el viaje realizado a la República de Irlanda, me resultó sorprendente comprobar que al terminar las actuaciones musicales en los pubs (en diferentes ciudades irlandeses, pero no puedo asegurar que eso mismo ocurra en Dublín) tocasen el Himno Nacional. Los asistentes en su totalidad, varios con las pintas saliéndoles por las orejas, se ponían de pie entonando a viva, y poco certera, voz, la letra patria. Porque allí, además, como en casi todos los países, su himno tiene letra.   

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