EL VALOR DEL CINE por Juan de Pablos

Una coincidencia ha hecho posible que en el breve espacio de unos días hayan llegado hasta mí, dos propuestas que me han aportado grandes satisfacciones (estamos hablando de cultura). Me refiero en primer lugar a un excelente libro, cuya lectura recomiendo vivamente. Se trata de la última publicación de Rafael Sánchez Ferlosio, un libro de ensayos titulado El alma y la vergüenza (Destino). Y en otro registro, la película del director italoamericano Martín Scorsese Bringing out the dead (Resucitando a los muertos), que en España se ha distribuido con el título de Al límite. El texto de Sánchez Ferlosio aborda en el ensayo que da título al libro, una esclarecedora reflexión sobre la violencia. Repasa sus diferentes formas, manifestaciones, la agresión que supone la imposición de modelos de comportamiento, de modas, la violencia en los gestos, en las actitudes. Y la película de Scorsese, en coherencia, con su muy estimable filmografía, sitúa en este su último trabajo la violencia social como objeto de su análisis.

Al límite es una excelente película por su valentía y asunción de riesgos en su lenguaje innovador y también por su propuesta de fondo: el individuo abrumado por la sociedad en sus facetas más repudiables. Ese lado oscuro de la sociedad está representado en el film por las calles de Nueva York. Unas noches sórdidas envueltas por la negrura de los desheredados de la fortuna. El argumento está basado en una novela de Joel Connelly en la que narra sus propias experiencias como enfermero de primeros auxilios de un hospital público en Nueva York. El personaje principal, un hombre pacífico que trabaja rodeado de moribundos, perdedores, inmigrantes ilegales, drogadictos y sus explotadores, vive una crisis existencial que se refleja en sus vivencias durante unas pocas horas (tres noches y dos días), en las que parece llegar al límite de sus fuerzas para seguir luchando por la vida. No encuentra respuestas a lo que le rodea.
 

La situación anímica de este enfermero encarnado de manera convincente por Nicolas Cage, está muy bien dibujada en el guión escrito por Paul Schrader, de manera que las convicciones religiosas, familiares y sociales afloran como factores de culpabilidad ante la imposibilidad a la que el personaje del enfermero debe enfrentarte: tratar de salvar a los enfermos a los que atiende en un servicio de urgencias, pero que inexorablemente pierde. A esto se une la incomprensión que encuentra en sus compañeros de la ambulancia de urgencias, con los que recorre las calles de la "cocina del infierno", en una ciudad de Nueva York de principios de los noventa. Con la apariencia de unos "patrulleros de la noche", cuya ambulancia acude al rescate de ciudadanos en situaciones límite (infartos, violencia doméstica, partos problemáticos), los enfermeros reflejan en sus comportamientos la incomprensión que genera la vida por sí misma. John Goodman, Ving Rhames y Tom Sizemore son los tres compañeros de Cage en las tres noches de servicio en las que transcurre la historia. Cada uno representa un estilo de persona que busca sus propias salidas y justificaciones a su existencia. El contrapunto de una historia tan sórdida, lo encontramos en una peculiar relación entre Cage y una drogadicta (Patricia Arquette) a la que conoce cuando acude a su casa para atender a un anciano -el padre de ella-, que ha sufrido un infarto. Esta mujer, angustiada por la suerte de su padre, va a representar para el protagonista una pequeña luz de esperanza, que justifique seguir viviendo.
 
 
 

La amplitud de matices de la película de Scorsese es contrastable por la presencia de un extraño sentido del humor que aflora por algunos resquicios de una historia dura e inmisericorde. Así, la relación de Frank (Nicolas Cage) con su jefe; los comportamientos producidos en la zona de urgencias del hospital, o el tratamiento surrealista de la secuencia en la que el enfermero acude a rescatar al personaje de Patricia Arquette del mismísimo infierno. También debe destacarse la contribución de la música del film (Jim Morrison, REM, Nirvana), a la hora de crear las atmósferas y los puntos de tensión que se suceden con una intensidad difícil de digerir para el espectador.
 
 
 

La consustancialidad de la violencia con la naturaleza humana, tesis por la que apuestan tanto Sánchez Ferlosio como Martín Scorsese, parece estar apoyada en los propios límites del individuo, no tanto físicos como espirituales, pero también por los modelos de sociedad en los que nos desenvolvemos. Aquí las grandes instituciones como el Estado, la Iglesia, el capitalismo o sus sucedáneos aparecen señalados con bastante precisión. De nuevo debe señalarse la aportación del guionista Paul Schrader, cuyas visiones sociales y religiosas son detectables en las diferentes colaboraciones con Scorsese: Taxi Driver (1976), Toro salvaje (1980) y La última tentación de Cristo (1988). Tanto como en sus propios trabajos como director: El placer los extraños (1990) o Posibilidad de escape (1992).
 
 
 

Como afirma Sánchez Ferlosio, habría que ir haciéndose a la idea de que las cosas más terribles y cruentas entre hombres pueden carecer totalmente de profundidad, venir de las circunstancias más banales, ser pura mímesis superficial de estereotipos más o menos difundidos, de modelos prestigiosos hábilmente publicitados y fácilmente accesibles a la imitación. (Obra citada, pág. 59).