Valentín
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Entre Manolito Gafotas y el repelente niño Vicente

na total desilusión la que se siente al ver este filme de Agresti. Una total desilusión la que se siente al ver este filme de Agresti. La verdad es que poco podíamos esperar después de su anterior fiasco, que (a pesar de su vulgaridad) recibió el primer premio (?) en el festival de San Sebastián de hace unos años. Pero ya se sabe que es la esperanza...

Aquí, Agresti (como en aquel pueblo que veía el cine desordenado como la vida misma!) en El viento se llevo lo que (un título estupendo), muestra su mejor cara (como entonces) con la idea base del filme. Allí, a través de un concepto metafórico trataba de insinuar toda una forma de vida tomada del cine y en concreto del cine norteamericano. Aquí, tomando como eje la historia de un niño en un pasado reciente de Argentina, trata de acercarnos desde (nuevamente) la metáfora a la situación pasada de un país, que no es más que el presagio de un (anunciado) caos. Un sentido en el que mucho mejor se asientan otros títulos argentinos como Un oso rojo o (con niño) Nueve reinas (sin niño al fondo).

Es curiosa la manía del cine argentino actual consistente en tomar como protagonistas a niños. Una baza además que parece concederles, de antemano, un cierto reconocimiento por parte de los espectadores. Y es que la “simpatía” (?) de los niños o su adorable (??) presencia pueden hacer posible el milagro de... la comercialidad, al menos en circuitos de exhibición reducida. Fue el caso (reciente) de la estimable Kamchatka y lo está siendo el de este “ligero” sueño, aunque no creemos que de la presencia de un niño (en concreto niño) se beneficie o acomode Un oso rojo. Cuestiones de corazón.

El Valentín del título de Agresti es un niño insoportable, un sabelotodo compulsivo.El Valentín del título de Agresti es un niño insoportable, un sabelotodo compulsivo. Un repelente infante que para algunos es una delicia y, además, simpático. No digamos si encima se vende bien el producto. De todas formas, a mí el niñito de marras me resulta inaguantable. Valentín es (para mí) bastante insoportable, estomagante e impertinente. Una cuestión, por supuesto personal, y que para nada se valoraría como mérito o demérito del filme. Lo que se consigue es que el fiel de la balanza se desnivele hacía la vulgaridad y la poca convicción. Es como una historia desplegada desde  la ilógica de un niño mayor. Lo que realmente quiero decir es que ese niño, al que las circunstancias le han concedido cierta mayoría de edad, es inexistente, ilógico, carece, en definitiva, de vida. Algunas de las situaciones por las que pasa (simpáticas alguna, si se quiere) son realmente increíbles: las visitas (y artes de convencimiento) al médico para que acuda a ver a su abuela, una aceptable Carmen Maura, o los trapichondeos en los que se mete para “aceptar” o despedir a las novias de su papaíto. El protagonista deslavazado de esta narración, un niño con mucho de repelente sabelotodo, se dedica a dar la tabarra al personal, ya que habla sin parar a lo largo y ancho del metraje de este vulgar y elemental filme.

La historia del filme es lo de menos, de lo que realmente se trata es de presentar a unos cuantos personajes perdidos en el ambiente de una ciudad extraña e incomprensible. Un sitio, un tiempo transitado por seres mediocres y fantasiosos. Los personajes se pierden en el relato, resultan difíciles de aceptar o, simplemente, parecen cumplir una misión inútil: hacer que aparezcan y desaparezcan los intérpretes en el filme. Parece ser que la idea del amañado guión se centra en que la historia se encauce desde el punto de vista de los ojos (miopes) del infante (y poco infantil) protagonista. El padre, el tío, la estupenda novia del padre, el vecino (sustituto del padre y de los amigos) suponen más la presencia de entes literarios y tópicos que de realidades lógicas de un relato iniciático. Algo que, incluso, sirve de envoltorio a una serie de situaciones forzadas y cuya existencia no es sino anecdótica. Es el caso, por citar un ejemplo, del sermón en una misa pro Che Guevara, cuya inclusión en el filme carece de sentido. Se siente el aliento del compromiso del realizador pero realmente su torpe introducción linda con la demagogia más chapucera.

Película de escaso presupuesto, mas resultona que lograda, más torpe que arriesgada, muestra el largo camino hacia la madurez de un cine (el argentino) capaz de sorprendernos aun en títulos de discutible calidez. La idea (metafórica también) del niño que quiere ser astronauta parece tomada de la más que interesante Mi vida como un perro. De donde venga la idea es lo de menos, ya que lo importante es que la imaginaria propuesta forme parte de la idea organizativa del relato: la historia de un niño dotado de una gran fantasía pero imposibilitado para reconocer (o conocer) muchos de los elementos que pueblan su vida (desconoce la realidad en que vive) e, incluso, a admitir su verdadera valía. Una cosa es optar a algo que se desea y otra muy diferente pisar tierra ante las personales deficiencias personales. El tal Valentín deseoso de ascender a los espacios siderales es miope y estrábico.

Película de escaso presupuesto, mas resultona que lograda, más torpe que arriesgada, muestra el largo camino hacia la madurez de un cine (el argentino) capaz de sorprendernos aun en títulos de discutible calidez. Ciertos planos, pequeñas ideas, lo medido y sugerente de ciertos momentos, terminan por ser el soporte de aquellos filmes menos favorecidos por un sentido artístico. Es el caso de este pequeño, en todos sentidos, filme de Agresti.

Mister Arkadin

Título: Valentín
Título Original: Valentín
País y año: España , 2002
Género: Drama
Dirección: Juan Luis Iborra.

Interpretes: Alberto San Juan. Iñaki Font. David Selvas. Lola Cardona. Mercè Pons. Armando del Río. Roberto Álamo. Elisa Matilla. Jorge Bosch. Lluís Homar.

Guión: Juan Luis Iborra.

Música: Dani Fontrodona.

Montaje: Antonio Pérez Reina.

Distribuidora: Nirvana FilmsNirvana Films

Calificación: No recomendado menores de 7 años.

 

 

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