miércoles 22 de febrero de 2012

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The collector (1)

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El coleccionista de cadáveres desmembrados 

the-collector-1Con dos años de retraso llega a nuestros cines una de las hijas bastardas de Saw y Hostel, heredera directa del exhibicionismo más atroz a la hora de torturar personajes y, paradójicamente, dotada de un estilo visual cuidado y una puesta en escena que no desdeña la atención al montaje y a la banda sonora, aunque, lástima, eso por sí solo no levanta un guión con lagunas que empobrecen la función hasta casi hundirla.

Un prólogo con sorpresa pero sin sangre sirve para presentar un misterioso baúl que más tarde descubriremos como una de las señas de identidad de un coleccionista que se dedica a torturar y asesinar indiscriminadamente sin más motivo que el placer que le proporciona ver sufrir a los demás… o al menos eso es lo que podemos llegar a imaginar, ya que el guionista no se molesta en explicar ni motivaciones ni nada de nada, se limita a mostrar todo lo que sucede en una única noche en una mansión aislada en un campo, donde una familia bien se ha trasladado para disfrutar del resto de sus días… un periodo de tiempo que, por cierto, será muy, muy corto.

El guionista, Marcus Dunstan, sabe bien lo que está cocinando: comenzó a trabajar en sucintos libretos (poco diálogo, mucha sangre) con Saw IV y desde entonces ha permanecido fiel a la saga estrella del torture porn, esa pornografía de la tortura así bautizada porque resulta muy explícita en su exhibición y deja muy, pero que muy poco a la imaginación del espectador.

En su currículum, además de las cuatro últimas entregas de Saw, también encontramos el guión de la secuela de Piraña 3D (¿ya no se produce terror que no sea remake y/o secuela?) y su debut como director, allá por el año 2009, que es precisamente este título no apto para paladares delicados y que hoy nos toca digerir: The collector.

Un pobre infeliz trabaja en la preparación de esa nueva mansión en el bosque, él se ocupa de las puertas, aunque pronto vemos que su imaginación está abriendo otras cerraduras cuando inspecciona la casa. A su alrededor, insectos, arañas e incluso un nido de avispas apuntan a que el lugar necesita la intervención de un buen exterminador… y vaya si va a exterminar.

Con un parecido asombroso al joven Sean Penn, este pobre infeliz (Josh Stewart) intimará con la pequeña de la familia y hasta coqueteará con la adolescente. Pequeñas notas de calor humano que no le impedirán negociar con la mafia local para dar un golpe en la casa y quedarse con un diamante que ríete tú de Tiffany’s. Eso sí, es por una buena causa, ya que su ex mujer se ha metido en algún lío y la van a torturar si no paga.

Así que decide meterse en la boca del lobo… aunque su sacrificio no va a evitar que haya torturas. Y vaya si las hay.

Hasta aquí los diez minutos de explicaciones y preparación.

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El resto de metraje transcurre en una noche, en la casa, donde el infeliz acabará convertido finalmente en héroe a su pesar, por su afán entre accidental y concienciado a la hora de intentar salvar a la familia que está siendo torturada por ese coleccionista de cadáveres que intuimos en el prólogo.

Un coleccionista con estilo, porque tampoco desdeña la posibilidad de dejar alguno con vida para trasladarlo con su baúl a cualquier otro escenario en el que disfrutar rajando, machacando, triturando y quemando carne… que esté viva o no en el momento de aplicarle tan sutiles métodos de tortura es lo de menos.

Huir o quedarse en la casa, he aquí el dilema al que se enfrenta nuestro infeliz protagonista.

Y toma la decisión errónea, claro.

Su decisión comienza como un juego del gato, el ratón, el queso y multitud de trampas mortales distribuidas por toda la casa, en una exhibición que haría palidecer a los mismísimos protagonistas de Cube, pero acaba transformándose simplemente en un juego de supervivencia, donde lógicamente el coleccionista (nada que ver con el romanticismo desplegado por William Wyler en los años 60 en la peli del mismo título) lleva todas las de ganar.

¿Problemas?

Muchos y muy evidentes: las trampas no aparecen por ningún lado cuando nuestro protagonista entra en la casa; sin embargo, cuando intenta salir todo está tapiado, alambrado, con anzuelos, cuchillos, tijeras o incluso cepos para cazar osos. ¿De dónde han aparecido? ¿Cuándo los han puesto si minutos antes no había nada? Buena pregunta.

Tampoco es moco de pavo que la niña pueda esconderse con un ingenio inimaginable durante más de media película y luego se vuelva un ser tan torpe que haya que salvarla continuamente… Ah, esa vieja costumbre de idiotizar a algún personaje a medida que avanza la trama.

Aunque no todo son pegas.

Pese a ese molesto color verdoso amarillento (mezcla de fluorescentes sucios, luces apagadas y ambiente cutre) que ya es marca habitual en la saga Saw, la película cuenta con un buen clima; Dunston sabe montar algunas secuencias para ahorrarnos los continuos gritos merced al uso de una banda sonora que no sólo se sirve de ruidos, sino también de cierta música climática; incluso se permite repetir algunos planos que le gustaron particularmente cuando era un jovenzuelo que acudía a los autocines a disfrutar con el cine de terror (como el contrapicado de Jack Nicholson llamando a una puerta en El resplandor; o el contrapicado imposible de William Holden desde el fondo de una piscina en El crepúsculo de los dioses)…

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Aunque en ese afán de originalidad visual se le llega a ir la mano en algún momento, o si no que alguien nos explique qué hace en la peli un plano en cámara subjetiva de un rayo que cae entre la lluvia, en plena tormenta nocturna, junto a la casa del bosque. ¡Una cámara subjetiva de un rayo! Brillante técnicamente, pero absolutamente gratuita.

También merece la pena retener cierta predilección por el uso de un ralentí con agradable montaje musical, lo que no sólo suaviza algunas escenas de tortura —no vamos a afirmar que las embellezca porque sería políticamente incorrecto—, sino que nos ahorra una reiteración innecesaria de diálogos y gritos absolutamente prescindibles.

La guinda la ponen un final que parece inspirado en La noche de los muertos vivientes —que no, que aquí no hay zombis ni ningún negro—, sobre todo por la forma en que entra en escena el 7º de caballería, aquí materializado en una larga fila de coches de policía; y, cómo no, el inevitable epílogo que no da un nuevo giro a la trama, sino que sencillamente enlaza con la imagen del prólogo y ese baúl que tantas alegrías nos ha dado a lo largo de la proyección.

Por cierto, no hay ni pistas ni nombre del coleccionista, ni sus motivaciones o sus complejos, nada de nada.

Como experto guionista en la materia —con amplia experiencia queremos decir, lo que no supone que su experiencia le haya permitido elevar la calidad de sus libretos—, Dunstan sabe que ciertos detalles ya son irrelevantes en el cine de terror actual y que la explicación innecesaria —e injustificada— acaba por hacer daño a la trama, así que, siguiendo las sabias directrices de David Fincher en Seven —de quien copia incluso los títulos de crédito—, aquí el asesino carece de nombre —como el John Doe que coleccionaba los siete pecados capitales—, y hasta el actor que lo interpreta casi suena a chiste —un tal Juan Fernández—.

Si presumes de estómago a prueba de bombas ésta es tu película del mes.

Escribe Mr. Kaplan

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Título The collector
Título original The collector
Director Marcus Dunstan
País y año Estados Unidos, 2009
Duración 88 minutos
Guión Patrick Melton y Marcus Dunstan
Fotografía Brandon Cox
Música Jerome Dillon
Distribución Lauren Films
Intérpretes Josh Stewart (Arkin), Juan Fernandez (el coleccionista), Michael Reilly Burke (Michael Chase), Andrea Roth (Victoria Chase), Karley Scott Collins (Hannah), Madeline Zima (Jill), Daniella Alonso (Lisa)
Fecha estreno 13/01/2012
Página web http://thecollector-movie.com/green/

 

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