Viaje emocional
Cheyenne es una vieja gloria del rock que, a sus ya cumplidos cincuenta reside en Irlanda viviendo de las rentas de sus triunfos. A pesar de que su carrera finalizara hace más de 20 años, continua vistiendo y comportándose como la estrella que un día fue.
Su vida se ve sacudida con la muerte de su padre, con el que no mantenía contacto desde hace 30 años y del que descubre vivía obsesionado con encontrar a un nazi que se mofó de él en la Segunda Guerra Mundial. Tras enterarse de ello, Cheyenne se embarca en una aventura que le llevará por distintos lugares de la geografía americana.
El italiano Paolo Sorrentino se rodea de actores americanos para una película cuyo motor es el inimitable Sean Penn. Sorrentino dirige y escribe un filme de bella factura cuyos guiños al cine de Jim Jarmusch no son maquillados. La pasión que supura This must be the place en cada escena es incontestable. No es una historia de un rockero venido a menos, es la vida de una persona con sensibilidad a flor de piel que intenta ser feliz, como la totalidad de la raza humana.
Cheyenne está basado en Robert Smith —líder de The Cure— y Ozzy Osbourne, el aspecto de Penn en la película parece plagiado de una foto de Smith, mientras que su personalidad dulce, tontorrona pero a la vez salvaje tiene un parecido más que razonable con la del que fuera cantante de Black Sabbath. La mixtura de personalidades, junto a la aportación de Penn, hacen de Cheyenne un protagonista altamente intrincado y complejo al que se ha de desmontar paso a paso y con sumo cuidado.
Sorrentino no se detiene en narrar las desventuras de perder la tan ansiada fama, aunque dicho campo queda cubierto con escenas como la del supermercado, sino que indaga más allá. Creando un filme totalmente natural en el que las secuencias se suceden en un orden nada artificioso ni forzado, la manera de contar la historia consigue hacerla más interesante que digna de toda la atención posible.
Si Sorrentino se hubiera decantado por una narración lineal en la que todos los personajes fueran desmenuzados hasta el hueso, estaríamos hablando de una película correcta pero la carencia de explicaciones y la introducción de personajes estrafalarios deviene en un proyecto sobresaliente.
This must be the place habla de las relaciones interpersonales y de cómo éstas determinan a las personas. Cheyenne es hijo, marido, ídolo, pero sobre todo un ser humano que lucha por encontrar sentido a su vida. La historia central de la búsqueda del alemán que ridiculizó a su padre sirve para transportarnos a la psique de varios sujetos cuya piedra angular es la búsqueda de la felicidad.

Lejos de quedarse en la base y reducir la vida a algo nimio, Sorrentino despliega la gran cantidad de vertientes y caminos disponibles para el ser humano. El italiano muestra la libertad en la que cree y cómo cada persona toma los elementos de que dispone y trabaja sobre ellos; asimismo, podemos observar la aleatoriedad que prevalece en el universo. Nada está determinado, si hay un mensaje claro que genere el filme es que cada uno es dueño de su propio destino, siempre determinado por las circunstancias que lo rodean, como ya remarcara el filósofo español José Ortega y Gasset.
La película tiene elaboradas opiniones y reflexiones sobre el mundo perfectamente cimentadas, pero que no adoctrinan sino que defienden y construyen desde la base la visión del director. Se puede o no estar de acuerdo con el punto de vista de Sorrentino pero lo que está claro es que ha pensado lo que expone su obra.
El sustento de la cinta es Sean Penn, que tras varios años en el dique seco, en cuanto a productos interesantes se refiere, encadenó la que nos ocupa y la imprescindible El árbol de la vida. Penn esculpe un Cheyenne que supera al escrito sobre el papel, su manera de andar, hablar, sus gestos, componen un personaje creíble que en teoría podría haber resultado extraterrestre pero que él trae a nuestro planeta como pocos podrían hacer.
Con un final que invita a pensar, Sorrentino se despide hasta la próxima de un modo soberbio. En una escena que anima a vivir, a seguir adelante, a avanzar y a madurar.
El director aprovecha la época que vivimos para apoyar sobremanera el optimismo, pero no de un modo indiscreto y exacerbado sino desde la más profunda de las cavilaciones.
Escribe Sonia Molina

| Título | Un lugar donde quedarse (This must be the place) |
| Título original | This must be the place |
| Director | Paolo Sorrentino |
| País y año | Italia, Francia e Irlanda, 2011 |
| Duración | 118 minutos |
| Guión | Paolo Sorrentino y Umberto Contarello |
| Fotografía | Luca Bigazzi |
| Música | David Byrne y Will Oldham |
| Distribución | Alta Classics |
| Intérpretes | Sean Penn, Frances McDormand, Eve Hewson, Judd Hirsch, Kerry Gordon, Harry Dean Stanton, Joyce Van Patten, David Byrne |
| Fecha estreno | 11/05/2012 |
| Página web | http://www.altafilms.com |
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Un lugar donde quedarse (4)








