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Rodando un guión
Escribe Daniela T. Montoya
No todas las películas (aunque sí la mayoría) se basan en un guión. Pero aún son menos las que exponen su elaboración de forma tan explícita como lo hace Cesc Gay en su último trabajo V.O.S.
Con ella, nos introducimos en la vida de cuatro amigos que, al mismo tiempo, son protagonistas y parte responsable del rodaje de una (otra) película. Cine dentro del cine. No es novedad, aunque sí novedoso en el panorama nacional. Hasta ahí, la incursión en lo metafílmico de Gay.
Tras los pasos de Allen
Si no fuera por Vicky Cristina Barcelona (2008), Gay podría ser el Woody Allen barcelonés. No en vano, la filmografía del director catalán guarda más de un paralelismo con la del neoyorquino, especialmente con las películas que hacía el siglo pasado.
Plagadas de urbanitas burgueses, sus idas y venidas sentimentales dan lugar a comedias en torno a las relaciones de pareja(s). Unas veces más serias, como ocurría con En la ciudad (2003), y otras estructuralmente más alocadas, como sería el caso de V.O.S. Pero en ambas, los protagonistas y las historias representadas son un modelo de independencia que per se gusta (y muy mucho) a parte de la abundante crítica catalana. Pero ahora no es el momento ni el lugar de debatir por qué cierta prensa cierra filas indiscriminadamente ante productos provinciales.
Allen (de nuevo), en Balas sobre Broadway (1994), se tomó la licencia de parodiar la industria del cine de estudios. Principalmente, la costumbre que tienen sus empresarios-productores de contratar directores de cine como si fueran obreros de manufacturas. En ella, Allen filmó con sarcasmo las desventuras de un director que, inoportunamente, padece una ceguera psicológica. Pero no nos confundamos. Esta película, sobre la temporal incapacidad visual del director protagonista, diverge de V.O.S. en subtema y tratamiento, aunque quizás no tanto en la forma de encarar su realización.
Soltarse la melena
Adaptación de la obra teatral de Carol López, con V.O.S. Gay quiere trasladar al cine las peculiaridades de las artes escénicas. Pero no para filmar una obra, como ocurría en los inicios del cinematógrafo, con cámara frontal estática. Sino para, literalmente, descomponer la representación.
V.O.S. entremezcla las historias de cuatro amigos que están rodando una película. Sin ruptura en la filmación, pasamos de ser espectadores del papel que interpretan en la película en que la que están trabajando, a hacernos cómplices de las divagaciones personales de esos mismos actores.
Todo rodado en un continum intencionado que pone en evidencia la tramoya de la ficción. Ficción que es doble, la de la película sobre cuyo rodaje discuten los actores y la de las dudas existenciales de sus intérpretes. Pero también ficción que se cruza con la realidad de un equipo de técnicos, un set de rodaje y, quizás, las mismas dudas que pueda tener Gay (como cualquier otro director) al planificar un rodaje, ese mismo que se corresponde con la filmación de V.O.S.
Visto así, V.O.S. puede sonar a divertimento. Pero, ni mucho menos, debe tomarse a la ligera. Aparenta ser liviana, aunque probablemente se deba a la fluidez que Gay logra insuflar a semejante experimento.
Porque, a pesar de que el peso dramático se aligere al distraer con los traspasos entre ficción narrativa y ficción fílmica, las pasiones que trae a colación no son precisamente banales. Como tampoco lo es el modelo de convivencia (sentimental, social) que muestra.
Así, como quien no quiere la cosa, V.O.S. aparca a un lado los modelos dogmáticos de familia (católica), se olvida de que la pluralidad lingüística (supuestamente) es fuente de confrontación, se salta a la torera las convenciones tradicionales de la diéresis y, por supuesto, no tiene ningún reparo en abordar los sentimientos desde la madurez.
Y, sin embargo, todo en conjunto no parece más que un divertimento de un director al que le gusta empaparse de cine. Será cosa de las apariencias, las representaciones y las ficciones...
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V.O.S. (3)








