Huyendo de la soledad
Hay películas redundantes en la forma de estar contadas,
lo que motiva sin duda una cierta fealdad (no necesariamente desde
un punto de vista estético) en su acabado. Frente a ellas
resplandecen otras, incluso más "pequeñas",
que por momentos aparecen como raras estrellas luminosas en una
noche oscura. En ellas, los realizadores tratan simplemente de
mirar las cosas y mostrar a unos personajes. En el lado opuesto
hay títulos más impactantes, aparentemente, pero
cuyos personajes son marionetas que nada o muy poco tienen que
transmitir, aunque el "humo" de las imágenes
que les arropa se colorea de una forma (mentirosamente) brillante.
Ambos extremos podrían venir explicitados actualmente por
algunos de los "brochazos" que salpican aquí
y allá (me centro en filmes estrenados recientemente) La
chica de la perla o el fatigoso juego propuesto por la más
bien engañosa 21 gramos. El otro lado de esa balanza
se explicaría con algunas de las aparentemente vulgares
imágenes de The station agent, el primer filme de
Tom McCarthy.
Hay una secuencia que puede servirnos para reflejar la diferencia,
y distancia, que existe entre la "mirada" con la que
Peter Webber (un documentalista inglés) escribe sus imágenes
(de novato) contrapuesta a la (también novata) de McCarthy,
un sorprendente director de teatro "cazado" por el cine.
Así, al final de la La joven de la perla el "mecenas"
del pintor contempla con la mirada de animal que "cae sobre
la presa" el cuadro que ha pintado Weermer. Para que no haya
duda alguna de cómo es el personaje, el realizador nos
regala un plano inconcebible: a la izquierda del personaje (derecha
del espectador) aparece un animal disecado (un lobo o un zorro)
que con su "actitud" trata de "potenciar"
o definir al ladino personaje. Una torpe resolución y una
innecesaria explicación de lo que vemos. Una escena también
con visos de símbolo explicatorio se presenta en The
station agent: el amigo del impresionante personaje que representa
el enano que se autodenomina "fin" sale de plano mientras
éste personaje "limpia" o "sopesa"
trenes. Sobre la mesa se encuentra la figura de un jefe de estación.
Quien sale cierra la puerta mientras la mirada de la cámara
se centra sobre "fin". Se escucha un ruido en "off"
cuya vibración hace que caiga sobre la mesa la figura del
jefe de estación. El enano sale fuera para (lógicamente
y como consecuencia de lo anterior) encontrarse a su amigo muerto
en el suelo. Una excelente, y simple, manera de "adelantar"
y explicar la situación.
Con respecto a 21 gramos también podíamos
plantear una relación con respecto a este filme que comentamos.
En este caso la referencia es al montaje. En la primera película
asistimos a un protagonismo del mismo. Todo se encuentra en su
función. Brillante en su desorden conduce sabiamente (demasiado
forzadamente) a un entendimiento de la rocambolesca historia.
En The station agent un montaje simple sirve para ir adelantado
en la acción suprimiendo tiempos muertos, eliminando aquellos
momentos en los que película parece estancarse. En este
sentido, y aunque pueda parecer extraño, 21 gramos
es mucho más academicista y tradicional que ésta
que aquí comentamos.
Poco, o casi nada (que es un mucho) cuenta la película
de McCarthy. Se trata simplemente de seguir a un personaje frustrado
y marginal, dolorido y solitario, que se encierra en sí
mismo para olvidar su propia existencia, por la que se siente
condenado. En su soledad se ha negado a ver que existen otros
que pueden (como él) ser diferentes. O quizá mejor
sería decir que todos los personajes se encuentran marginados,
aunque su marginación se vea marcada por un hecho como
el de ser un "enano". O sea un ser anodino en un país
de triunfadores y/o gigantes como les gusta considerarse a una
gran parte de los norteamericanos.
El mundo (y la vida) que le rodea no es para "fin"
(curioso nombre que se ha impuesto el enano) sino un calvario
por el que hay que pasar sin casi mirar. Lo suyo es contemplar
trenes, andar sin descanso por vías muertas o "vivas"
sin parar (el curioso, y más bien torpe título que
se ha dado al filme como "traducción" es Vías
cruzadas probablemente tratando de recordar el altmaniano
Vidas cruzadas), en busca de no se sabe muy bien qué.
Para remate (o por fortuna) nuestro protagonista hereda una estación
por la que ya no pasan trenes. Es el momento del encuentro con
las dos personas que de manera curiosa entran en sus vidas. Solitarios
como él, desplazados en un mundo de rapidez y de soledad:
una mujer, frustrada (y más bien) horripilante pintora,
obsesionada con la muerte de su hijo y un cubano que malvive con
una caravana-bar mientras cuida de su padre enfermo. Todos aprenden
de todos. Al final juntos saborean la amistad y comprueban que
sus vidas no son ya como eran. El enano y la mujer han aprendido
a vivir después de una experiencia lindante con la muerte
(imaginaria o real, tanto da), el cubano ya no será el
hablador insaciable del comienzo. Ahora, entre otras cosas, lee
y probablemente aprende.
Otros personajes (pocos) que rodean a los principales también
han aprendido a ser y a existir como la bibliotecaria o la niña
negra. Probablemente su tiempo (como se comprueba con ese reloj
del enano, ya roto para siempre al final) será otro muy
distinto. Personajes que necesitan, aunque huyan de ese contacto,
de los demás. Son hermosas las escenas que muestran el
caminar de los personajes (primero del enano solo, luego del enano
y del cubano y finalmente de los tres) por las vías del
tren, el lugar, como dice el protagonista, de derecho de paso;
es decir, el único sitio donde los personajes parecen caminar
seguros.
Un cine, éste, independiente que ama y mira la vida,
que toma el cine como un reflejo-retrato de la existencia: observación
cuidadosa de unos seres inmersos en un mundo que les ignora. Un
cine que está en las antípodas, por ejemplo, de
la último, y divertida, película de Tarantino. Se
trata de dos formas diferentes, y válidas, de acercarse
al cine.
"Fin" llega en su caminar al claro término
de un trayecto. Ahora ha aprendido a ser y a estar. Por eso actúa,
toma las riendas de su vida al tiempo que se niega a que (ya,
desde ese mismo momento) el resto de los humanos le vea como un
ser raro, extraño. Su grito, poco antes del final, enfrentándose
al mundo, es elocuente.
Desearía insistir en algo que ya he indicado al comienzo:
la brillantez, la excelencia de un montaje que prácticamente
no se "ve". Comprobar la gran labor obtenida con la
utilización del tiempo en este filme repleto de conseguidas
elipsis, de saltos temporales que obligan, e impiden, que la historia
se estanque. Es un montaje creativo al que deberían mirar
muchos títulos innovadores y "juguetones", porque
aquí en su sencillez (la del montaje) asistimos a la lección
de un gran profesional.
Destacable también es la interpretación y la
fotografía. Un primer filme, con sus fallos y balbuceos,
muy interesante. Un ejemplo de cómo con escaso dinero y
con talento (o con cosas que contar y saber contarlas) se puede
lograr una película entrañable. En este hoy dominado
por el ruido de los efectos especiales aún se puede encontrar
un filme en el que palpite la vida. Interesante y lúcida
esta primera obra de Tom McCarthy. Un nuevo nombre cuya obra habrá
que tener en cuenta en el futuro.
Adolfo Bellido