El telediario de las 3
Queda ya lejos el tiempo en el que el cine tomaba África como un territorio inhóspito y al tiempo mítico en el que recuperar el gusto por la aventura. Un marco vicario en el que poder refundar, de la mano de un colonialismo casi siempre disculpado, el género por excelencia: el western.
También resulta ajena la nostalgia del paraíso perdido, el lugar donde descubrir un mundo sobre todo interior, y donde encontrar al otro despojado de las sucias adherencias que la sociedad occidental avanzada ha ido depositando sobre todos nosotros. África, paradójicamente, significaba la huida hacia nosotros mismos (Memorias de África...).
Nada de eso queda. El postcolonialismo, lejos de ser una liberación que sirviera de arranque hacia la prosperidad, ha producido el efecto contrario. África es destrucción, caos, sangre, violencia, odio, guerra. El paraíso se ha transformado en un infierno.
Una mujer de África (White material es su título original), primera película de la francesa Claire Denis estrenada en España, es un fiel exponente de esta nueva mirada hacia el continente negro. Una mirada que no surge de la nada, ni es una construcción a partir de retazos tomados aquí o allá, sino que viene avalada por la experiencia de la directora, quien ha vivido durante largos periodos en distintos países de África.
Aunque la sombra fundacional del colonialismo late al fondo, la película trata de huir de un maniqueísmo que reparta papeles con connotaciones morales entre blancos y negros. La violencia que inunda la pantalla afecta y emana indistintamente de unos y otros, por mucho que las distancias entre ambos grupos queden remarcadas. La más evidente es de índole económica, pero ésta queda trascendida y apela al modo de ser y de vivir, a los rasgos culturales y al modo de integrarse en el medio, como queda reflejado en la escena en la que Manuel deambula por le campo lastimándose los pies.
Sin embargo el rechazo del maniqueísmo al que aludimos no es óbice para que la película transite por otros lugares comunes, de esos que podríamos llamar de telediario, y que de un tiempo a esta parte diversas películas han venido recogiendo.
Se trata de la visión unidireccional que limita la comprensión de la realidad africana a los rasgos derivados de la guerra y la destrucción. Nos encontramos así con los ejércitos y las guerrillas, los niños soldados, la corrupción política, las extorsiones o la miseria, todos ellos elementos que, aunque tengan un firme arraigo en la realidad, se elevan a la categoría de nuevos tópicos que sustituyen a los antiguos. Al fin y al cabo no deja de ser la concepción real pero parcial de la que tanto se quejan los propios africanos, y que tan poco colabora a superar la situación en la que viven.

El tratamiento que esta realidad recibe en la película es deliberadamente abstracto. La directora renuncia a ofrecer anclajes geográficos o temporales precisos, construyendo un relato de corte casi impresionista, en el que los continuos saltos en el tiempo dificultan la cohesión de lo expuesto y acentúan el aspecto más sensorial de las imágenes. De este modo África se constituye en el contexto en el que se plasma la exhibición de la violencia y el horror, en un ejercicio que pretende conducir a las esencias, y el cual, a través de la carne abatida, busca descarnarse, inmaterializarse.
Pero son justamente estas pretensiones las que trazan los límites de la película. Poco a poco va cundiendo la sensación de vacío, de inanidad. Evoluciona tan poco el relato que acaba dando la impresión de que hay muy poco que contar, de que la película se sostiene agarrándose a reiteraciones y dilataciones injustificadas.
Algo parecido ocurre con los personajes. A fuerza de desdibujarlos se les trivializa. Su carácter arquetípico, ajeno a concreciones explícitas, desemboca en situaciones absurdas. El caso más paradigmático lo ofrece el hijo de la protagonista y su súbita conversión, ejemplo de sumisión a una idea aún a costa de transgredir los más elementales dictados de la coherencia dramática.

Incluso el personaje interpretado por Isabelle Huppert no llega a ser creíble, y no porque ella no ponga todo su empeño en lograrlo. Esa combinación de fortaleza e ingenuidad que se requiere no acaba de conjuntarse, y en lugar de enriquecer al personaje acaba tonándolo contradictorio e irreal.
Podríamos seguir apuntando otras incoherencias, como la travesía a través del infierno de la protagonista sin que le ocurra nada; otros cabos sueltos, como el del boxeador, la indefinición por antonomasia; o las confusas relaciones familiares que se nos presentan. Podríamos detenernos en una planificación enfática y cansina.
Se confirmaría así la lectura de una película más voluntarista que otra cosa, la cual, queriendo elevarse a dimensiones casi metafísicas, no consigue alzar el vuelo mucho más allá de un noticiario convencional.
Escribe Marcial Moreno
| Título | Una mujer en África |
| Título original | White material |
| Director | Claire Denis |
| País y año | Francia, 2009 |
| Duración | 100 minutos |
| Guión | Claire Denis |
| Fotografía | Yves Cape |
| Distribución | Golem Distribución |
| Intérpretes | Isabelle Huppert, Nicolas Duvauchelle, Isaach De Bankolé, William Nadylam |
| Fecha estreno | 01/07/2011 |
| Página web | http://www.whitematerial-lefilm.com |
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