THE STATION AGENT  
 
Título orginal: The Station Agent
País, Año:

EE.UU., 2003

Dirección: Tom McCarthy.
Intérpretes: Peter Dinklage, Raven Goodwin. Bobby Cannavale. John Slattery. Patricia Clarkson. Paul Benjamin. Michelle Williams.
Guión: Tom McCarthy.
Producción: Mary Jane Skalski
Fotografía: Oliver Bokelberg
Música: Stephen Trask
Montaje: Tom McArdle
Distribuidora: Alta Films
Duración: 88 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Huyendo de la soledad

Hay películas redundantes en la forma de estar contadas, lo que motiva sin duda una cierta fealdad (no necesariamente desde un punto de vista estético) en su acabado. Frente a ellas resplandecen otras, incluso más "pequeñas", que por momentos aparecen como raras estrellas luminosas en una noche oscura. En ellas, los realizadores tratan simplemente de mirar las cosas y mostrar a unos personajes. En el lado opuesto hay títulos más impactantes, aparentemente, pero cuyos personajes son marionetas que nada o muy poco tienen que transmitir, aunque el "humo" de las imágenes que les arropa se colorea de una forma (mentirosamente) brillante. Ambos extremos podrían venir explicitados actualmente por algunos de los "brochazos" que salpican aquí y allá (me centro en filmes estrenados recientemente) La chica de la perla o el fatigoso juego propuesto por la más bien engañosa 21 gramos. El otro lado de esa balanza se explicaría con algunas de las aparentemente vulgares imágenes de The station agent, el primer filme de Tom McCarthy.

Hay una secuencia que puede servirnos para reflejar la diferencia, y distancia, que existe entre la "mirada" con la que Peter Webber (un documentalista inglés) escribe sus imágenes (de novato) contrapuesta a la (también novata) de McCarthy, un sorprendente director de teatro "cazado" por el cine. Así, al final de la La joven de la perla el "mecenas" del pintor contempla con la mirada de animal que "cae sobre la presa" el cuadro que ha pintado Weermer. Para que no haya duda alguna de cómo es el personaje, el realizador nos regala un plano inconcebible: a la izquierda del personaje (derecha del espectador) aparece un animal disecado (un lobo o un zorro) que con su "actitud" trata de "potenciar" o definir al ladino personaje. Una torpe resolución y una innecesaria explicación de lo que vemos. Una escena también con visos de símbolo explicatorio se presenta en The station agent: el amigo del impresionante personaje que representa el enano que se autodenomina "fin" sale de plano mientras éste personaje "limpia" o "sopesa" trenes. Sobre la mesa se encuentra la figura de un jefe de estación. Quien sale cierra la puerta mientras la mirada de la cámara se centra sobre "fin". Se escucha un ruido en "off" cuya vibración hace que caiga sobre la mesa la figura del jefe de estación. El enano sale fuera para (lógicamente y como consecuencia de lo anterior) encontrarse a su amigo muerto en el suelo. Una excelente, y simple, manera de "adelantar" y explicar la situación.

Con respecto a 21 gramos también podíamos plantear una relación con respecto a este filme que comentamos. En este caso la referencia es al montaje. En la primera película asistimos a un protagonismo del mismo. Todo se encuentra en su función. Brillante en su desorden conduce sabiamente (demasiado forzadamente) a un entendimiento de la rocambolesca historia. En The station agent un montaje simple sirve para ir adelantado en la acción suprimiendo tiempos muertos, eliminando aquellos momentos en los que película parece estancarse. En este sentido, y aunque pueda parecer extraño, 21 gramos es mucho más academicista y tradicional que ésta que aquí comentamos.

Poco, o casi nada (que es un mucho) cuenta la película de McCarthy. Se trata simplemente de seguir a un personaje frustrado y marginal, dolorido y solitario, que se encierra en sí mismo para olvidar su propia existencia, por la que se siente condenado. En su soledad se ha negado a ver que existen otros que pueden (como él) ser diferentes. O quizá mejor sería decir que todos los personajes se encuentran marginados, aunque su marginación se vea marcada por un hecho como el de ser un "enano". O sea un ser anodino en un país de triunfadores y/o gigantes como les gusta considerarse a una gran parte de los norteamericanos.

El mundo (y la vida) que le rodea no es para "fin" (curioso nombre que se ha impuesto el enano) sino un calvario por el que hay que pasar sin casi mirar. Lo suyo es contemplar trenes, andar sin descanso por vías muertas o "vivas" sin parar (el curioso, y más bien torpe título que se ha dado al filme como "traducción" es Vías cruzadas probablemente tratando de recordar el altmaniano Vidas cruzadas), en busca de no se sabe muy bien qué. Para remate (o por fortuna) nuestro protagonista hereda una estación por la que ya no pasan trenes. Es el momento del encuentro con las dos personas que de manera curiosa entran en sus vidas. Solitarios como él, desplazados en un mundo de rapidez y de soledad: una mujer, frustrada (y más bien) horripilante pintora, obsesionada con la muerte de su hijo y un cubano que malvive con una caravana-bar mientras cuida de su padre enfermo. Todos aprenden de todos. Al final juntos saborean la amistad y comprueban que sus vidas no son ya como eran. El enano y la mujer han aprendido a vivir después de una experiencia lindante con la muerte (imaginaria o real, tanto da), el cubano ya no será el hablador insaciable del comienzo. Ahora, entre otras cosas, lee y probablemente aprende.

Otros personajes (pocos) que rodean a los principales también han aprendido a ser y a existir como la bibliotecaria o la niña negra. Probablemente su tiempo (como se comprueba con ese reloj del enano, ya roto para siempre al final) será otro muy distinto. Personajes que necesitan, aunque huyan de ese contacto, de los demás. Son hermosas las escenas que muestran el caminar de los personajes (primero del enano solo, luego del enano y del cubano y finalmente de los tres) por las vías del tren, el lugar, como dice el protagonista, de derecho de paso; es decir, el único sitio donde los personajes parecen caminar seguros.

Un cine, éste, independiente que ama y mira la vida, que toma el cine como un reflejo-retrato de la existencia: observación cuidadosa de unos seres inmersos en un mundo que les ignora. Un cine que está en las antípodas, por ejemplo, de la último, y divertida, película de Tarantino. Se trata de dos formas diferentes, y válidas, de acercarse al cine.

"Fin" llega en su caminar al claro término de un trayecto. Ahora ha aprendido a ser y a estar. Por eso actúa, toma las riendas de su vida al tiempo que se niega a que (ya, desde ese mismo momento) el resto de los humanos le vea como un ser raro, extraño. Su grito, poco antes del final, enfrentándose al mundo, es elocuente.

Desearía insistir en algo que ya he indicado al comienzo: la brillantez, la excelencia de un montaje que prácticamente no se "ve". Comprobar la gran labor obtenida con la utilización del tiempo en este filme repleto de conseguidas elipsis, de saltos temporales que obligan, e impiden, que la historia se estanque. Es un montaje creativo al que deberían mirar muchos títulos innovadores y "juguetones", porque aquí en su sencillez (la del montaje) asistimos a la lección de un gran profesional.

Destacable también es la interpretación y la fotografía. Un primer filme, con sus fallos y balbuceos, muy interesante. Un ejemplo de cómo con escaso dinero y con talento (o con cosas que contar y saber contarlas) se puede lograr una película entrañable. En este hoy dominado por el ruido de los efectos especiales aún se puede encontrar un filme en el que palpite la vida. Interesante y lúcida esta primera obra de Tom McCarthy. Un nuevo nombre cuya obra habrá que tener en cuenta en el futuro.

Adolfo Bellido