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No
tendría el más mínimo sentido perder el tiempo elaborando una crítica
sobre esta innecesaria, aburrida y larguísima segunda parte si no fuera
porque sus virtudes (que alguna debe tener, digo yo) y sus defectos (que
los tiene, de eso soy testigo) sirven de paradigma de la situación que
atraviesa el actual “cine comercial” norteamericano.
Cuando
el año pasado por estas fechas veíamos en todo el mundo casi simultáneamente
Harry Potter y la piedra filosofal ya sabíamos que iba a tener con
toda seguridad una segunda parte que, curiosamente, se estaba rodando
mientras se estrenaba la primera entrega. Si lo comparamos, por ejemplo,
con las dificultades de Martín Scorsese para poder estrenar su versión
completa de Gangs of New York y no una versión mutilada por el
productor Harvey “Manostijeras” Weinstein, este mecanismo de producción
permite comprobar hasta qué punto la industria del cine está en manos de
un grupo de ejecutivos cobardes, miserables y que sólo apuestan por lo
que ellos consideran un pelotazo seguro: hoy sólo se invierte en crear
franquicias, o sea, títulos que puedan tener sucesivas secuelas anual o
bianualmente para engrosar las arcas de su productora. Pero nadie se
arriesga con un título mínimamente original.
Es
más. Las segundas partes han de ser un calco de la primera, pero
aumentando la dosis de acción/aventura/terror/humor (táchese lo que no
proceda) consiguiendo de este modo que lo que tenía un cierto interés en
la primera entrega se convierta en una marca de fábrica que se repite
hasta la saciedad.
Así,
si en la primera entrega teníamos un partido de “quidditch” aquí se
repite y, según su director, con “mejores efectos especiales”.
Quizá sean mejores. Pero son absolutamente innecesarios, como toda la
escena, que aparece insertada con calzador en cualquier momento del
metraje, sin venir a cuento. Si en la primera entrega había clases de
magia, vuelos, aprendizajes de magos, entrega de premios a los elegidos...
aquí todo ello se multiplica, se alarga hasta la extenuación.
Y esto
del “alargamiento” acaba siendo de lo más lamentable de la película.
Si en la primera entrega debíamos conocer a los protagonistas de lo que
será una exitosa serie y presentarlos costaba su tiempo, aquí no hay
ninguna necesidad de ello, por lo que la trama principal puede empezar
desde el principio... ¡y la película dura más de 160 minutos!. ¿Dónde
están aquellas pelis de aventuras que en hora y media contaban todo lo
que era preciso, prescindiendo del resto, por muy espectacular que fuera?
Hemos
leído declaraciones de un satisfecho Chris Columbus y críticas elogiosas
en distintos medios. Hoy uno no puede tomarse demasiado en serio esas
“gacetillas” (llamarlas críticas no responde a sus auténticas
pretensiones), normalmente porque las revistas y periódicos donde se
publican pertenecen a grandes grupos de comunicación con intereses en la
producción, la distribución o la exhibición cinematográfica, cuando no
en todas ellas a la vez. Pedirle a una publicación del grupo Prisa que
critique duramente un título distribuido por Warner-Sogefilms (también
del grupo Prisa) parece hoy por hoy una tarea ardua. Pero no es el único
caso, la pertenencia a un grupo de comunicación es la norma y, por tanto,
la gacetilla ha acabado siendo la lectura que habitualmente podemos
encontrar en muchas publicaciones.
Pero
no es de los críticos de quienes queremos hablar, sino de la película.
Resulta curioso comprobar cómo a esa repetición multiplicada de los
elementos “que funcionaban” en la primera parte se une casi
invariablemente una falta de decisión cada vez más alarmante. En Harry
Potter y la cámara secreta hay que destacar, sobre todo, la parte
final, donde se suceden hasta tres larguísimos finales absolutamente
innecesarios: el primer final, el auténtico, tiene lugar tras una batalla
espectacular con esa serpiente digital que deja petrificados a quienes la
miran (dejemos a un lado las alusiones mitológicas: son otra forma de añadir
guiños al espectador), aunque uno hubiese preferido que de haber
alusiones se hubiesen basado en el “síndrome de Lot” y los
espectadores que miren la pantalla queden todos convertidos en estatuas de
sal, quizá así las colas fueran menores.
Hay
un segundo final, en el cual Harry Potter no sólo desenmascara al malo
oculto, sino que, en un alarde de generosidad sin límites, concede la
libertad a Dobby el elfo, un lamentable animalito digital que, por
momentos, puede hacernos añorar aquel insoportable personaje digital del Episodio
I de George Lucas. Generoso que es el chico.
Queda
un tercer final porque, no contentos con mostrarnos sus habilidades (por
cierto, el tal primogénito de la señora Potter es un torpe de cuidado,
de hecho la mayoría de sus triunfos son a costa de los demás, no por sus
propios méritos) director y guionista quieren obsequiarnos con su
“merecida recompensa”, por lo que asistimos a otra larguísima escena
de bienes y parabienes a nuestro joven mago, escena sólo destinada a que
los personajes de la pantalla aplaudan sus andanzas y, por simpatía
popular, el público de la sala haga lo propio. Puestas así las cosas, no
cabe duda de quién es el mejor, el más popular, el más preparado... el
elegido.
Son
escenas largas, finales innecesarios e insoportables. Pero eso no es lo
peor. Lo peor se esconde tras esa última afirmación: “el elegido”.
Porque si algo insinuaba la primera parte era un cierto tufillo racista
que en esta segunda entrega adquiere un protagonismo especial: la trama
gira en torno al interés de uno de los fundadores de la Escuela Hogwarts,
quien pretende que sólo los magos auténticos puedan estudiar allí, o
sea, que quienes tienen la sangre contaminada por ser hijos de un mago y
un humano, esos, que abandonen la escuela.
Que
a lo largo de la película el público más joven asista a alevosos
discursos acerca de la pureza de la sangre, la autenticidad de la raza de
magos y desmadres fascistas semejantes acaban convirtiendo Harry Potter
y la cámara secreta en un peligroso discurso de tintes neonazis y eso
debería hacernos reflexionar antes de abandonar a nuestros hijos
alegremente ante tales mensajes lanzados, para colmo de males, sin ningún
atisbo de vergüenza, con absoluta desfachatez.
Que
en mitad de este panorama de ideología cercana al fascismo los efectos
especiales sean de primera, francamente, ¿a quién puede importarle,
excepto a los maravillosos técnicos que los han hecho posibles?
Mr.
Kaplan
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HARRY
POTTER Y LA CÁMARA SECRETA
Título
Original:
Harry Potter and the Chamber of Secrets
País y Año:
EE.UU., España, 2002
Género:
Aventuras
Dirección:
Chris Columbus
Guión:
Steve Kloves
Producción:
Warner Bros.
Fotografía:
Roger Pratt
Música:
John Williams
Montaje:
Peter Honess
Intérpretes:
Daniel Radcliffe, Kenneth Branagh, John Cleese, Tom Felton, Bonnie Wright,
Harry Melling, David Bradley, Richard Griffiths, Jason Isaacs, Gemma Jones,
Julie Walters, Robbie Coltrane, Emma Watson, Fiona Shaw, Richard Harris
Distribuidora:
Warner Sogefilms
Calificación:
Todos los públicos
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