Sin perdón
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Código desconocido

En la línea de fragmentación y atomización de los relatos que parece adoptar el cine de hoy, Michael Haneke, el dramaturgo y cineasta austriaco. nos presenta este Código desconocido, dando escaso respiro a la exquisita brutalidad con que suele exponer cinematográficamente su obra. Porque si bien este filme no deja de ser desesperanzado y lleno de hondo pesimismo, al menos no es tan brutalmente duro como su anterior Funny games y como su posterior y recién presentada en Cannes, El pianista

No conozco su filme  Setenta y un fragmentos de una cronología del azar, al que dicen que se parece este Código desconocido. Haneke ha querido una vez más, dentro de la nada piadosa lucidez de análisis de la sociedad en que vivimos, diseccionar este mundo y esta cultura europea en la que con cierta jactancia nos enorgullecemos vivir: países del bienestar social, del consumismo inútil, del individualismo feroz, que nos conducen inexorablemente a la incomunicación, al más terrible silencio del corazón: la realidad de la vida, su rostro verdadero se nos oculta porque hemos perdido el código de significación de los hechos. Vivir uno junto a otro, separados por el muro de la incomunicación: ese es nuestro destino. 

De ahí que la apertura y cierre de este filme que comento sean tan decididamente significativos en orden a indicar la imposibilidad de comunicación de las personas: al principio y al final, una niña delante de una pared blanca, con gestos y mimo, intenta comunicar algo a sus compañeros también sordomudos que no consiguen acertar lo que quiere expresar. La clave de esta impotencia de desconocer el código de comunicación la da después de los títulos de crédito: “Código desconocido: Relatos incompletos de unos viajes inacabados” con una escena que guarda simetría con la penúltima secuencia del filme: un joven negro intenta defender la dignidad de una mendiga que ha sido insultada por un adolescente blanco; consigue lo contrario: la mendiga sin papeles es devuelta a su país de origen. En la penúltima secuencia, en un vagón de metro una de las protagonistas, ante el miedo y la indiferencia de los  demás viajeros, es asediada, insultada y vejada por un adolescente negro. La mínima ayuda que recibe al final –la asustada reacción de un viajero-, totalmente insuficiente, es el único e ineficaz débil rayo de esperanza que brilla en la película. 

Los demás momentos de Código desconocido, que cuenta varias historias de personajes que tiene alguna relación entre ellos, se van sucediendo formando el conjunto de un puzzle cuyo dibujo final es complemente indescifrable porque falta la clave de ese código inescrutable por una sociedad que ha perdido todos los referentes éticos, sociales, religiosos y políticos. 

Enormemente se agradece la certera puesta en escena del filme de Haneke, donde se subraya la inmensa soledad en al que vivimos y acierta inmediatamente al poner el dedo en la llaga de los males sociales con los cómodamente  vivimos instalados: fascismo cotidiano, insolidaridad urbana, ruptura generacional, crisis familiar. 

Pese a lo ingrato que supone enfrentarse a las desesperanzadas imágenes de este filme y pese al esfuerzo de reflexión que este cine comporta, uno agradece que todavía queden cineastas que ponen el arte del cine, tan devaluado y a veces denostado, al servicio de un un discurso coherente, critico y personal como hace Michael Haneke, quizá un director que puede recordar a Bergman por su compromiso con la realidad y también por su puesta en escena con influencia teatral (a fin de cuentas Haneke es sobre todo hombre de teatro). 

José Luis Barrera             

Code Inconnu 

Nacionalidad: Francia, 2000. 

Dirección: Michael Haneke.

Guión: Michael Hanneke

Fotografía: Jürgen Jürgen. 

Producción: Alain Sarde, Marin Kartmitz.   

Intérpretes: Juliette Binoche, Thierry Neuvic, Sepp Bierblicher

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