UNA CIERTA VERDAD (3)

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Una cierta verdad
Título original: Una cierta verdad
País, año: España, 2008
Dirección: Abel García Roure
Producción: Pío Vernis
Guión: Abel García Roure
Fotografía: Diego Dussuel
Música: Ricardo Santander
Montaje: Sol López Riestra
Intérpretes: Documental
Duración: 136 minutos
Distribuidora:  Notro Films
Estreno: 8 mayo 2009
Página web:  http://www.notrofilms.com/index.asp?MP=2&MS=41&MN=2&id=413

Cine Doc. Made in BCN
Escribe Daniela T. Montoya

Las universidades catalanas Pompeu Fabra y Autónoma de Barcelona han demostrado su habilidad para hacer confluir docencia con empresa, proyectos con trabajo, ideas con resultadosLo tendría difícil Abel García Roure para negar su vinculación con el enclave de cine documental que se ha formado en Barcelona. Desde hace 10 años (quizás 15 desde que se empezaran a aunar esfuerzos), las universidades catalanas Pompeu Fabra y Autónoma de Barcelona han demostrado su habilidad para hacer confluir docencia con empresa, proyectos con trabajo, ideas con resultados.

Así lo atestigua la acogida que han tenido películas como En construcción (2001), El cielo gira (2003), La leyenda del tiempo (2005) o Nadar (2008). Capaces de proyectarse más allá de lo círculos cinéfilos, José Luis Guerin, Mercedes Álvarez, Isaki Lacuesta y Carla Subirana han logrado desembarcar en las salas comerciales. Y ello, a pesar de realizar un producto que no suele (¿solía?) despertar el interés de los distribuidores, a saber, los documentales.

La fórmula de estos autores no se constriñe al documental convencional (o, al menos, a la concepción estereotipada más extendida) consistente en plantar la cámara para observar algo que, explicado por la voz en off, pretende ser objetivo. Ni tampoco pretende ser expositivo, en el sentido de mostrar las evidencias visuales que confirmen una tesis previa. No, a todos ellos les mueve más el afán de explorar. Es decir, adentrarse en un aspecto de la vida sin saber a ciencia cierta a dónde llevará el camino. Los efectos que provoca la remodelación de un barrio entre sus vecinos, la agonizante despoblación de un pueblo soriano, los reflejos difusos de figuras míticas o seguir la pista de un pasado familiar silenciado son los ejes de las películas mencionadas más arriba. Distintos temas, pero una forma similar de abordarlos. No en vano, todos ellos tuvieron la suerte de tener a Joaquim Jordà como maestro. También Abel García Roure.

Básicamente, que lo que está por descubrir no se puede prever de antemano. Lo cual se traduce en una actitud expectante

Captando realidades

Una cierta verdad coincide con las estrategias de producción y realización de las películas citadas. Básicamente, que lo que está por descubrir no se puede prever de antemano. Lo cual se traduce en una actitud expectante. Y es precisamente esa espera, paciente a la vez que continua, la que favorece que las situaciones surjan con naturalidad.

Comentaba Laurent Cantet, con respecto a la realización de La clase (Entre les murs), que le había sorprendido la naturalidad con que los chavales actuaban ante las cámaras. Seguramente, opinaba el cineasta, por tratarse de una generación habituada a convivir y manejarse con ellas. Pero, aunque la película (europea) de éxito del pasado año sea una mirada muy realista sobre la vida en un instituto, no hay que olvidar que es una realidad ficcionalizada. Cantet seguía un esquema de rodaje, teniendo por guía el elaborado guión escrito con François Bégaudeau (autor de la novela homónima previa). Asimismo, durante el rodaje trabajó con la grabación simultánea de, al menos, dos cámaras que facilitan tener extenso material, incluyendo distintos puntos de vista, para hacer un montaje bastante dinámico. Lo cual, sumado a la toma de imágenes "al hombro", contribuía a retratar el estado de agitación de esos jóvenes hastiados de clases de lengua.

Porque la clave de Una cierta verdad no es generar la acción que capture la atención del espectador, sino disponer los medios para que los puntos de inflexión caigan por su propio pesoEn el polo opuesto, se sitúa la quietud contemplativa de García Roure. Porque la clave de Una cierta verdad no es generar la acción que capture la atención del espectador, sino disponer los medios para que los puntos de inflexión caigan por su propio peso. El trabajo, sin duda, es arduo.

Con un proyecto que se extiende a lo largo de dos años, difícilmente se puede contar con un amplio equipo técnico. Y es que, además, la reducción al mínimo de éste es la única forma viable de aproximarse a otras personas sin acongojarlas (o espantarlas) por la parafernalia de cámaras, cables, luces, micrófonos, etc. No hay que olvidar, además, que Una cierta verdad está rodada en un hospital y en la vivienda de alguno de los pacientes. Por ello, la facilidad de desplazamiento del equipo, y no tanto de las cámaras per se, es la condición sine qua non para hacer el seguimiento de proximidad de los sujetos de interés, sin que ello conlleve descuidar la composición y el tratamiento de la imagen (que no estamos ante un reportaje de televisión).

Agazapados, tras la puerta de la consulta, experimentamos las esperas habituales de los hospitales. O, desde la habitación de enfrente, estando entornada la puerta del paciente, oímos cómo el personal de enfermería realiza los chequeos diarios. Al inicio de Una cierta verdad no somos más que unos intrusos ignorantes. Deambulando entre los pasillos del Hospital Parc Taulí de Sabadell, entramos en contacto con los pacientes, sus familiares y el personal médico.

Abel García Roure es profesor de cine y ha tardado dos años en finalizar este documental

Tras los pasos del maestro, pero desde la ética

En las ciencias sociales es fundamental diferenciar los dos puntos de vista desde los que se pueden describir los comportamientos.

La implicación consciente de Jordà, en sus últimas investigaciones sobre las (dis)funciones cerebrales, determina su mirada émica sobre el tema. Hay que tener presente que su presencia en las películas no se debe a las ansias de protagonismo características del afamado Michael Moore. No, Jordà entra a formar parte del material fílmico porque él mismo es "material de estudio". Si en Mones com la Becky (Monos como Becky, 1999) incorporaba en el metraje fragmentos de la operación que sufrió tras un derrame cerebral, la película póstuma, Al otro lado del espejo (2006), continúa recogiendo, en paralelo con la historia de vida de Esther Chumillas, parte del tratamiento de rehabilitación que él mismo siguió. Por tanto, Jordà es al mismo tiempo director y sujeto participante. Esta condición es doblemente interesante ya que, además de enriquecer la lectura con una mirada que parte desde dentro, establece sólidos lazos de confianza basados en la empatía con quienes son en foco de interés. 

García Roure recurre a los especialistas médicos y asistentes sociales para que medien en el proceso de acercamiento y posterior comprensión de un tipo de enfermedad mentalEn cambio, García Roure no puede establecer ese diálogo de tú a tú. No porque no quiera, sino porque no tiene las "condiciones" para ello. De ahí, el punto de vista étic respecto a los pacientes que quiere entender.

La vía autoreflexiva por la que zigzagueaba Jordà queda limitada en Una cierta verdad. García Roure recurre a los especialistas médicos y asistentes sociales para que medien en el proceso de acercamiento y posterior comprensión de un tipo de enfermedad mental, a saber, las psicosis, asociadas a la esquizofrenia y la paranoia. De nuevo, al igual que en las películas mencionadas de Jordà, el objetivo es adentrarse en otras formas de percibir la realidad. Atender a explicaciones articuladas con todo el peso de la lógica, pero que resultan inverosímiles. He ahí el gran enigma de la esquizofrenia que, sin perder ni un ápice de las facultades lingüísticas, sin embargo, su percepción del mundo se ve alterada. Algo similar a lo que exponía Jordà respecto a las afasias visuales de Al otro lado del espejo en que, sin tener dañado los órganos de la vista, algún problema debe haber en las conexiones sinápticas ya que la recepción de los estímulos visuales queda distorsionada o se pierde totalmente.

Pero no nos despistemos. En Una cierta verdad se traza con claridad la línea que separa los mundos de la coherencia y de las alucinaciones. Lo cual, no tiene por qué ser un defecto. Porque, al contrario de Mones com la Becky, aquí no se trata de cuestionar el uso institucional de la locura, sino que se encuadra en un compromiso ético al querer desterrar los prejuicios sociales que envuelven a estos pacientes.

Aquí no se trata de cuestionar el uso institucional de la locura, sino que se encuadra en un compromiso ético al querer desterrar los prejuicios sociales que envuelven a estos pacientes