Al límite es
una excelente película por su valentía y
asunción de riesgos en su lenguaje innovador y
también por su propuesta de fondo: el individuo
abrumado por la sociedad en sus facetas más
repudiables. Ese lado oscuro de la sociedad está
representado en el film por las calles de Nueva
York. Unas noches sórdidas envueltas por la
negrura de los desheredados de la fortuna. El
argumento está basado en una novela de Joel
Connelly en la que narra sus propias experiencias
como enfermero de primeros auxilios de un
hospital público en Nueva York. El personaje
principal, un hombre pacífico que trabaja
rodeado de moribundos, perdedores, inmigrantes
ilegales, drogadictos y sus explotadores, vive
una crisis existencial que se refleja en sus
vivencias durante unas pocas horas (tres noches y
dos días), en las que parece llegar al límite
de sus fuerzas para seguir luchando por la vida.
No encuentra respuestas a lo que le rodea.
La situación anímica de este enfermero
encarnado de manera convincente por Nicolas Cage,
está muy bien dibujada en el guión escrito por
Paul Schrader, de manera que las convicciones
religiosas, familiares y sociales afloran como
factores de culpabilidad ante la imposibilidad a
la que el personaje del enfermero debe
enfrentarte: tratar de salvar a los enfermos a
los que atiende en un servicio de urgencias, pero
que inexorablemente pierde. A esto se une la
incomprensión que encuentra en sus compañeros
de la ambulancia de urgencias, con los que
recorre las calles de la "cocina del
infierno", en una ciudad de Nueva York de
principios de los noventa. Con la apariencia de
unos "patrulleros de la noche", cuya
ambulancia acude al rescate de ciudadanos en
situaciones límite (infartos, violencia
doméstica, partos problemáticos), los
enfermeros reflejan en sus comportamientos la
incomprensión que genera la vida por sí misma.
John Goodman, Ving Rhames y Tom Sizemore son los
tres compañeros de Cage en las tres noches de
servicio en las que transcurre la historia. Cada
uno representa un estilo de persona que busca sus
propias salidas y justificaciones a su
existencia. El contrapunto de una historia tan
sórdida, lo encontramos en una peculiar
relación entre Cage y una drogadicta (Patricia
Arquette) a la que conoce cuando acude a su casa
para atender a un anciano -el padre de ella-, que
ha sufrido un infarto. Esta mujer, angustiada por
la suerte de su padre, va a representar para el
protagonista una pequeña luz de esperanza, que
justifique seguir viviendo.
La amplitud de matices de la
película de Scorsese es contrastable por la
presencia de un extraño sentido del humor que
aflora por algunos resquicios de una historia
dura e inmisericorde. Así, la relación de Frank
(Nicolas Cage) con su jefe; los comportamientos
producidos en la zona de urgencias del hospital,
o el tratamiento surrealista de la secuencia en
la que el enfermero acude a rescatar al personaje
de Patricia Arquette del mismísimo infierno.
También debe destacarse la contribución de la
música del film (Jim Morrison, REM, Nirvana), a
la hora de crear las atmósferas y los puntos de
tensión que se suceden con una intensidad
difícil de digerir para el espectador.
La consustancialidad de la
violencia con la naturaleza humana, tesis por la
que apuestan tanto Sánchez Ferlosio como Martín
Scorsese, parece estar apoyada en los propios
límites del individuo, no tanto físicos como
espirituales, pero también por los modelos de
sociedad en los que nos desenvolvemos. Aquí las
grandes instituciones como el Estado, la Iglesia,
el capitalismo o sus sucedáneos aparecen
señalados con bastante precisión. De nuevo debe
señalarse la aportación del guionista Paul
Schrader, cuyas visiones sociales y religiosas
son detectables en las diferentes colaboraciones
con Scorsese: Taxi Driver (1976), Toro salvaje
(1980) y La última tentación de Cristo (1988).
Tanto como en sus propios trabajos como director:
El placer los extraños (1990) o Posibilidad de
escape (1992).
Como afirma Sánchez Ferlosio, habría que ir
haciéndose a la idea de que las cosas más
terribles y cruentas entre hombres pueden carecer
totalmente de profundidad, venir de las
circunstancias más banales, ser pura mímesis
superficial de estereotipos más o menos
difundidos, de modelos prestigiosos hábilmente
publicitados y fácilmente accesibles a la
imitación. (Obra citada, pág. 59).
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