jueves 24 de mayo de 2012

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Un Dios salvaje (3)

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¿Civilizados? 

un-dios-salvaje-10Yasmina Reza es novelista, dramaturga, actriz, guionista y hasta se ha atrevido a dirigir una película, Chicas (2010), en la que por cierto trabaja Carmen Maura. O sea que es un personaje exitoso y de atura. Si no que se lo pregunten a la obra Art, que, por ejemplo, en la ciudad de Valencia se repone continuamente.

Está claro, pues, que la escritora francesa es comercial. Algo que sobre todo se debe a la originalidad de algunas de sus propuestas. Originalidad de entrada, pero poco más. Sus obras se estiran, se alargan paradas siempre en su buena idea de arranque.

Estamos ante una autora poco o mucho sobrevalorada, pero esa no es ahora la cuestión, sino centrarnos en la última película realizada por Polanski, que  supone un retroceso respecto a su inmediatamente anterior gran obra que fue El escritor.

Estamos ante una obra menor de un director que sabe lo que es rodar una película entre cuatro paredes ya se basen, o no, sus películas en obras teatrales.

Suya ha sido una de las adaptaciones de Macbeth, como también lo fue de La muerte y la doncella, pero sin provenir de obras teatrales varias de sus películas meten a los personajes en lugares cerrados como prolongación de sus estados mentales. O como forma de enfrentarlos mucho mejor. Es el caso de El quimérico inquilino, Repulsión e incluso, en gran parte, La semilla del diablo. Y aun mejor, tocando de forma ligera o profunda su último filme, habría que pensar en El cuchillo en el agua o en Cul de sac. Una forma de encerrar a los seres y de enfrentarlos a sí mismos o a los otros.

Probablemente una especie de prolongación de la propia realidad que le ha tocado —y le toca— vivir al realizador, en lucha contra sus demonios vivenciales, explicitados en casi toda su obra. Recuérdense, además de los títulos citados, Chinatown, Lunas de hiel o El pianista.

Un Dios salvaje no es pues un filme alejado temáticamente de su cine, donde el infierno aparece de forma más explícita que en los juegos cabalísticos de La novena puerta, la aparente mirada sarcástica sobre el vampirismo (El baile de los vampiros) o la alucinada narración subjetiva de la creída madre del diablo (La semilla del diablo). Y es que, como émulo sartriano, el infierno son los otros.

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De eso trata Un Dios salvaje: unos seres amables, civilizados, que de pronto se van a devorar entre ellos. No hay paz para nadie. Son todos contra uno o uno enfrentado a los demás. Un infierno provocado desde una situación de aparente normalidad. Donde nadie además puede romper la situación que les va encadenando hasta destruirles. Al menos desenterrando la idea de gente amable, civilizada, comprensiva. La cuestión es quién disparará primero el odio, la frustración, el rencor que han ido acumulando a lo largo de su vida junto a los otros.

Conocidos o desconocidos, da igual, nadie puede librarse.

Además, es imposible salir de la habitación en la que se encuentran encerrados quizá para siempre. Sobre el filme aletea el recuerdo de El ángel exterminador: unos seres que intentan decir adiós pero que nunca pueden marcharse hacía nunca lugar. Se encuentran atrapados.

Todo ello muy claro, incluso en el espejo que a lo largo de todo el filme refleja a los personajes y nos refleja a nosotros.

El problema es que la situación, una vez llegada la explosión, se repite en unos personajes además demasiado esquemáticos. Cada uno de ellos (dos matrimonios) representa claramente cuatro personajes típicos demasiado de una pieza. Sin sorpresas, sin ángulos que reflejen algo más que esa primera definición de lo que son o quiénes son.

Menos mal que Polanski, con buen criterio, ha reducido la película a poco más de hora y cuarto. No da para más. La repetición de los hechos ya está, y estaba, cerrada.

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Eso sí, Polanski ha querido imprimir a la obra teatral un cierto dinamismo, una manera de contar utilizando los elementos propios del cine: una cámara, una planificación, un montaje acorde con una determinada mirada. Es así como el nerviosismo de los personajes o su cambio de personajes civilizados a salvajes demonios (o, si se prefiere, a la aparición de los demonios interiores) se produce por medio tanto de un movimiento dado por una cámara inquieta siguiendo al personaje de Jodie Foster hacia la cocina o a la rapidez en la alternancia de los primeros planos de unos personajes a otros como punto esencial para propiciar su enfrentamiento.

Todo el filme, creo que ha quedado claro, transcurre en una habitación. En una habitación de la que (al menos ellos) no pueden escapar, tal es su encierro personal; sin embargo, el prólogo y el epílogo se desarrollan fuera de tal espacio: en un parque donde habitan los elementos que han propiciado el drama: los hijos de ambos matrimonios enfrentados por un momento en una agresión real. Una agresión (al comienzo) que concluye (en el excelente epílogo) con la amistad de los chicos generadores del drama. En realidad, no han sido más que el detonante que ha sacado a flote una situación insostenible, falsa.

En ese final, con la cámara situada en el parque, aparecerá hasta el hámster expulsado de la casa y presumiblemente devorado o aplastado por otros animales, que se siente feliz al aire libre, fuera de la jaula en la que se le tenía. El animal —como los chicos, como la gente que pasea— se siente libre, porque entre otras cosas saborea la libertad impedida por la jaula o la (falsa) civilización.

Escribe Mister Arkadin

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Título Un dios salvaje
Título original Carnage
Director Roman Polanski
País y año Francia, Alemania, Polonia y España, 2011
Duración 78 minutos
Guión Roman Polanski y Yasmina Reza
Fotografía Pawel Edelman
Música Alexandre Desplat
Distribución Alta Classics
Intérpretes Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz, John C. Reilly, Elvis Polanski, Eliot Berger
Fecha estreno 18/11/2011
Página web http://www.sonyclassics.com/carnage/

 

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