Conociendo a los Follen
El éxito arrollador de taquilla del que gozó Los padres de ella (Meet
the parents),
hacía presagiar el próximo estreno de una segunda entrega. Cuatro
años más tarde, sus mismos creadores han vuelto con Los
padres de él (Meet the Fockers),
una película que, sin desmarcarse mucho de los planteamientos
originales de su antecesora, funciona y aporta situaciones cómicas
nuevas, muy por encima del formulismo al uso de otras secuelas,
gracias a la introducción de la familia Follen (Focker), antagonista
vital e ideológica de los Byrnes.
Hay quien ha querido incluso ver en este punto una metareflexión
en clave cómica acerca de las dos Américas, división real que
tan claramente reflejaron los resultados de las últimas elecciones
generales. Nada más lejos de la realidad. No existe la menor pretensión
de hacer referencia alguna a temas de gran calado. Se desaprovecha,
en cierto modo, la oportunidad de incidir en un humor más corrosivo,
más profundo, tomando a las dos familias como paradigmas de los
valores de las dos Américas. Y digo se desaprovecha porque tal
vez el reparto daba para más. Pero, a decir verdad, la cosa es
mucho más simple: se trata de hacer reír y punto. Y la verdad
es que lo consigue.
Para ello el filme se aprovecha de una receta sencilla: un guión
muy simple pero eficaz y unos excelentes actores, especialmente
los tres protagonistas masculinos. Esto facilita la puesta en
marcha de las situaciones, que son si cabe más ágiles que en Los
padres de ella, una vez que ya conocemos a los personajes.
La presentación de la familia de Greg (Ben Stiller) es fresca,
dinámica. Con un par arranques verbales de Bernie Focker (Dustin
Hoffman) en los saludos iniciales y una imagen de Roz (Barbra
Streisand), su mujer, dando clases de terapia sexual para mayores,
queda perfectamente definido la clase de matrimonio que son: liberal,
desinhibido y falto de complejos, por contraposición al estricto,
puritano y protestante Jack (Robert de Niro), de quien su mujer
queda relegada siempre a un papel menor.
Sin embargo, este juego de contrarios queda reducido casi exclusivamente
a todo aquello que concierne a la moral sexual y a lo escatológico.
La secuencia de la cena radiografía perfectamente las intenciones
cómicas de la película. Los chistes acerca de circuncisiones,
masturbaciones, primeros polvos y los equívocos que se generan
a partir de aquí, proponen un tipo de comedia que funciona bastante
bien en cuanto más disparatada se vuelve, pero que pierde bastante
fuelle cuando el elemento romántico vuelve a cobrar protagonismo.
Así, la línea que separa a los Follen de ser un matrimonio liberal
o unos salidos incapaces de controlarse delante de extraños o
a Jack de ser un tipo duro y de recta moral o un paranoico que
no se fía ni de un bebé, se halla siempre difusa. Como ya ocurriese
en la primera entrega, los únicos gags de tinte político vienen
dados por la condición de Jack de ex-agente de la CIA y los métodos
que utiliza para espiar y poner en ridículo a Greg.
El ritmo de los golpes se va intensificando desde el mismo instante
en que son presentados los personajes de las dos familias, que
por momentos cobran tintes grotescos. Todo se sucede en función
de una alocada acción que prevalece siempre sobre los diálogos,
que en cualquier caso se ven poco favorecidos por el doblaje,
puesto que los juegos idiomáticos y los dobles sentidos son constantes.
El desenlace es el esperado. En este punto la película adolece
de cierto esquematismo pero para entonces ya ha logrado su objetivo:
hacerte reír durante dos horas. Que no es poco.
David Marrades