TIEMPO
DE RODAJE
(A
propósito de Octavia, de Basilio Martín Patino)
Por
Adolfo
Bellido
Bajo
el frío de un imprevisible noviembre, terminó en Salamanca el rodaje de Octavia.
Lo del frío, que se lo pregunten a Menh Wai/Octavia teniendo que envolver
su desnudez, como una Lady Godiva cualquiera montada en su caballo blanco,
en una capa salmantina entre toma y toma. Eran las cuatro de la tarde de
un día frío y con sol cuando hacía su aparición la moderna Godiva. No
eran muchos los salmantinos que en aquella hora estaban en la Plaza Mayor,
quizás en su mayoría, hasta ese instante, ajenos a la sorprendente
aparición. Había que evitar repetir las tomas. El sol se iría muy
pronto. La policía municipal siempre expectante, estaba (a distancia)
cuidando el rodaje (no se debe olvidar que la película está pagada, en
gran parte, por el consorcio creado para hacer efectivos los actos de
Salamanca, Ciudad cultural, 2002). Más de una cámara posibilitarán
tomas de ángulos distintos: diferentes enclaves para captar lo que ocurría
en la hermosísima Plaza Mayor salmantina. La escena era uno de los
grandes retos de esta producción, que día a día, casi con total
puntualidad, ha ido adecuándose a su previsto plan de rodaje.
Miguel
Ángel Solá, Margarita Lozano y Antonia San Juan han sido unos
salmantinos más, aunque especiales, durante el rodaje, junto, claro, a
los técnicos. Los otros actores y actrices, desde Aurora Bautista hasta
Paul Naschy, han ejercido su categoría de notables transeúntes marchando
y volviendo a medida que se necesita, o no, su presencia. El cantautor
Sisa queriendo ocultar, sin conseguirlo, su acento catalán volvería
después de su intervención durante los primeros días de septiembre
(hecho que ya indicamos en la crónica del rodaje en el anterior Encadenados). Probablemente volvería a visitar el mismo sitio
(u otro distinto), recomendado por el periodista Nacho Francia, donde
saboreó un excelente “tostón” (para los que desconozcan el término
les diremos que es el nombre que se da en Salamanca al cochinillo), aunque
desgraciadamente no regado (no bebe) con el buen vino de Toro, uno de los
preferidos de Patino. Quizá Sisa, en sus posteriores tomas,
continuaciones de las de aquel día de octubre, habrá puesto la misma
entonación especial, al rodar, para expresar ciertas “sabrosas”
palabras, como aquel inolvidable “mayestático” que por misterios de la técnica desapareció de mi
crónica anterior. Solamente quedó algo así como “el engolado decir de
Sisa de palabras s”. Y que, a pesar del crucigrama que parecía encerrar
el texto, no se referían a palabras procaces y sí a una increíble
evaporación de la citada palabra en el texto final. La cual, para mayor
sorpresa, sí estaba en el original.
Los
tres intérpretes principales se han convertido, pues, en salmantinos
encantadores, demostrando, además, sus buenas cualidades actorales.
Margarita, siempre amable, regalando sonrisas y tranquilidad a su
alrededor: “mayestáticos” desplazamientos de la Doña por edificios y
lugares repletos de historia, de belleza. Antonia San Juan, nada diva,
tratando de que se olviden otras historias (o leyendas) que persiguen a su
persona. Inmensa en su papel. Y el monstruo Solá (y su mujer, Blanca
Oteyza, que también intervenía, aunque poco, combinando sus estancias a
la ciudad junto a su compañero con sus rápidas idas a su residencia
habitual para poder estar al tanto de sus hijas) superando su acento
argentino, rapándose diariamente la mitad de su cabeza para
“envejecer” un poco al personaje que interpreta: dando siempre una
lección de profesionalidad, llegando, incluso, a superar más de un
conato gripal. Normal con ese tiempo frío, ventoso, lluvioso...
En
el rodaje el compañerismo, la amistad, ha sido la tónica dominante. El
cansancio de las largas horas de rodaje diario se han compensado con alegría,
cuchipandas, celebraciones (los diversos cumpleaños, o santos, cumplido
durante los días del rodaje, incluido el de Patino), los asuetos o paseos
en los que, como no podía ser de otra manera, se ha hablado de cine en
general o de la película en particular.
Truffaut
decía que el rodar era una fiesta. Se podría añadir que con las lógicas
tensiones que deben superarse a diario. En este rodaje las ha habido.
También momentos difíciles, historias de “películas”,
“comidillas”... Muy a tono, todo con una no demasiado gran ciudad,
como es esta Salamanca, que ha cobijado bajo su cielo, junto a algunos de
sus alrededores, en su totalidad el rodaje. La superación de todos los
pequeños inconvenientes se ha logrado gracias a presencia de un equipo
formado por personas hermanadas por un trabajo, una finalidad. Amistad, en
fin, de personas diversas extendido más allá de las horas del rodaje.
Alegrías y conformidades. Cenas de celebración, regalos por el trabajo
bien hecho.
Entre
las muchas cosas memorables del dilatado rodaje destacaría dos días de
rodaje: el del emblemático “comedor” existente en un paraje cercano a
la ciudad y el del funeral de Octavia. Hablemos de ambos momentos.
El
comedor-restaurante de La Rat es uno de los míticos sitios a los que hay
que desplazarse para comer (y beber) los productos de la tierra. En
principio no se pensó rodar en aquel lugar la comida-celebración del
protagonista (recién llegado a la ciudad después de haber pasado muchos
años fuera de ella) acompañado de algunos de sus antiguos amigos. La razón
de decidirse por ese sitio, se debió a que Patino supo que La Rat iba a
tener que cerrar de forma obligada. Lo exigía el progreso (?): la autovía
iba a pasar exactamente por el lugar donde está enclavado el tradicional
establecimiento. Al rodar allí la secuencia, Patino “salvó” el local
para la posteridad. En el juego ficción-documento que es el cine de
Patino, colocó a Solá (¿desdoblamiento del propio realizador?) junto a
determinadas “fuerzas” salmantinas “reales” (escritores, poetas,
animadores de la vida cultural en la ciudad), que “conservan” sus
verdaderos nombres. Gente conocida en la ciudad, de la generación de
Patino, seguidores de sus andanzas y trasiegos de juventud por la ciudad
querida y odiada (la de ficción y la real). Una desaparición, la de La
Rat, que presagia nuevas desapariciones más o menos cercanas en el
tiempo. La historia hecha leyenda.
El
segundo momento, casi mágico, tuvo lugar en medio del campo charro
(testificado entre otras personas por Teresa, la pequeña hija de Patino,
que interpreta en la película... a la pequeña hija de Solá) en la mañana
de un sábado de mediados de noviembre. Se rodaba el funeral de Octavia.
El rodaje era, más concretamente, en el casi destruido palacete de “El
cuartón de Traguntia” cerca de Vitigudino.
Allí estaban, acompañados de las encinas, todos “los
familiares”. Juntos asistían a la muerte (simbólica y real) de toda
una historia, una época. La destrucción, en definitiva, de unas
determinadas señas de identidad. Sobre todos ellos, en tan trágico
momento, se elevaba una voz majestuosa: Teresa Berganza en persona cantaba
en ese instante el “Stabat Mater” de Pergolesi, la única música que
suena insistentemente en la película, con parecida finalidad/referencia
cultural a la que poseían las palabras del “Hyperion” de Hölderlin
en Los paraísos perdidos. Lo
estático de los asistentes, la prodigiosa voz de la cantante se encerraba
en el maravilloso cuadro de una nevada. Sí, nevaba realmente aquel día
sobre el campo charro, dejando su blancura sobre el suelo, las encinas.
Patino había conseguido su deseo. Muchas veces había hablado de lo bien
que quedaría la secuencia si nevase (y, como contraste de color, sobre el
féretro la madre de Octavia, Antonia San Juan, depositaba una rosa roja).
La nieve accedió a la petición y cayó justamente (y únicamente durante
ese mes) el día que desde hace tiempo estaba previsto el rodaje de la
escena. Un entierro por su concepto/idea que lleva a recordar el de Marco
Aurelio en La caída del Imperio
Romano de Anthony Mann. Allá, como correspondía a un mastodóntico
filme, la nieve cayó realmente, en una gran tormenta, en la sierra de
Guadarrama. Aquí, modesta producción comparada con la de Broston, caía
suavemente, recordando, simplemente, que quiere estar presente en el
sentido acto, para prestar su bella capa a la foto de López Linares.
Anécdotas
múltiples (ese móvil de Nacho Francia que a veces “paralizó” la
toma; quienes
exigían la firma de un documento que acreditara que en una capilla de la
catedral Vieja de Salamanca no se iba a rodar nada pornográfico...) van
quedando atrás, algunas podían dar lugar a una nueva película: cada
rodaje, independiente de su making-of,
es generadora de nuevas narraciones. Todo, en si, es historia. Como lo es
la de alguien de la familia de los Maldonado y los Lys: realmente “clásicas”
familias salmantina de abolengo. En la película se cuentan cosas,
verdaderas, del pasado: el enfrentamiento de las familias salmantinas, la
ejecución de Villalar, los sepulcros diseminados por diversas capillas de
la ciudad... que regresa a Salamanca para dar una conferencia, y que
decide finalmente quedarse (una historia que a lo mejor tiene que ver
mucho con la del propio Basilio). Decadencia de familias, lo nuevo y lo
viejo, el paso del tiempo, la soledad y la muerte, la cultura y la
belleza, las mentiras y el desencanto. De todo eso habla el guión (y por
tanto la película) de Patino en una vuelta a su anterior obra. Uno de los
oficiantes de esta historia es Batanero, que interpreta a Lorenzo, aquel
joven insatisfecho del primer largometraje del director, Nueve
cartas a Berta, que también testificaba su aburguesamiento de una
secuencia de Los paraísos perdidos (en
realidad se puede decir que el personaje de la mujer protagonista de aquel
filme era una Berta recién llegada del extranjero).
En
junio, como uno de los actos centrales de Salamanca 2001, está previsto
que Octavia, o esos “borrachos
como dioses” del subtítulo, se estrene en la ciudad. Habrá entonces
que volver sobre la nueva película de Patino y comprobar como de momento
(aunque él dice que es de forma definitiva) el buen director salmantino
cierra, en su “ciudad”, un círculo artístico.
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