TAMARA DREWE (2)

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Alabanza de la campiña inglesa

Tamara Drewe, de Stephen FrearsEste costumbrista retrato de la campiña inglesa llevado a cabo por Stephen Frears sigue mostrando la falta de fuelle que su anterior obra denotaba (Chéri, 2010). En ambos casos, disponiendo de todos los ingredientes necesarios  para conseguir una buena cocción cinematográfica, el director carece del pulso necesario y malbarata el resultado final.

En Tamara Drewe, el problema tal vez radique en que es un plato demasiado británico, excesivamente apegado al paladar y a una tradición isleña que los comensales continentales no terminamos de degustar en todo su alcance.

Los guiños intertextuales, la parodia de toda una cosmovisión del campo inglés que ha insuflado su literatura desde los albores del romanticismo (Jane Austen, las hermanas Brontë, Elizabeth Gaskell…) pasan desapercibidos para un espectador que desconozca ese juego de envíos y reenvíos, más cuando en una vuelta de tuerca crítica, el guión ha sido inspirado por unas viñetas periodísticas que ya realizaban una relectura satírica de la culminación literaria de ese universo campestre a través de las obras de Thomas Hardy, en concreto de La bien amada y Lejos del mundanal ruido, de la que John Schlesinger  hizo una adaptación cinematográfica homónima en 1967.

Frears, a lo largo de su película, bascula entre este tono paródico, de comedia reverente con sus modelos más que de irreverencia ácida, aliñada con ciertos toques melodramáticos que, al final, ganan la partida, y se apoderan del sabor, a la vertiente crítica. De este modo, lo que podía haber sido una mordaz arremetida contra la estampa bucólica retratada, contra los cimientos que sustentan y nutren esos verdes prados con sus colinas onduladas, deviene en un homenaje con tintes moralistas, donde los manipuladores y desvirtuadores y aprovechados de esa arcadia glauca, de ese paraíso incontaminado, son castigados con la muerte, tan accidental como dramática y poéticamente merecida, mientras que los personajes fieles y sinceros y arraigados con la hierba campestre, resultan coronados con el triunfo y la dicha vital.

Al fin y al cabo, queda claro que este tono amable era el que perseguía del director: podemos poner en solfa lo rústico, pero sin pasarnos, admitiendo sus cualidades y su efecto balsámico sobre aquéllos que se lo merecen. La tradición debe seguir siendo respetada.

El personaje principal que intitula la historia y que es el eje axial de la misma aparece desdibujado, trazado muy superficialmente como un simple imán sexual que despierta la libido de los sujetos masculinos que la rodean

El personaje principal que intitula la historia y que es el eje axial de la misma aparece desdibujado, trazado muy superficialmente como un simple imán sexual que despierta la libido de los sujetos masculinos que la rodean. Su regreso al lugar de su infancia y juventud deviene en un paseo aparentemente triunfal: es un recorrido de ida y vuelta. Abandonó su patria-juventud por no soportar las burlas que su ingente nariz despertaba y ahora, gracias a la cirugía plástica, retorna como una diosa viviente. La excusa es, pues, demasiado simplista.

Dos personajes masculinos, un maduro escritor que representa la figura del padre que la abandonó y del cual estuvo secretamente enamorada, y un tan bello como simple y fracasado adonis que fue su primer amor y contacto sexual, que se despeñó por el mundo de las drogas y a punto estuvo de caer en la marginación, son los dos hombres entre los que oscilará Tamara; en tanto en cuanto se despierte su verdadero sentimiento, mantendrá una relación con una famosa estrella de rock, tan urbanita, famoso y vanidoso como tonto.

Pero donde la película alcanza sus mayores logros es en la radiografía de la vanidad literaria de una serie de personajes secundarios, aprendices de escritores, que son convocados y reunidos todos en una especie de granja-taller literario, apartado del mundanal ruido, en el que obcecadamente intentan blandir sus armas literarias. Esta granja es regentada por un matrimonio formado por el mencionado escritor maduro y su abnegada mujer, que soporta dócil y silenciosamente las innumerables infidelidades de su triunfante cónyuge, triunfos debidos a su serie de novelas policíacas protagonizadas por un detective forense que, básicamente, ha sido pergeñado por su propia mujer y por su propia experiencia real como Casanova de pacotilla. Este escritor es el personaje más cínico y lúcido de los que pululan por allí, siendo sus observaciones y sus asertos de lo más refrescante de la película.

Pero donde la película alcanza sus mayores logros es en la radiografía de la vanidad literaria de una serie de personajes secundarios, aprendices de escritores

Pues es en este homenaje a la literatura, a la grafomanía de la mayoría de los personajes, incluida en un momento dado la propia Tamara, que decide soslayar su faceta de periodista para dar rienda suelta a sus sentimientos y a su dolor más íntimo y convincente en una especie de autobiografía, es en este tributo literario y en su parodia donde el filme mejor discurre, donde la ironía sutil e inglesa se explaya más a gusto.

En lugar de construir el conflicto desde dentro de estos mimbres, el guión apuesta por la inclusión de dos pequeños monstruos cuellicortos, de dos vulgares, zafias y maleducadas quinceañeras en celo, lectoras irredentas de la bazofia revisteril para adolescentes, las cuales son un buen contraste frente a los relamidos y cultos mayores, como detonantes de una historia que estaba enquistada. Sus malas artes a través de las nuevas tecnologías (correo electrónico y teléfonos móviles) provocarán el enredo y el estallido de esa tensa calma que latía detrás del arcádico paisaje, desencadenando la tragedia, eso sí, ramplona y sin ningún tipo de dramatismo, más propia de lo folletinesco y melodramático.

Además de contrapunto, las salvajes adolescentes sirven de correlato simétrico con la propia Tamara, pues su desafección sentimental y su enconado resentimiento proviene del mismo abandono paterno que han sufrido y padecido: moralina justificativa innecesaria.

Una lástima que el director no haya querido cargar más las tintas. Un poco más de pimienta negra hubiera ayudado a la condimentación adecuada de este cinematográfico plato un tanto insulso

Como colofón, de manera accidental Tamara recupera parte de su anterior nariz, con lo cual también parece recuperar parte del juicio perdido, arrollado por la vanidad.

Como las vacas que habitan la granja y cuya estampida azuzadas por un perro urbano, el del irredento, en su fatua vanidad, rockero, han provocado la tragicomedia, Tamara también vuelve al redil, al lado de su primer amor y en la casa remozada de sus padres, que con anterioridad lo había sido de su novio, expulsado de allí por los especuladores padres londinenses de Tamara.

Ésta es la cuota de crítica social propia de las novelas de Hardy y que el propio Frears asume como propia. Sin ironía, más allá de la escena final con el entierro del perro urbano y rockero, cuyo desconsolado dueño es consolado por la arpía fan quinceañera causante de todo el desaguisado, mientras solicita a su amiga que inmortalice el momento con una foto del móvil.

Una lástima que el director no haya querido cargar más las tintas. Un poco más de pimienta negra hubiera ayudado a la condimentación adecuada de este cinematográfico plato un tanto insulso.

Escribe Juan Ramón Gabriel

 Título  Tamara Drewe
 Título original  Tamara Drewe
 Director  Stephen Frears
 País y año  Reino Unido, 2010
 Duración  111 minutos
 Guión  Moira Buffini
 Fotografía  Ben Davis
 Distribución  Alta Films
 Intérpretes  Gemma Arterton, Roger Allam, Bill Camp, Dominic Cooper, Luke Evans, Tamsin Greig, Jessica Barden, Charlotte Christie, James Naughtie, John Bett
 Fecha estreno  12/11/2010
 Página web  www.sonyclassics.com/tamaradrewe