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Si el terrorismo es teatro, esto es un entremés
Escribe Ángel Vallejo
Este pretendidamente comprometido thriller sobre terrorismo global pudo haber sido más de lo que intuíamos si tras un arranque valiente no hubiera ido diluyéndose en una mera concatenación de persecuciones y disparos al uso.
Es cierto que no acostumbramos a oír de boca de los protagonistas frases tan lapidarias como que los traficantes de armas no hacen nada diferente a lo que los gobiernos que las exportan (al menos si nos dejamos llevar por los títulos del mainstream, exceptuando quizá la siempre interesante El señor de la guerra -2005- de Andrew Niccol), pero lo que podía situarnos en la pista de una película que denunciase el abuso de la doble moral y el cinismo patrióticos acaba por encontrar demasiados baches en el camino tan poco trillado de la denuncia sin paliativos ni cortapisas.
En este sentido, Traidor quiere mostrar una realidad que se aparta de las consignas maniqueas ya conocidas, pero no logra, como diría el personaje de Guy Pearce, poner el dedo en la llaga para conseguir la reacción esperada.
Buenas intenciones
Sí, hay reflexiones acertadas e incluso atrevidas, como aquella que nos presenta el terrorismo como una suerte de representación en la escena de la opinión pública (y todo el mundo debe saber que en esto de la escenografía no hay nadie mejor que los norteamericanos, que incluso colocan víctimas de atrezzo o ejecutan autoagresiones), pero no pasan de ser anecdóticas y carecen de la profundidad esperada.
El adecuado tratamiento que se hace de los terroristas de base, aquellos que creen en el sacrificio propio y ajeno porque han sido engañados en su buena fe, no basta para diseccionar moralmente un movimiento tan terrible y complejo como el nuevo terrorismo, que golpea sin discriminar y que no conoce fronteras ni clases sociales.
Quizá para ello hubiera de profundizarse algo más en esa abigarrada ciencia que es la geopolítica, pero así correríamos el riesgo de hacer cine independiente, adulto, complejo, y quizá productores como el también protagonista Don Cheadle no se arriesgarían a comprometer su fortuna en ello: hay que ser muy Clooney para hacer estas cosas, y además contar con la posibilidad de que tu película llegue a ser no ya vista, sino comprendida por un número mucho menor de espectadores. En ese sentido, podemos permitirle a Traidor la licencia de soslayarnos reflexiones sesudas sobre causas y consecuencias y dejarnos llevar por una realización más que correcta que no abusa de los planos quebrados, las secuencias aceleradas o la fotografía quemada, toda vez que no pueda eludir las consabidas persecuciones y explosiones que acaban convirtiéndola en un producto de consumo rápido pero digno.
La trama responde al clásico esquema del infiltrado, remozado con ciertos apuntes del agente doble y del traidor a la causa, en este caso, entre el amor a la patria, la fe y la propia conciencia. Es evidente que el crítico no puede siquiera sugerir los detalles de la misma sin incurrir en desvelamientos indeseados, aunque hasta el menos espabilado puede intuir que tales dilemas se encarnan en el personaje de Samir, correctamente interpretado por Don Cheadle. Guy Pearce se encarga de pasar desapercibido dando vida a un agente federal obsesionado con su presa, que además va acompañado del típico y torpe agente inexperto que en este caso interpreta Neal McDonough. Pero si hay alguien a quien podemos destacar en la faceta interpretativa es al encasillado lostie Saïd Tagmaoui, que promete depararnos buenos momentos interpretativos en el futuro si dejan de ofrecerle papeles de árabe de bigote recortado.
En resumen, una película bien llevada, sin alardes, aunque en ocasiones falta de pulso y tensión, circunstancia que podría haber conducido al desfallecimiento de un paciente espectador que, gracias a Alá, se recupera por momentos hasta llegar a disfrutar de un clímax medianamente sorprendente. Para pasar una tarde sin llegar a desconectar las neuronas.
