Es lo mismo pero no es igual
Quizás pueda parecer pretencioso endorsar las decisiones del guión
a cada uno de los pares de manos que pasaron por este proyecto,
sin embargo, en función de sus tareas desempeñadas con anterioridad
se confirman muchas sospechas. Aunque todo lo bueno no sea de
uno y lo malo de los otros, no resulta descabellado adjudicar
la blandenguería a los guionistas que firman Smallville, o bien ofrecerle la autoría
a Michael Chabon de la correcta definición de personajes por como
lo hace en Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay,
así como aquellas decisiones que acercan a Spiderman
2 a su cómic de procedencia. Escrito con mas patas que las
que tiene el propio Octopus, no hubiera estados de más amputar
alguna de ellas: primero fue Koepp, que repetía después de la
primera entrega; luego los Smallville, Chabon, y finalmente Alvin Sargent
(Gente corriente).
En esta segunda incursión de nuestro vecino y amigo Spiderman, asoma por momentos el mejor
Sam Raimi, con su gamberro sentido del humor y demostrando lo
bien que sabe hacer las cosas. Un claro ejemplo es la secuencia
en la que tras el accidente intentan amputar los tentáculos a
Doctor Octopus, y las graciosas patitas se defienden matando a
los miembros del quirófano, una terrorífica escena mostrada por
la proyección de las sombras en la pared y alguna que otra salpicadura
de sangre. La demostración de la felicidad (cinematográfica) con
la canción Raindrops keep
falling on my head y Peter Parker despojado de su responsabilidad,
o que una violinista callejera cante la canción de la mítica de
serie de dibujos del héroe en la que se preguntaba Dónde
estás Spiderman, son ejemplos de lo que parece una entrega
más personal, probablemente por la perdida de presión por parte
de la productora, ya que el éxito estaba asegurado.
Para Spiderman, su “don es su maldición”, a Raimi le sucede algo
similar, su exceso de virtud le deja al descubierto todos sus
defectos. Se agudiza en esta entrega el grave problema de la primera,
que carece de equilibrio: lo bueno es mejor, y lo negativo es
pésimo. Nada como revisar Darkman para encontrar la esencia
de la tragicomedia de un héroe, ese es el equilibrio de la balanza
que busca y no encuentra. Si Spiderman
era una (re)presentación bastante infantil del personaje, en esta
entrega el tono vira dando bandazos del melodrama a la comedia,
incluso tiene ecos de la paródica serie El gran
heroe americano cuando el hombre araña pierde sus poderes
por la pérdida de la confianza.
Si para un adolescente los problemas son magnificados hasta extremos
insospechados (véanse las obsesiones de cada uno de los personajes
de Elephant), cómo se las tiene que ver un
joven que a su vez es un superhéroe. Problemas en el trabajo,
en la universidad, con sus amistades, con las chicas, y con la
familia; falta de tiempo y de dinero. Muchos de ellos por duplicado
debido a su dualidad; como sucede con
su amigo Harry Osborn, que odia a Spiderman por haber matado
a su padre, y se enfada con Peter porque lo conoce (ya que le
hace fotos) y no le dice dónde lo puede lo encontrar. ¿Qué beneficio
tiene por tanto ser un héroe? El hombre araña, llega a verse ridiculizado
mientras baja –a los infiernos– en un ascensor, después de no
conseguir entregar una pizza a tiempo, con un acompañante que
le da la enhorabuena por el disfraz tan conseguido que lleva.
Todos estos infortunios le arrastran a tirarlo todo por la borda,
y Raimi lo plasma apropiándose de una famosa viñeta, Peter saliendo
de un callejón dejando tras de si su uniforme de héroe en un cubo
de basura.
Spidey/Peter es golpeado física y psicológicamente tan repetidamente
que empieza a parecerse en la capacidad de encaje a Ash –protagonista
de la trilogía Evil dead–.
Es una lastima que no estuviera esta vez Defoe para despabilar
a golpes al alelado Maguire. Héroe y villano se encuentran dominados
por su trabajo, y sus devaneos recuerdan que el trabajo no da
la felicidad (no como sucede con el dinero, que da paz, salud
y descanso). A Octopus le pierde su sueño, su obsesión le quita
la vida a su mujer y acaba apoderándose –literalmente– de su mente
y cuerpo, en forma de más brazos para trabajar. Entregar una pizza
a tiempo, llevar las fotos al periódico para cobrar, llegar a
fin de mes, ser puntal por una vez en una cita… son facetas de
los más humanas. Si es difícil ser de vez en cuando un héroe,
más difícil resulta ser un superhombre. Dentro de todos hay un
héroe, vuelve a contar Raimi, en cada individuo –sobre todo de
la clase media– hay un superhéroe que sobrevive día a día.
Más tramas, más conflictos, mejores secuencias de acción –con los
efectos mejorados–, y humor un punto más adulto. No podían faltar
los obligados guiños: Bruce Campbell como portero del teatro sermoneando
a Peter por llegar tarde, Stan Lee salvando a una anciana, diversos
juegos de palabras con nombres de los creadores del tebeo, y unos
títulos de crédito ilustrados por el magnifico dibujante Alex
Ross, sintetizando lo sucedido en al entrega anterior –una excelente
manera de evitar lo que podría haber sido un innecesario flash-back–.
La relación sentimental entre los protagonistas –cuando funciona–
no provoca sed, sino arcadas, ya que por almibarada y empalagosa
no acaba de funcionar; por esto y por la cara de cordera degollada
de Kirsten Dunst, acontecimiento del que uno se da cuenta cuando
no está en una de sus escenas de camiseta mojada –que de nuevo
la tiene, y gracias–. Franco ha mejorado (James, no se asusten),
Alfred Molina está desaprovechado –Doc Oc y sus motivaciones desaparecen
a mitad de la cinta–, la tía May aburre a las ovejas, y de nuevo,
el más acertado, es la magnifica caricatura del director del Daily
Bugle, Jonnah Jameson. Todo lo contrario sucede con su hijo aparecido
por sorpresa, del que se da dos gruesas pinceladas para prepararlo
como villano de la función en la tercera entrega.
Es triste que Spiderman
hable de responsabilidad, y su resultado sea mejorar lo que ya
estaba bien; eso no es ser responsable. En ciertos momentos la
estructura se percibe como si alguien hubiera barajado las secuencias,
teniendo al espectador entre el infarto y la parada cardiaca,
una combinación que da una sensación bastante desagradable. Problema
que se agudiza conforme llega el desenlace, donde ni Raimi ni
los seiscientos guionistas parecen no saber cual de sus tres finales
queda mejor, por lo que echarlos a suertes tuvo que ser la solución.
Israel L. Pérez