FAHRENHEIT 451: EL APOCALIPSIS YA ENTRE NOSOTROSimprimir
Por Patricio Ruiz

Comenzando por el principio, el título y la película están basados en una obra de Ray Bradbury. Bradbury, que aún vive, ha obtenido todos los premios importantes internacionales de Ciencia-Ficción y algunos otros no específicos en diversas ramas de la literatura. Es algo diferente al resto de los autores del gremio, normalmente huye de lo científico para acercarse a lo lírico. La especie humana lo fascina. Muy llevado a la pantalla como guionista y para series de televisión, es también el autor de un titulo muy conocido, Crónicas Marcianas, y digo título porque alguien se ha encargado de dejarlo sin lectores potenciales.

Hace un montón de años publicó Fahrenheit 451 por entregas nada menos que en Playboy. Y aquí aparece la segunda parte contratante: François Truffaut, uno de los portaestandartes de la nouvelle vague francesa, el movimiento cinematográfico que revitalizó el cine francés. Una de las caracteristicas de la nouvelle vague fue el rescate de la literatura americana, sobre todo la serie noire y la ciencia-ficción (S-F).

La película de Truffaut es explícita desde el primer momento: comienza sobre un bosque de antenas de televisión, donde una voz en off va desgranando los créditos que no aparecen escritos. Aquí Truffaut utiliza las ventajas del lenguaje cinematográfico y con el simple barrido de las antenas y la voz en off nos ha metido en el asunto. Hemos entrado en un mundo donde no existe la palabra escrita. El propio protagonista se encarga enseguida de explicarnos el título: forma parte de un organismo oficial llamado Fahrenheit 451 porque ésa es la temperatura a la que arde el papel y ése es su oficio, un bombero encargado de que arda el papel escrito. Y que aparentemente cumple una labor social: para prender la hoguera se viste al modo de los cirujanos.

Pronto el jefe da una perorata en un lenguaje totalmente totalitario, mientras ojea el Mein Kampf  de Hitler, diciéndonos que es malo leer, que lo bueno es hacer deporte y ver la television. Ya hemos llegado: panem et circensis. Ese mundo futuro vive anestesiado y conviene que siga así. De hecho, la esposa del pirómano Montag piensa que un ascenso le permitirá comprar un segundo receptor de televisión para estar conectada todo el día al programa de La familia. Los que hayan visto la película, o vayan a ver el inminente remake, relacionarán inmediatamente el programa con Gran Hermano y verán que ya es realidad un canal para ver a todas horas lo que ocurre.

Y tenemos otra profecía cumplida: una fue la de Aldous Huxley en Un mundo féliz y la clonación, que entonces nos parecía magia y ya está aquí; otra de Orwell y su Gran Hermano, seguramente ninguno de los participantes y sólo alguno de sus predilectos espectadores sabrán de dónde viene el personaje literario, pero, evidentemente, ya está aquí; la tercera, Bradbury y Fahrenheit prediciendo un mundo de televisión sin libros. ¿Hará falta recordar las recientes cifras de fracaso escolar? ¿Hará falta recordar que ya no se tienen en cuenta las faltas de ortografía para poder aprobar a alguien? ¿Hará falta recordar que los programas de concursos, televisivos por supuesto, descartan las preguntas de cultura general para sustituirlas por cultura audiovisual para no abochornar a los concursantes? ¿Alguien cree que la moda de los mensajes de móviles en lenguaje –mejor dicho: palabraje– críptico no es perjudicial a estos efectos?

Truffaut toma parte, como es natural, nos trae a la cabeza la quema de libros en la Edad Media, los años oscuros por antonomasia, la quema de libros antes de la Segunda Guerra Mundial, otra edad oscura, y nos amenaza con eso. Claro que su parte lírica nos distrae a veces con pequeñas bromas como el libro enano que esconde el bebé o el logo de la Organización que recuerda al de una célebre compañía de petróleos, pero no nos deja relajarnos: el tren aéreo que es la vida circula siempre en dirección opuesta al coche de bomberos, los niños de escuela van vestidos como las Juventudes Hitlerianas, el trepa de Anton Driffing –el que marca a Montag– es un habitual de los papeles de oficial nazi, la delación anónima signo máximo del totalitarismo, una de las obras quemadas es de Nietzsche...

Si entre los lectores hay algún mirón, o voyeur puesto que Truffaut es francés, le recomiendo verla en DVD algo que nunca haría ni en mis peores sueños porque da la oportunidad de ralentizar la imagen y ver los libros que arden. Posiblemente las jóvenes generaciones no sólo no los hayan leído, sino que no conozcan ni los títulos. Entre ellos Truffaut tiene la humorada de hacer varios guiños a la nouvelle vague: están Zazie en el metro, una de sus películas emblemáticas, y Cahiers du cinema, su revista oficial.

Montag, caído como San Pablo camino de Damasco, hace un intento de hacer reaccionar al publico que tiene: las amigas de su mujer. Montag intenta leer ante ellas y ellas se comportan como ante un exhibicionista: primero, no qué horror; segundo, ver pero sólo un poquito... y luego marcharse como ofendidas.

Y poco más, la solución es muy poética, casi tan lírica o bucólica como el final de Encuentros en la tercera fase, con Truffaut de oficiante, pero ahora que ya tenemos el problema encima ¿alguien tiene alguna? Help.