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THE BOX (3)

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The box
Título original: The Box
País, año: Estados Unidos, 2009
Dirección: Richard Kelly
Producción: Sean McKittrick, Kelly McKittrick, Dan Lindau, Richard Kelly
Guión: Richard Kelly, basado en el cuento Button, Button de Richard Matheson
Fotografía: Steven Poster
Música: Win Butler, Régine Chassagne y Owen Pallett
Montaje: Sam Bauer
Intérpretes: Cameron Diaz, James Marsden, Frank Langella, James Rebhorn, Holmes Osborne, Sam Oz Stone, Gillian Jacobs
Duración: 115 minutos
Distribuidora:  On Pictures
Estreno: 6 noviembre 2009
Página web:  http://www.thebox-movie.com

Kelly y sus obsesiones bíblicas (entre otras muchas...)
Escribe Ferran Ramírez

Tiene ciencia y tiene ficción, además de múltiples referencias al cine de ciencia ficción de serie B, pero pocos la definirían como un filme de ciencia ficción; tiene elementos del cine de terror, pero tampoco se puede situar su enclave en este género; tiene un poderoso potencial dramático, pero tampoco la encuadraríamos en el melodrama familiar; entonces, ¿qué es? Pues ni más ni menos que el último experimento de Richard Kelly, The box, un fascinante híbrido de referencias intra y extra-cinematográficas que componen éste, su tercer filme.

Todo parecía apuntar que, después del monumental fracaso de su segunda tentativa fílmica, Southland tales, su tercera obra se situaría en los cánones más cercanos al fantástico hollywoodiense: un holgado presupuesto, unos actores de cara bonita que posean cierto poder de convocatoria (Cameron Diaz para las masas, James Marsden para las adolescentes aficionadas ), un póster promocional -espantoso, por cierto- donde sólo se aprecia la cara de Diaz sin tan siquiera dejar leer su título y un argumento con un atractivo punto de partida para todos los públicos parecían que más bien Kelly había rubricado una rendición a las leyes de la moneda que circulan por la meca del cine.

El último experimento de Richard Kelly, un fascinante híbrido de referencias intra y extra-cinematográficas que componen éste, su tercer filme

Algo de eso hay en The box, pues los productores, que tontos no son, ya habían echado el ojo a sus dos productos anteriores, por mucho que los resultados en taquilla fueran más que tristes. Pero Kelly parece haber obrado el milagroso equilibrio. Ha realizado su película más accesible hasta la fecha (uno se puede quedar con la historia superficial o puede ir más allá en el alambicado conjunto) y, además, no ha renunciado a su imaginario superlativo. Pero vayamos por partes.

Su primera obra, uno de los debuts más aplaudidos de los últimos años, Donnie Darko, tomaba la clásica película de adolescentes en el high school para convertirla en un discurso sobre las leyes de la vida y de la muerte, de viajes en el tiempo, de otras dimensiones y del papel que jugaría Dios en un universo en el que se jugara a múltiples esquinas. Hasta se realizó un director's cut (que por cierto, no ha llegado a España, y que variaba sensiblemente ciertos aspectos de sus dilucidaciones) que se estrenó en los países donde el filme alcanzó una categoría superior.

Y vino su segunda obra. Y aquí nos deberíamos detener un momento. Southland tales no obtuvo el abrazo cálido de la crítica sino que la separó radicalmente en dos bandos. Los que afirman que Southland tales es una pieza maestra, de proporciones titánicas, que lo es; hasta los que afirman que es una obra sin sentido que se pierde en su propia narrativa y de la que no se puede sacar nada en plata. Nos sería imposible aquí exponer todas las líneas argumentales que se desarrollan durante un metraje más que abundante. Y atención, Kelly ya ha anunciado su intención de algún día poder añadir unos 20 minutos de metraje adicionales que ayudaran a la comprensión total de su obra magna.

Pero para los que desconozcan la historia completa de este impresionante fresco megalómano, baste decir que hay que haberse leído, o por lo menos conocer, las tres novelas gráficas que funcionan como prolegómeno del filme, más una página web que también ayuda a su comprensión. Claro, el problema vino cuando, las novelas no se encuentran en circuitos comerciales al uso y la página web fue dejada a medias, si llega, por falta de financiación. Así que la película, que se nutre de actores para el público adolescente, más viejas glorias del fantástico, empieza en el capítulo IV, y el espectador tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para no perderse en un laberinto lleno de turbulencias narrativas, recursos infinitos, números musicales, viñetas que arrojan información por milésimas de segundo y otras tantas formas expresivas más. Una galería infinita de personajes, más unas infinitas conexiones entre todos ellos, y para colmo, todo bajo una apariencia de cómic hiperbólico que, atención, toma la Biblia como principal base argumentativa agitada con una Tercera Guerra Mundial de por medio, rizan los límites de la mente de Kelly. El apocalipsis, las revelaciones y apuntes mesiánicos se conjugan durante toda su inabarcable historia. Y aquí se formuló la gran pregunta: ¿tomadura de pelo u obra excelsa imposible de repetir?

Se pueden detectar imágenes reproducidas de su primer filme, actores de su segundo, y una filosofía que recoge los caminos ya andados por ambas

Bien, la mayoría de países no han podido conocer la segunda obra de este caballero e incluso hay críticos que afirman tan alegres que The box es la segunda película del director, cuando, por supuesto, es su tercer filme. Y llegamos a esta misteriosa caja, de Pandora, de sorpresas, de desgracias, que parece querer resumir, a grosso modo, las dos experiencias anteriores de Kelly.

Se pueden detectar imágenes reproducidas de su primer filme, actores de su segundo, y una filosofía que recoge los caminos ya andados por ambas. Incluso diríamos que se trata de una trilogía complementaria de reminiscencias bíblicas trasladadas a nuestros días. Si The box se sitúa en las navidades de 1976, y Donnie Darko estaba enraizada en el año 1988, Southland tales se adelanta y nos describe un futuro muy, muy cercano, en el que el armagedón acecha por doquier.

Y volvemos a la pregunta inicial: ¿qué es The box? Pues ni más ni menos que otra parábola sobre cielo, infierno y purgatorio, plagada de otras tantas referencias espirituales, por no decir cinematográficas. Es tal el torrente de informaciones que dispara Kelly hacia el espectador que la obra no puede por menos que ir extendiendo sus fauces a cada fotograma.

Partiendo de la pregunta clave del filme (¿matarías a alguien del planeta que no conoces mediante un simple botón a cambio de un millón de dólares? Sería la cuestión palpitante), Kelly tira balones fuera y convierte la peripecia fantástica en una tangencial lluvia de ideas. Pecado, castigo, perdón y redención caen cual maleficio sobre la pareja protagonista (una suerte de equivalente moderno de Adán y Eva y el mito del paraíso y el destierro). Una más que aceptable Cameron Diaz, un sosaínas Marsden, un siempre eficaz Frank Langella y un Kelly que, de paso, se da el lujo de homenajear a ese cine fantástico de espíritu añejo de segunda y tercera fila del que se declara fanático absoluto son la base física del filme. Amén de una banda sonora, compuesta por Arcade fire, pero que recuerda inexorablemente a Bernard Herrmann y sus producciones hitchockianas.

Pecado, castigo, perdón y redención caen cual maleficio sobre la pareja protagonista (una suerte de equivalente moderno de Adán y Eva y el mito del paraíso y el destierro)

The box puede verse como un magma alterado de símiles sin fin. Pues uno puede reconocer fácilmente referencias del cine de John Carpenter, de Steven Spielberg, de los grandes filmes sci-fi de toda la vida, como La invasión de los ladrones de cuerpos, o de la serie de la que coge un episodio para transformarlo en largometraje, La dimensión desconocida. Porque, también para quien no lo sepa, la anécdota de la caja y la pregunta del millón de dólares salen de un relato corto de Richard Matheson, que fue adaptado para un capítulo de aquella mítica y fantasmagórica serie que marcó una época.

Kelly recoge esa tradición para visualizar unos años 70 con unos colores saturados, neblinosos e igual de tenebristas y dibuja unos espacios claustrofóbicos y casi metafísicos -la secuencia de la biblioteca es magnífica- en los que se mueve como pez en el agua. La contrapartida de Kelly es que sus brainstormings siempre dejan algún que otro cabo al aire imposible de enlazar bajo las directrices que nos ha proporcionado.

Pero la experiencia estética, sobrenatural y cargada de moralina macabra a la que nos somete el realizador, pues todo acto tiene sus consecuencias y el efecto mariposa aquí campa a sus anchas más que nunca, es simplemente un meritorio esfuerzo por la pervivencia de un cine en desuso. Es su homenaje a todo un mundo olvidado de producciones fantásticas que no se volverán a repetir. Como si de una película vintage se tratara, The box coge los paradigmas clásicos y se lanza al vacío de las ansías humanas, bajo el espectro de lo sobrenatural.

Kelly lo ha vuelto a hacer.

Es su homenaje a todo un mundo olvidado de producciones fantásticas que no se volverán a repetir
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