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Máquinas de muerte
Escribe Daniela T. Montoya
El director camboyano Rithy Panh, en S-21, la máquina roja de matar (S-21, la machine de mort Khmère rouge, 2002), analiza desde el presente el genocidio que, a finales de la década de los años setenta, llevó a cabo la dictadura de los jemeres rojos en Camboya.
Pero, en lugar de hacer un documental al uso, limitándose a transmitir al espectador la documentación que demuestra la masacre sistemática que realizaban jóvenes adiestrados por el partido de Pol Pot, Panh cuestiona el ejercicio de la dictadura desde el marco de libertad actual. En este contexto, ¿se puede seguir justificando el uso de la tortura y las ejecuciones masivas como una forma para "mejorar" la sociedad de un país?
Comenzando el siglo XXI
Rithy Panh rodó este documental en el año 2002, pero hacía más de una década que estaba trabajando sobre el tema. Los campos de refugiados, los supervivientes o la prisión de Tuol Sleng (la llamada S-21, escenario principal de la película, reconvertida en museo del genocidio) eran diferentes aspectos de un mismo tema, a saber, la burocracia del exterminio silenciado y su origen, la dictadura de los jemeres rojos. Estos son los artífices del genocidio que entre 1975 y 1979 exterminaron 1,7 millones de camboyanos, aproximadamente, una cuarta parte de la población total. Sin embargo, la desidia ha permitido que el paso del tiempo soterre en el olvido las atrocidades cometidas. Pero las secuelas permanecen latentes.
Tras más de 25 años, las heridas físicas infligidas por la tortura apenas tienen ya presencia. Quizás alguna cicatriz o algún dolor reumático, similar al que pueden provocar los achaques de la edad. Pero, ¿por qué un maduro Chum Mey se derrumba al pisar el patio del centro S-21, donde estuvo detenido? ¿Por qué se siente culpable por ser uno de los poquísimos supervivientes de las torturas allí realizadas?
Vann Nath, otro de los siete supervivientes (en su caso, por haber pintado para los jemeres rojos), recoge en su hombro las lágrimas de Mey quien, entre sollozos, se culpabiliza de que mataran a toda su familia a causa de su detención. En el polo opuesto, la madre de Him Hoy, quien con un profundo peso de dolor trata de exculpar a su hijo por haber servido como carcelero (y ejecutor) en la prisión S-21. Son tres testimonios de sufrimiento. Frente a su amargura, se erige la convicción de quien cree que actuaba correctamente. Him Hoy mantiene la cabeza bien alta: "todos esos hombres eran unos corruptos".
En S-21, Panh reúne a los supervivientes, representados por Nath y Mey, y algunos de los carceleros. Retorna al lugar, una antigua escuela reconvertida durante la dictadura en centro de detención, tortura y ejecución. Y allí los confronta. Víctimas frente a ejecutores, cada uno expone su versión de los hechos. Como si se tratase del juicio que hasta la fecha se les ha negado. Porque no es hasta el año 2003 cuando el gobierno camboyano y la ONU firman un acuerdo para formar un tribunal que, respetando la justicia internacional, juzgue los crímenes de los jemeres rojos. Y no ha sido hasta este año 2009 cuando se ha sentado en el banquillo a Kaing Guek Eav, el Duch, jefe de la cárcel S-21.
Por fin el Tribunal Penal Internacional se pone en marcha para juzgar crímenes cometidos décadas atrás. Sin embargo, sin dejar de alegrarse por ello, el proceso internacional abierto es algo que queda al margen de la película. En primer lugar, porque se inicia una vez finalizado el filme. Además, porque el precio que ahora puedan pagar los altos dirigentes de los jemeres rojos es un tema que se aleja del foco de interés de Panh, esto es, la población camboyana, los auténticos afectados por el régimen.
30 años antes
Las sentencias las dictan los tribunales. La esfera jurídica permite restablecer el orden allí donde se quebró la norma establecida (este es de los pocos aspectos que, la película El lector, enuncia con claridad en el momento de plantear el enjuiciamiento de quienes servían al nazismo). Los tribunales (populares o no) condenarán las acciones y los jueces impondrán un castigo a la par con el crimen cometido. Sin embargo, una pena puede caer en saco roto si no es comprendida ni el delito es considerado como tal. Ese es precisamente el trabajo que hace Panh en S-21, analizar lo que allí pasó para poder llamar las cosas por su nombre.
Mediante la repetición de las acciones que realizaban los guardianes en el recinto carcelario, la película S-21 evidencia hasta qué punto se había convertido en rutina. Una y otra vez, repetir los mismos gestos, siguiendo las mismas pautas, mecanizando las mismas respuestas. Como autómatas, aquellos jóvenes de entre quince y veintipocos años, convertidos ya en hombres maduros, reproducen ante la cámara los mismos comportamientos.
Pero no sólo reiteran sus movimientos, sino también sus discursos. Eslóganes transmutados en argumentos que resuenan entre las paredes descorchadas del recinto abandonado. Ante tanta respuesta automatizada, Nath inquiere sentido común. Sentado cara a cara con los verdugos de familiares y amigos, busca un resquicio de humanidad entre quienes dicen que sólo cumplían órdenes. Lo más que llegan a reconocer como un delito, ya que contradecía los principios del partido, son las violaciones de mujeres que hacían algunos de los guardianes. Pero claro, explican, se ha de comprender entre jóvenes con las hormonas agitadas.
Visualizar y (re)conocer
Pero claro, también se ha de entender el rol de superioridad de los jemeres. El partido -siguiendo la misma pauta que el nazismo y otras dictaduras del sur de Europa- reclutó miles de jóvenes y los adoctrinó para que impusieran el nuevo orden social. Algunos de ellos se excusan afirmando que tampoco es que tuvieran demasiadas opciones, o se convertían en los nuevos soldados del régimen, o padecían su dictadura. Otros se escudan con el argumento exculpatorio de ser sólo una peón a las órdenes de los superiores. En cualquiera de los dos casos, el concepto de "humanidad" ha quedado en entredicho.
Los antiguos guardianes han mostrado cómo retenían a los presos y cómo los ejecutaban; han explicado cómo les torturaban para obtener confesiones y cómo los convertían en despojos extrayéndoles toda la sangre.
Ni Nath logra resquebrajar sus discursos cuando la argumentación lógica empieza a fallar: a veces "había que creer en esas confesiones, aunque fueran falsas". Cada preso debía delatar a cuarenta personas más, aún cuando esta relación exponencial acabase con toda la población camboyana. Con tal fin, los torturadores se ofrecían a adornar las confesiones, aportando frases hechas. Y, aún así, siguen convencidos de que hacían lo correcto. ¿Cómo es posible que sea Chum Mey, un superviviente, quien se sienta culpable?
Dedicado «a la memoria», S-21 es un sobresaliente ejercicio de humanidad donde, apoyándose en el pasado reciente, expone la psico(pato)logía de una sociedad herida. No se trata de buscar culpables, pero sí de hacer visible una situación enquistada en donde aún no se han aclarado los términos. Persistir en eufemismos no sirve más que para rehuir dar la cara. Máquinas de muerte (traducción literal del título original) es el calificativo que merecen los jemeres rojos. Sin importar la ideología o la fe de fondo, el adoctrinamiento no justifica en ningún caso extralimitarse para imponer los propios principios. Sólo haciendo visible la atrocidad se puede alcanzar la paz.
La prisión Tuol Sleng (S-21) ha sido reconvertida en museo del genocidio. En sus paredes se exponen las fotos de todos los que ahí murieron. Sin condenar aún a ninguno de los responsables del genocidio, la función social que tiene la película de Panh y, como consecuencia de ésta, la creación de dicho museo, es incuantificable.
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S-21, LA MÁQUINA ROJA DE MATAR (5)








