Vigilad los cielos constantemente
En El enigma de otro mundo (1951), una de las grandes obras maestras del cine de ciencia-ficción, Douglas Spencer cerraba el film con un claro mensaje que iba mucho más allá de su circunscripción cinematográfica: “vigilad el cielo”. La paranoia anticomunista hacía mella en la sociedad estadounidense y el temor a todo elemento foráneo devenía en un horror colectivo hacia un mal monstruoso que podría precipitarse sobre las anodinas vidas del pueblo norteamericano, destruyéndolo de pleno.
Poco ha cambiado el mensaje en casi sesenta años. El cine proveniente de Hollywood sigue vigilando los cielos constantemente, aunque las proporciones se han sobredimensionado. El mal que atenaza los cimientos del modo de vida americano ha adquirido en los últimos años formas bélicas (La guerra de los mundos), atávicas (Monstruoso), proféticas (2012) o, directamente, apocalípticas (Skyline) en lo que parece ser la constante escenificación de un miedo irracional que fluctúa entre el milenarismo y la tensión acumulada tras el fatídico 11-S.
Ante ello, la película de los hermanos Strause es, irremediablemente, hija de su tiempo. Producto evidente de dicho miedo que sigue esta estela sin demasiada imaginación (por no decir ninguna, como luego se verá), pero dejando bien claro su mensaje. Apuntalándolo mediante un vacío argumental casi absoluto que, en el fondo, sirve para focalizar las intenciones del film en el espectáculo del caos. En las ya familiares imágenes de edificios desplomándose cual castillo de naipes que el film se encarga de reiterar, cual bucle infinito, como el recuerdo de una pesadilla imposible de borrar de la memoria.
Skyline, por ello, parece mucho más interesante sobre el papel que una vez vista en pantalla. No es que la película no acabe por materializar todos los elementos mencionados. El problema es que el resultado final termina siendo un extraño batiburrillo de influencias que lo único que consigue es distanciar al espectador, más que involucrarlo en la trama.
Efectivamente, la pieza referencial es la ya citada Monstruoso de Matt Reeves, una pieza bastante lograda (al igual que lo es su más reciente película, el remake de Déjame entrar que, en muchos aspectos, supera al título original), cuya base argumental está literalmente saqueada en Skyline. La reunión de unos amigos y el planteamiento de las tensiones habidas entre ellos se ven bruscamente interrumpidos por la aparición de lo “fantástico”. Ya sean naves alienígenas o un monstruo de tamaño descomunal.

Por consiguiente, el film de los Strause adquiere su identidad de base a partir de logros ajenos lo que, ya de por sí, mengua bastante su consideración. Sin embargo, más allá de intentar aplicar otro tipo de resoluciones más personales al conjunto, Skyline continua acumulando influencias sin ningún tipo de reparos: la fascinación que la luz ejerce sobre los humanos que recuerda lo mostrado por Spielberg en Encuentros en la tercera fase (1977); las “naves-espía” de los invasores que también tiene su referente en una pieza de Spielberg, La guerra de los mundos (2005) o, más lejano en el tiempo, en la excelente versión que Byron Haskin dirigió en 1953; o unas secuencias finales que parecen emerger como copiones descartados o imperfectos de Alien, el octavo pasajero (1979) de Ridley Scott.
Pero no son estos los únicos elementos discutibles de
La completa ausencia de madurez en sus relaciones (exposición, sin duda involuntaria pero certera, de la estulticia de una sociedad pueril que basa sus relaciones íntimas y su propio discurrir por la vida en la nada más absoluta) y el escaso interés que despiertan, hace que lo más interesante del film y lo que, sin duda, se convierte en la baza esencial para que, al menos puntualmente, llegue a funcionar sean los momentos en los que la destrucción de la ciudad toma el protagonismo absoluto.

Amén de ello, otro de los puntos más irritantes de Skyline se halla en su lamentable final, completamente imposible de poderse tomar en serio y realizado, en exclusiva, como claro precedente de la preparación de una secuela que, según parece, verá la luz en el año 2012. Si hasta el momento, y muy a pesar de sus deficiencias, Skyline podía haber provocado cierta simpatía (al igual que sucede con los films de ciencia-ficción de serie B de la década de los cincuenta), ello se precipita al vacío en los tres últimos minutos. Casi como una broma sin la menor gracia.
El film de los Strause es, por tanto, una pieza que podría haber funcionado con mayor convicción de mediar un talento más sólido (o un mínimo de talento, al menos) en sus apartados creativos. Hay que reconocer que su hora y media no aburre y que, como ya exponía en el primer párrafo, posee una lectura coyuntural de cierto interés.
Sin embargo, los aspectos positivos de Skyline terminan ahí. El resto es un simplón ejercicio comercial carente por completo de personalidad.
Escribe Joaquín Vallet Rodrigo
| Título | Skyline |
| Título original | Skyline |
| Director | Colin Strause, Greg Strause |
| País y año | Estados Unidos, 2010 |
| Duración | 92 minutos |
| Guión | Joshua Cordes, Liam O’Donnell |
| Fotografía | Michael Watson |
| Distribución | Aurum |
| Intérpretes | Eric Balfour, Scottie Thompson, David Zayas, Donald Faison, Brittany Daniel |
| Fecha estreno | 26/11/2010 |
| Página web | www.iamrogue.com/skyline |