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LA HOGUERA DE LAS VANIDADES
Por Gloria Benito
Esta adaptación del bestseller del mismo título (The
bonfire of the vanities), del escritor y periodista Tom Wolfe,
contiene todos los tópicos del género. Narra las desventuradas aventuras
del joven y brillante ejecutivo de Wall Street, Sherman McCoy (Tom
Hanks), que ve cómo su vida personal y profesional se convierten
en un infierno. Todo arranca de un incidente trivial: su coche toma
la dirección equivocada y sale de los elegantes barrios de Nueva
York para internarse en las sórdidas calles del Bronx. Allí, María
Ruskin (Melanie Griffith) su amante, atropella a un joven negro,
para huir de un atraco; y este hecho, aparentemente intrascendente,
desencadena una serie de acontecimientos nefastos para el protagonista.
El suceso es magnificado por la prensa, siempre ávida de noticias
truculentas, y azuzada por los intereses económicos del reverendo
Bacon (John Hancock), que representa a los oprimidos grupos de color
y pretende explotar el atropello para sacar dinero a la compañía
de seguros. No falta la colaboración de la justicia, encarnada en
un fiscal ambicioso, al que también interesa condenar a un blanco
rico que atropelló a un negro pobre, para incrementar los votos
ante las próximas elecciones. Así, el azar juega un papel fundamental
en este relato de malos, en el que se pretende poner en evidencia
la corrupción que reina en la sociedad estadounidense y por extensión,
en cualquier centro de poder del mundo occidental.
La trama se desarrolla a partir del relato
retrospectivo y en primera persona del periodista Peter Fallow (Bruce
Willis), un cínico y fracasado reportero que también ve su oportunidad
de alcanzar fama y dinero a costa de los sufrimientos del pobre
Sherman. La histriónica representación de Bruce Willis en su papel
de escritor triunfador, que se dirige a recibir los aplausos de
su público, mientras trastabilla a causa del whisky y oculta
sus ojos tras las gafas oscuras, es una de las más patéticas de
su carrera cinematográfica. Pero es que debe quedar claro que es
un ser maldito, lleno de sarcasmo y alcohol. Lo mismo sucede con
el resto de personajes de la película, que también son tan arquetípicos
como él. Melanie Griffith encarna la amante sexy, mimada, egoísta
e interesada, de tal forma que parece una caricatura; el juez White
(Morgan Freeman) es un negro bueno y justo como corresponde a su
apellido, y es el encargado del discurso final, cargado de moralina,
en el que exhorta a la sociedad con el grito”¡sed decentes!”, ya
que han sido malos, malísimos. El reverendo Bacon simboliza la demagogia
y la manipulación de la discriminación de los negros, para alcanzar
fines más lucrativos; Y la prensa aparece como un aparato de poder
que crea la noticia o la hace desaparecer en aras de las ventas,
sin ningún sentido moral ni ético.
Nada se deja a la imaginación del espectador, nada se sugiere y
todo queda explícito. Por tratarse de una de las producciones más
comerciales de Brian de Palma, todo debe estar claro y bien atado.
Los espectadores habrán pasado un buen rato, se habrán entretenido
sin más con la intriga del argumento. Y serán felices en su simplicidad
ya que el cine no se parece a la vida, en este caso. Los buenos
ganan al final, y los malos son destruidos o frustrados en sus intenciones.
Pero todos han cobrado. Desde el director de esta película que fue
éxito de taquilla y se vendió bien, en el cine, primero y en la
televisión después, hasta el ficticio reportero que narra la historia
y se embolsa buenos dólares por su obra. El único que ha pagado
dinero y tiempo es el pobre espectador de una película tan plana
como insulsa. Y es que ya lo dice uno de los personajes, un capo
de la prensa: “La verdad no tiene nada que ver..., ¡esto es un espectáculo!”.
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