HARRY POTTER Y EL CALIZ DE FUEGO  
 
Título orginal: Harry Potter and the goblet of fire
País, Año:

EE.UU., 2005

Dirección: Mike Newell
Intérpretes: Daniel Radcliffe, Rupert Grint, Emma Watson, Tom Felton, Stanislav Ianevski, Katie Leung, Matthew Lewis, Robert Pattinson, Clémence Poésy, Robbie Coltrane, Ralph Fiennes, Michael Gambon, Brendan Gleeson, Jason Isaacs, Gary Oldman, Alan Rickman, Maggie Smith, Timothy Spall, Miranda Richardson
Guión: Steve Kloves
Producción: Heyday Films, Warner Bros. Pictures Inc.
Fotografía: Roger Pratt
Música: Patrick Doyle
Montaje: Mick Audsley
Duración: 157 minutos
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

Una colosal castaña

 

El visionado de la cuarta entrega de las aventuras infantiles del niño-mago, convertido ya de hecho en joven-mago, invita a una serie de reflexiones en torno a lo que se nos avecina no sólo en las presumibles aventuras del anciano-mago (allá por el 2050, cuando se estrene Harry Potter 27: el bisnieto clónico), sino también del cine comercial en general.

Empecemos. Es evidente que uno ya no puede esperar rasgos de “autoría” en estos productos. Da igual que los firme Columbus, Cuarón o Newell, el director es una pieza más en un engranaje diseñado de antemano y no precisamente la pieza más importante. De hecho, ese cargo –y su correspondiente partida económica– queda reservado para los efectos digitales, que parecen ser lo único importante en la producción.

Continuemos. Como los expertos en marketing deben convencernos de alguna manera de que cada nuevo episodio es realmente mejor que el anterior, son habituales las afirmaciones del tipo “mejor que la original”, “más divertida”, “lo nunca visto”, “se nota la mano del nuevo director”... Bien, pues de todo eso no hay nada en la película. Simple campaña publicitaria: estamos ante lo mismo de siempre, sin una pizca de originalidad, sin novedades reseñables. Todo ya muy visto. Si acaso, se repiten las ideas que funcionaron en episodios anteriores, pero multiplicadas hasta la saciedad, como en cualquier remake de turno.

Más aún. ¿Han oído hablar del deslumbrante reparto? ¿Del abundante número de grandes estrellas que acompañan al niño-mago ya convertido en joven-mago? ¿Sí? Enhorabuena, porque es en el único lugar que podrán disfrutar de esas estrellas: en las campañas publicitarias de los chicos del departamento de marketing o, quizá, en cualquiera de los vistosos carteles publicitarios diseñados para la ocasión. ¿O es que de verdad –bajo las inmensas capas de maquillaje y los apabullantes efectos especiales– alguien ha podido degustar la “brillante” interpretación de Ralph Fiennes, Gary Oldman, Maggie Smith o Miranda Richardson? Más aún, ¿alguien recuerda si Alan Rickman –otrora coprotagonista de una de las cintas de las aventuras del niño-mago– dice o hace algo en esta cuarta entrega del joven-mago? Todo se reduce, en el fondo, a un desfile de estrellas más o menos rutilantes, como en aquellas superproducciones catastróficas de los años setenta, plagadas de mitos venidos a menos que, afortunadamente, pronto morían ahogados, quemados o bajo los estragos causados por cualquier terremoto. Aquí, desgraciadamente, ningún conjuro puede acabar con ellos... por lo que seguirán figurando en la nómina (que no actuando) en los siguientes títulos de la serie.

No se vayan, todavía hay más. Los efectos especiales son epatantes. Vale ¿y qué? La fotografía de Roger Pratt es técnicamente impecable. Muy bien, estupendo. Y la música de Patrick Doyle, sin llegar a las cotas habituales de John Williams (que había compuesto la banda sonora de los tres primeros episodios), sale airosa de su cometido. Enhorabuena. ¿Convierten estos elementos “técnicamente impecables” en una buena película a esta cuarta entrega de las aventuras del niño-mago reconvertido ya en joven-mago?

NO, en absoluto. De hecho, ni siquiera tiene que considerarse como una película. Se trata, a lo sumo, de un enorme trailer promocional de las camisetas, los discos, los libros y todos los demás elementos de merchandising que rodean a la propia película. Éste es, en el fondo, el gran problema de los blockbusters –esos grandes mamotretos de la taquilla que inventó un tal Spielberg con su mítico Tiburón– que hoy en día nos atenazan: no son películas, son anuncios de todo lo que le rodean; no ofrecen nada, sólo prometen mucho, como un anuncio cualquiera; no tienen ninguna trascendencia, su único fin es vender: entradas, palomitas, cocacolas, camisetas, muñecos... quizá para el episodio 69 de Harry Potter puede que incluso se comercialicen condones mágicos. Pero nada más.

Esperen, que me dejaba algo en el tintero. ¿Y la duración? ¿Alguien se ha planteado por qué estas películas tienen que durar dos horas y media si no tienen absolutamente nada nuevo que decir? Como le sucede a muchos otros “grandes” proyectos (ya hablaremos del King Kong de Peter Jackson, ya), Harry Potter y el cáliz de fuego, que es el original título de esta cuarta entrega del joven-mago, está desfasada por todas partes: no tiene sentido del ritmo, de la estructura, de la contención, de la progresión dramática, ni siquiera del clímax... todo es lo más de lo más en todo momento y, claro, así da igual que la escena de los dragones sea la primera prueba o fuera la última, está tratada con la misma intensidad; de hecho, el encuentro con el mítico malvado Voldemort (interpretado, es un decir, por Ralph Fiennes) no es lo más impactante de la función, particularmente este espectador prefiere la prueba submarina o, si me apuran, ese elíptico partido de quidditch que, por una vez, no hemos tenido que ver entero, como en las anteriores entregas...

Si todas las escenas hubieran seguido el mismo criterio y la elipsis hubiera abundado más, en apenas una horita nos habríamos ventilado la función y habría sido, con diferencia, una película mucho más soportable. Con su aspecto actual, no hay quien la aguante entera.

Mister Kaplan