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He
aquí al pequeño de los Scott nuevamente en acción. Se le considera el
peor de la familia. Los honores se reservan para Ridley, director de esas
aparentes maravillas que son Blade
Runner o Alien. No sé por qué, pero nunca he podido “admirar” sus
bondades. Y esfuerzos (lo juro) he hecho para conseguirlo. Pero no lo he
conseguido. Siempre se me ha atragantado esta familia videoclipera.
Porque, sabido es, los dos hermanitos (¿serán siameses?) velaron sus
armas en el campo de los anuncios publicitarios. El mareo, que proporciona
la vorágine de sus películas, es buena prueba de ello. Agitación,
movimiento constante, planos insólitos, grúas y travellings sin ton ni
son, multiplicación (caótica) de planos para contar cualquier (aunque
sea reposado) momento son algunas de las lindezas de los dos “hermanos
Scott”.
El
renqueante Tony, siempre a la zaga de Ridley, es el más plano. Quiero
decir que sus películas no saltan del éxito o de la veneración (de la
crítica o del público) como le ocurre al primogénito (¿o son más
hermanos?). Éste es capaz de pasar de lo mejor (según dicen las buenas
lenguas) a lo peor. Sí, porque aunque se defienda el Alien
viscosito o el replicante bergmaniano o incluso a las hermanadas
mujeres en su viaje a una muerte liberadora (Thelma
y Louise), es muy difícil admitir sus expediciones marinas o, en la
misma línea, los viajes (insoportables) de un Colón de opereta por citar
dos casos del (para mi) el incomprensible “duelista”.
Tony,
pues eso, da de si lo que sus historias, y guiones más o menos apañaditos,
pueden dar. Al menos, ahora, sus películas parecen ser algo más que una
sucesión de gratuitas imágenes como ocurría en aquel plomizo (y
primerizo) El ansia (y, para perseverar nuestra salud mental, no diremos nada
del “patrioterillo” Top Gun).
En sus últimas películas existe (o se desea que exista) una historia o
al menos (en caso que no exista) mucha acción. Es la manera de esconder
la gratuidad de lo que vemos. Igualito ocurre ahora en esos espías
retozones.
Una
primera secuencia muy agitada nos lleva a un posterior juego repleto de flash-backs. El reposo (imposible ante tanto cambio de plano) vendría
en los interludios de los recuerdos: discusiones (intrigantes) de café en
el (nada menos) cerrado y sacrosanto edificio de la CIA. Allí se
“juega” a política mientras que Redford trata de salvar de la maldad
amarilla a su amigo y discípulo Pitt.
Redford
debió recordar sus tiempos de espía perseguido en la curiosa Los
tres días del cóndor (Sydney Pollack). Ahora es un espía (el tiempo
no pasa en balde) a punto de jubilarse. La historia se desarrolla en
aproximadamente 24 horas de su vida. La película (ahí es nada) abarca un
espacio de tiempo que va desde la guerra del Vietnam hasta el mismísimo
hoy. Para que nadie olvide la historia (en minúscula microscópica) los
hechos de los flash-backs nos trasladan a las guerras (es decir todas) de espías
en las que se han visto involucrados la muchachada de las barras y
estrellas. Apunten: Vietnam, Alemania del Este, Líbano, China...
Al final
a uno le queda la sensación de que han “jugado” con él. La taimada
historia del espía “ciático” resulta que no era más que una rendida
proclama amorosa. No podía ser menos cuando fue reclutado y adiestrado
por el bueno de Redford.
Los dos
amigos (casi padre e hijo) se lo deben haber pasado muy bien rodando
juntos. Pitt recordará que fue Redford quien le dio la gran oportunidad
de su vida en El río de la vida. Una de las razones (“es mío el invento, mío”,
parece decir el director del filme citado) por las que trata de salvar a
su rendido discípulo.
Lo
de menos en la película es lo que se cuenta (no es nada), ni la gratuidad
de ciertas secuencias (esa conversación de los dos protagonistas en un ático
con movimientos aéreos de cámara) o la abundancia de (inútiles) planos,
porque todo está en función de un (simple) brillante espectáculo.
Envuelto además en papeles de múltiples colores. Un engaño, vamos, pero
dado de manera fácilmente asimilable. Lo suficiente para que no se sienta
que todo el filme es simple, ingenuo e ilógico desde un punto narrativo.
Insisto
que hay que estar en guardia para tratar de entender todas las necedades
que ocurren. Finalmente comprendemos que no importa comprenderlas o no. Ahí
radica su encanto y su diversión. Al contrario descubriríamos lo nimio
de esta azulada (el color dominante) película.
¿Y que
pinta el señor Redford en esta historia? Se sabe que él, muy liberal, sólo
actúa en productos políticamente incorrectos, pero sin pasarse. Pues
eso, aquí se tira de las orejas (blanditamente) a la CIA y su santa madre
y se muestran algunos de sus peligrosos (y tebeísticos) juegos.
Ni de
huida, ni de aplauso. Spy game es,
simplemente, un kleenex: usar y
tirar. Pero ¿por qué cualquier filme actual, venga o no venga a cuento,
tiene que durar tanto.
Mister Arkadin
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SPY
GAME
Título
Original:
Spy Game
País y Año:
EE.UU., 2001
Género:
ACCIÓN
Dirección:
Tony Scott
Guión:
Michael Frost Beckner, David Arata
Producción:
Beacon Communications LLC, Red Wagon
Entertainment, Zaltman Film
Fotografía:
Daniel Mindel
Música:
Harry Gregson-Williams
Montaje:
Christian Wagner
Intérpretes:
Robert Redford, Brad Pitt, Catherine
McCormack
Distribuidora:
Lauren Films
Calificación:
No recomendado menores de 13 años
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