Angelo Badalamenti, el músico favorito de David Lynch

  15 Marzo 2013

Lynch y Badalamenti: un sólido binomio 

badalamenti-100El universo sonoro de David Lynch es un tanto complejo y muy particular. Si bien, junto con Angelo Badalamenti ha creado uno de los binomios más sólidos del panorama cinematográfico actual, los principios de Lynch fueron un tanto inciertos.

Sus primeros cortometrajes fueron un caos musicalmente hablando. The Alphabet contó con canciones escritas por el propio Lynch, una faceta que luego continuaría en sus largos, pero sus otros cortos y a pesar de los éxitos que obtuvo con ellos o no contaban con música o se debía a grupos desconocidos, como es el caso de The grandmother con música de Tractor.

Cabeza borradora, su ópera prima, cuenta con música (o mejor dicho, sonido ambiente, por no llamarlo ruido puro y duro) no original, es decir, compuesta previamente, por el actor-compositor-pianista de Jazz, Thomas Fats Waller. Lynch, gran amante del jazz, recurrió a unas cuantas piezas de este malogrado compositor (murió en 1943 a los 39 años de edad) y junto con Peter Ivers escribió canciones originales para completar el apartado sonoro de esta inquietante historia.

Tanto la música no original como la original de este film, se acoplan perfectamente a la historia, sin embargo, no dejan de ser sonidos estridentes, ruidos metálicos, canciones obsesivas que, aunque son el germen del universo que creará David Lynch, carecen de la calidad y buena factura que sí sabrá darle Angelo Badalamenti posteriormente.

Tanto en sus cortos con música como en este su primer film, Lynch juega a ser Dios, componiendo, con más pena que gloria, las bandas sonoras de sus creaciones. La edición discográfica que salió al mercado de este film cuenta con extractos de las composiciones utilizadas de Thomas Fats Waller y con una de las canciones de Ivers y Lynch. Sin embargo, el compacto recoge esta música solapada, a todos los efectos de sonido y diálogos que acompañan a las escenas. El interés por este CD únicamente se justifica en personas curiosas o fieles seguidoras de la obra de Lynch.

Después de tres años de inactividad, Lynch vuelve a la carga con El hombre elefante. Para la música cuenta con John Morris, habitual compositor de los trabajos de Mel Brooks que es aquí el productor del film, que compone una de sus partituras más logradas y recrea perfectamente ese ambiente agridulce que está presente en toda la película. La farsa o pantomima de las ferias que van de pueblo en pueblo mostrando las desgracias de la naturaleza o las curiosidades más insólitas para así ser la burla y el hazmerreír de todo el pueblo.

Pero también está presente ese toque clasicista de la sociedad londinense de finales del siglo XIX, música de época. Música que expresa soledad, tristeza, rabia contenida, incomprensión y que repentinamente salta con un organillo a la música de feria con unas tonalidades burlescas, de farsa y de la mediocridad de la sociedad aquí retratada.

El vals que acompaña a la fiesta de presentación del hombre elefante a la sociedad, o la música de circo que está presente en sus episodios de feria tras feria, son dos claros ejemplos de esta gran composición.

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Cuatro años después y por encargo, Lynch se ve inmerso en la gran superproducción Dune. Lynch trabajó atado de pies y manos dado que no se le dejó hacer el film que él hubiese querido. La música responde correctamente al film.

El grupo Toto (formado por los hermanos Porcaro, David Paich y Steve Lukather) supo llevar a buen puerto las peticiones de Lynch al recrear una música futurista con cierto aire de Shostakovich. La recreación musical que se hace para esta excelente obra de ciencia-ficción de Frank Herbert  tiene momentos grandiosos, como la exaltación con un potente órgano del Baron Harkonnen flotando por los aires y especulando contra la casa Atreides, o el bellísimo tema de amor Paul metes Chani, con el que Kyle MacLachlan y Sean Young se conocen y enamoran en el desierto de la especia Melange.

Aunque la película fue en su día un auténtico fracaso, despreciada por el propio Lynch y muy atacada por la crítica, actualmente es considerada una película de culto, y su banda sonora no lo es menos, pues a una edición normal, le siguió una ampliada con más música y se puede decir que ambas son muy difíciles de encontrar en el mercado por la rapidez con se vendieron y agotaron.

Pero Lynch empezó a ser un fenómeno de masas gracias a su siguiente película: Terciopelo Azul. Con ella empezará su colaboración con Angelo Badalamenti, un neoyorkino de Brooklyn con clara ascendencia italiana, experimentado conocedor de la música jazz y experto autor de ambientes y atmósferas surrealistas, extrañas e inquietantes.

Ambos se entenderán a la perfección y aunque es Badalamenti quien firma esta composición, la música también cuenta con la aportación particular de Lynch en uno de los temas principales de la película: Mysteries of Love, un soberbio tema que podemos escuchar en tres versiones diferentes, como pieza instrumental, con un peculiar y tenebroso solo de trompa, o como canción con la voz de Julee Cruise con la que posteriormente colaborarían Badalamenti y Lynch en sus dos álbumes como solista: Floating into the nightThe obice of love.

Aunque curiosamente esta película se recordará en su apartado musical por la canción Blue Velvet de Bobby Vinter y la evocación que esta produce a las abstractas imágenes de Lynch. Con Terciopelo Azul, Lynch continua contando con Kyle MacLachlan, que se convertirá a la postre en su actor fetiche, y además conoce a Angelo Badalamenti y Julee Cruise.

Dado que en esos momentos Isabella Rossellini era la compañera de Lynch, se entabló una gran amistad entre los tres y Badalamenti también participó como compositor en alguna de sus películas, como es el caso de Un toque de infidelidad (una de sus mejores composiciones) y Los hombres duros no bailan.

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A la aclamada Terciopelo Azul le seguiría la serie televisiva Twin Peaks, que reportó un gran reconocimiento internacional a ambos autores. Lynch se volvió a encargar de poner la letra a las canciones, Badalamenti la música y Julee Cruise la voz.

Música de sintetizadores atmosféricos, rota por los despuntes de una guitarra seca que repite tres notas insistentemente. Atmósferas misteriosas y envolventes creadas por los sintetizadores, pero ingeniosamente sacadas de la monotonía por un piano creador de melodías, un cálido saxofón o un sugerente clarinete.

Twin Peaks se convirtió en un auténtico bombazo y el disco con la banda sonora pasó a ser uno de los más vendidos en aquellos años noventa. Su posterior adaptación al cine Twin Peaks: Fire Walk with Me, en la que se repetían todos los esquemas de la serie, no tuvo tanta fortuna y fue un auténtico fracaso, lo que motivó a Lynch a dejar el cine cinco años en el dique seco.

Sin embargo, entre la serie y su adaptación, tuvo tiempo para realizar otra de sus más personales películas: Corazón salvaje, donde las numerosas canciones —unas de Lynch-Badalamenti (sin Julee Cruise) y otras ajenas— ahogaron la poca pero brillante partitura de Badalamenti.

Su música, sin repetir esquemas aunque sí los sintetizadores omnipresentes, se adaptaba a la historia y añadía toques latinos, haciendo de la composición algo más cálido, más humano y menos frío y trascendental.

Esta road-movie que se desarrolla por el sur de Norteamérica, también tendrá, injustamente, su recuerdo musical en una canción, Love me tender, interpretada por el propio protagonista Nicolas Cage.

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Y así llegamos a 1997 con Carretera perdida. En este momento tenemos la partitura más atonal del binomio Lynch-Badalamenti. Se trata de una música bastante compleja, unas veces es un jazz desbocado, descontrolado, y otras veces Badalamenti retrocede a los orígenes de Lynch con música de sintetizadores, sonidos estridentes, agudos y secos, voces indescifrables, efectos de sonido entremezclados con las notas chirriantes de algún sintetizador, etc. Lynch pretende demostrar que no ha perdido ni un ápice de su particular universo y Badalamenti tiene que estar a la altura.

A todo esto se le suman un número incontrolado de canciones, tan variadas que van desde Marilyn Manson, pasando por Nine Inch Nails o Barry Adamson, hasta llegar a David Bowie. Al igual que las imágenes de Lynch no están claras y no sabemos dónde nos quiere llevar, la partitura de Badalamenti, recorre caminos insospechados, misteriosos y no sabes muy bien cuál es su pretensión, o tal vez sea esto lo que pretenden ambos.

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Tanto universo lynchiano choca con su siguiente película: Una historia verdadera. Una road-movie muy intimista, aparentemente sencilla y sin demasiada sustancia que esconde tras de sí todo un cúmulo de historias, sensaciones y complicaciones reales.

 

Las imágenes no pretenden engañar al espectador pero hay algo más allá que no nos están contando, y de eso, es decir, de esclarecer la historia verdadera se encarga la música. Sonidos folk (sureños, para más señas), armónicas, violines, guitarras conjuntadas y armonizadas en una sólida partitura al servicio de expresar esos sentimientos y esas imágenes sonoras que la imagen visual no nos cuenta.

Cierto es que también Badalamenti huye de las inquietantes atmósferas lynchianas, de los sonidos surrealistas y abstractos y compone una banda sonora hermosa pero triste y melancólica a la vez, que no tiene ningún parecido con cualquiera de las anteriores que compuso para Lynch, y aunque la historia que acompaña sea monótona, cotidiana, real como la vida misma, la música permite ver todo aquellos que no somos capaces de descubrir con las imágenes.

Y a falta de que nos llegue un corto titulado Darkened Room con música de Badalamenti, la penúltima obra de ambos es la maravillosa Mulholland Drive, en la que de nuevo las atmósferas oscuras y abstractas envuelven toda la película.

Los sueños, el mundo surrealista y nada cotidiano de Lynch regresa después del pequeño paréntesis de Una historia verdadera con sonidos experimentales, notas disonantes, pequeños toques de jazz, y mucho sonido envolvente en un mundo cargado de rarezas, de excentricidades y también es por momentos terrorífico y espeluznante.

Badalamenti y Lynch siguen juntos cabalgando en este mundo tan particularmente suyo. Y que sigan por muchos años.

Escribe Juan Francisco Álvarez

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