Mis años en Cinema Jove (4): Encuentros, viajes, amigos y reflexiones

  28 Diciembre 2010

Alegrías

El hombre tranquilo, de John FordEs bueno encontrarse con amigos, con esa gente que nos aprecia y a la que apreciamos. Es bonito que nuestra revista ENCADENADOS reciba emails cariñosos, entusiastas, de varios de nuestros antiguos alumnos. Nos cuentan que aprendieron a amar el cine asistiendo a las sesiones de cineclub de la laboral de Cheste (el cineclub COUL). Todo un honor.

De los miles de alumnos que desfilaron por las distintas secciones del cineclub, algunos pasaron a ser amigos para siempre, incluso unos pocos están en la revista participando de forma muy activa. Hechos como este dan sentido a la labor que realizamos. Existen profesiones donde se tiene un resultado, más o menos inmediato, respecto a la labor llevada a cabo. No ocurre así en la enseñanza. Por ello a veces resulta descorazonadora la profesión. Se desperdiga el alumnado por distintos caminos, en gran parte unos y otros no se volverán a encontrar. ¿Cuál ha sido entonces nuestra labor? ¿Qué hemos hecho por ellos? ¿En qué les ayudamos, les apoyamos? La respuesta se suele perder en la nebulosa de los tiempos.

Es esa la razón por la que el encuentro nos llena de alegría. También al comprobar cómo, aunque nos encontremos medio perdidos entre las mil marañas tejidas en la red, han llegado a nosotros. Ha sido posible gracias a que alguien comprobó que allí estábamos. Había conectado de manera casual. Navegando se tropezó con una revista llamada Encadenados que, mira por dónde, poseía el mismo título de aquella que un día se publicaba en el centro donde estudiaba y que editaba el cineclub al que acudía. Luego la comprobación: ¡Bingo! ambas eran la misma y además por sus páginas se esparcían críticas de varias de las personas amigas de entonces.

Más sorprendente aún es que se nos descubra en un blog, el unido a nuestra revista, uno de los miles (en tipo, forma, lugar) que conviven en el espacio informático. Comprobamos, entonces, que se nos lee, que se nos sigue, que no estamos solos en una inmensa galaxia conectada con otras numerosas galaxias comunicativas, ya sean informativas o desinformativas.

Por ello, por esos brindis que celebran estos encuentros en espacio y tiempo, comprendemos que lo que estamos haciendo tiene un sentido. Ocurre al igual que se plantea al final de Fellini 8 ½  y que es, como saben los que me conocen, una de mis referencias preferidas. En ese cierre del filme el director (alter ego del propio Fellini) se pregunta si debe abandonarlo, dejarlo como está o destruirlo: si lo hecho sirve para alguien, aunque sea para uno sólo, es digno de salir a la luz, es la respuesta, la que hizo posible la existencia de tan estupendo filme.

Por eso ahora, llegando a este punto de mis memorias cinematográficas y más, relativas a los años que van de 1986 a 2003, tengo que hacer mención al cariñoso comentario de un amigo perdido en el túnel del tiempo, Agustin García Matilla, quien nos recuerda, nos lee, brinda con nosotros por tantas cosas como compartimos en el pasado en el mundo del audiovisual, y que ahora, aunque estemos en otras batallas, seguimos compartiendo con él o con otros excelentes amigos tan cercanos a ambos como Roberto Aparici… Dos personas de las que tanto —y tantos— aprendimos desde aquellos programas audiovisuales que llevaban en la UNED.

Es un placer, Agustín, saber que sigues ahí, al pie del cañón, y que nos guardas un sitio dentro de ti. Gracias, amigo.

Con Agustín no pude compartir in situ —por motivos de trabajo en el Centro de Profesores de Valencia— la experiencia auspiciada desde Cinema Jove, consistente en conocer las múltiples propuestas de trabajos audiovisuales relacionados con la enseñanza que se llevaban a cabo en algunas ciudades alemanas. Allí fue también nuestro compañero Ángel San Martín. Sentí no conocer lo que allí se cocía, pero ni podía, ni puedo estar, en todos los sitios. Siempre existirán fiestas que tendremos que perdernos. Ni somos perfectos, ni tenemos el don de estar en todos los sitios, ni muchos menos somos imprescindibles, ni insustituibles. Por fortuna.

Connemara, la zona donde se rodó 'El hombre tranquilo'

Paréntesis

Al comienzo del caluroso verano de 2010 estuve en Irlanda. Allí, desde luego, por fortuna, no existía el calor que soportaba en España, pero nada que ver con el que tuvo que sufrir nuestro compañero de redacción Juan Ramón en su viaje al infierno ruso acompañado por una impresionante ola de calor (e incendios varios) de proporciones nunca padecidas. Al menos eso es lo que se decía, aunque normalmente son palabras que aquí y allá se repiten todos los años.

El viaje realizado a Irlanda viene a cuento por nuestro encuentro, no previsto en principio, con la mítica (e inexistente) población de Innisfree. Como se sabe, el cine es una cosa y la realidad otra. John Ford se inventó tal lugar para rodar el hermoso cuento que es El hombre tranquilo, una de sus grandes obras, que se agiganta en cada nuevo visionado.

En realidad la localidad donde se rodó es la de Connemara, cercana a una maravillosa zona de acantilados. Viendo la película uno se pregunta cómo es posible que en el filme no aparezca ni niebla, ni lluvia (salvo la escena de la tormenta). Una pregunta que se extiende a otras numerosas producciones que se han rodado en Irlanda y que van desde Barry Lyndon de Kubrick hasta Salvar al soldado Ryan de Spielberg.

En la película de Ford, los campos relucen como corresponde a la exaltación de un país entrañable. Desgraciadamente, en el momento actual el capital ha afeado el terreno. En Innisfree se ha construido un gran hotel que lleva el título de la película. Es de categoría superior. Las guías de viaje dicen que en tan costoso acomodo se ha hospedado gente tan importante, como… Ronald Reagan.

El hombre tranquilo, de John Ford

Al lado del hotel se ha levantado un pegote: una (mala) reproducción de la cabaña en la que vivía John Wayne en la película. Está allí este postizo de dudoso gusto para que se fotografíen los turistas… Eso sí, en toda la zona se mueve, respira, el recuerdo del memorable título de Ford y de su rodaje. Unos y otros te hacen ver que ese es el puente donde se para el protagonista antes de llegar al pueblo, aquel el prado donde descubre a la mujer con las ovejas o, en fin, aquellas ruinas las del refugio en la tormenta.

Para todos, sean o no sean irlandeses, El hombre tranquilo es el filme por excelencia rodado en Irlanda, aunque algunos se empeñen en remarcar la grandeza del tan interesante como discutible Michael Collins de Neil Jordan, aunque sólo sea para identificar la (imposible) relación de lo que vemos con los lugares exactos donde transcurrieron todos los (supuestos) sucesos históricos  que cuenta el filme. Los que eso afirman olvidan que el cine no es más que una (hermosa) ficción desde la realidad que (a veces) intenta mostrar.

Hay profesores que siguen empeñados (en clases, incluso) en utilizar películas como reflejo de la realidad o verdad (casi) absoluta. Que se lo pregunten, por ejemplo, a los autores de una serie que en el verano pasaron en la 1 de TVE, Los Tudor. En ella, desde su aparente rigor histórico, se procedía a modificar en algunas escenas la propia historia (no a ampliarla, a buscar ocultos u oscuros significados). Aparte de cambiar, en función de no se qué razón, el formato de pantalla de nuestra sacrosanta tele en algunos capítulos, no en todos.

Cuánto daño hacen aquellos que confunden el cine con la realidad, los que tratan de identificar exactamente las imágenes con los hechos que ocurrieron. Lo que el cine se propone es explicar esos sucesos, interpretarlos. Casi peor que confundir la realidad con los sueños. Algo que trata de (mal) explicar ese cuentista que es Christopher Nolan, en la —para mí— en parte risible película de aliento bondiano o bourneriano que es Origen.

Origen, de Christopher Nolan

Centrándonos

A los pocos años de nacer Cinema Jove, existía ya una Sección Oficial de largometrajes, aunque eso sí, los que participaban en ella no podían sobrepasar una determinada edad.

Aquella edad tope se decidió, en los inicios, que estuviera alrededor de los treinta. Con el paso de los años, al comprobar lo difícil que resultaba pescar aquí o allá buenos títulos amparados en tal identidad, la edad de los participantes fue subiendo, llegando a alcanzar en las últimas ediciones los 35 años.

Submarino, de Thomas VinterbergLuego se ha decidido eliminar la edad. Ahora no hay tope de participación. Actualmente, no se exime a ningún realizador de participar por los años que tiene. O sea que lo mismo puede presentarse a concurso un realizador veterano que uno que comience. Una cosa es limitar la edad otra muy diferente suprimirla. Si es así, ¿por qué sigue denominándose Cinema Jove? Es claro que éste es un festival de los más de doscientos que existen en España (o sea que si añadimos los de ahí fuera, tendremos…), lo cual quiere decir que para lograr traer al certamen una película interesante, que además no se haya visto demasiado en festivales (para que se pueda atraer a la critica), o que no aparezca en la programación de los certámenes de acá, se tendrán que buscar formulas demasiado alternativas.

A Cinema Jove pueden presentar películas a concurso los propios realizadores (o productores). Unas obras que finalmente se escogerán o se eliminarán de la selección final. Ese es el procedimiento habitual generalizado en la Sección Oficial de cortos. Para la de largos lo más normal es que sean los ojeadores, que desplaza Cinema Jove a otros festivales los que traten de apalabrar las películas más idóneas para el evento de Valencia.

El hecho que, actualmente, cualquier realizador pueda competir en la Sección Oficial lleva a la presencia de títulos como Submarino de Thomas Vinterberg, un realizador asiduo de Cinema Jove, que llegó incluso a clausurar en alguna ocasión el festival. ¿Cómo puede competir —y compararse— el buen acabado de esa película con las obras primerizas (o casi) de otros realizadores?

Su calidad es superior al de cualquier otro título, pero injustamente no se premio la película de Vinterberg, probablemente, por ser la más profesional de todas las que participaban. Lo cual, insistimos, es injusto. Eso sí, se reconoció su calidad con un premio especial.

Lo lógico es que si se le quiere cerrar las puertas al gran premio final que se impida en las bases esa participación. Las componendas finales suenan a manifiesta injusticia. 

Escribe Adolfo Bellido López

Thomas Vinterberg