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Cerdos sin diamantes
Escribe Juan Ramón Gabriel
Sobre el trasfondo del boom urbanístico que ha azotado la ciudad de Londres durante el periodo de los diversos gobiernos laboristas encabezados por Tony Blair, se erige esta radiografía fílmica que persigue evidenciar los podridos cimientos sobre los que se asientan los enhiestos rascacielos del nuevo Londres, imagen y emblema del new labour posthacheriano.
En este sentido, la película se adscribe al tono de denuncia propio del cine negro, confrontando toda una serie de escenarios construidos desde las últimas tendencias del diseño más vanguardista y minimalista, ampliados al mobiliario, la ropa y los gadgets de esos triunfadores urbanos, con los pobladores de las cloacas por donde desaguan los detritus de la estilización huera, tanto física como moralmente.
A ellos hay que sumar la irrupción de los nuevos ricos-mafiosos rusos, inmigrantes de lujo en el nuevo paraíso capitalista sin fronteras para los negocios. En este caso, el referente es muy, muy explícito: se bromea con el actual propietario del Chelsea F.C., Abramovich, transfigurado en el personaje de Uri, cuyo cuadro de la suerte y los avatares que éste sufre serán el detonante de un seísmo que invertirá la estructura del poder económico mafioso.
Esta adscripción genérica es socavada por el propio tono paródico que el director superpone a la historia y a los personajes, aderezando lo criminal con un tono de comedia desmitificador, a modo de deconstrucción de las aristas más afiladas e hirientes de la vertiente mafiosa y gangsteril, convirtiendo a los personajes en meros guiñoles sin ningún tipo de profundidad; lo cual, por otra parte, sería consecuente con un discurso que se distancia de todo tipo de trascendencia en aras de una construcción epidérmica que expusiera la hipocresía sobre la que se desenvuelve el entramado social.
Pero tan difícil o, quizás, más, que insuflar densidad a un personaje y a un relato, es dotarlos de una liviandad irreverente sin caer en la caricatura y lo grotesco, y aquí radica la falla por la que se agrieta y se precipita todo el filme.
Un aire de autosatisfacción y de narcisismo lo recorre de cabo a rabo: el título es un término que compendia los valores propios de lo que ha de ser un “cruzado” del rock; es un pack donde confluyen las drogas, el sexo y la música rock, características éstas encarnadas en Johnny Quid, hijastro del todopoderoso señor del territorio londinense Lenny Cole (excelente Tom Wilkinson, a pesar de lo sobreactuado y esperpéntico de su personaje).
No hay ninguna duda de la identificación entre el director y este torturado y tortuoso joven roquero (rocknrolla), al cual hace aparecer durante casi toda la película como una oveja descarriada, caprichosa y parásita, para, al final, redimirlo como receptáculo de una dignidad que había sido subsumida por la hipocresía de sus ancestros, en este caso su déspota padrastro, cuya filosofía de vida responde a una corrupción generalizada, incardinada hasta los tuétanos, que no se detiene en su avaricia descomunal ante ningún obstáculo, llegando a convertirse en informador de la policía y denunciando a sus más fieles colaboradores.
Entre ellos se encuentra el narrador Archibald, “Archie”, lugarteniente del “Capo” y fiel y perruno servidor, una especie de Ned Beamont (La llave de cristal) sin maquiavelismo, que acabará por eliminar a su corrupto señor y convertirse en hermano-protector de la oveja redimida: símbolo del pacto de la generación de los cuarentones y treintañeros frente a sus caducos y corruptos mayores.
Ritchie se copia a sí mismo y busca su inspiración en Snatch (2000): la estructura argumentativa es un reflejo, mutatis mutandi, de la rocambolesca historia que acaecía entre cerdos y diamantes, sin obtener los réditos irónicos y transgresores que la historia protagonizado por Brad Pitt le concedía. Y no será, precisamente, por falta de medios: el diseño de producción y el casting actoral es apabullante: cualquiera de los actores y personajes que deambulan por la narración consiguen llenar, física y corporalmente, la pantalla, pero se quedan en meros esbozos en unos casos; en otros, el abigarramiento les impide progresar: es como si tuvieran que darse codazos por ocupar su espacio, debido a la sobreabundancia de tramas y subtramas, las cuales no se ensartan con la minuciosidad necesaria por exceso, no por defecto: el director no deja tiempo para reposar, tal como ocurría en Snatch acertadamente, imprimiendo un ritmo frenético y divertido porque había un guión mejor elaborado. Ahora se tiene la sensación de despilfarro, de abotargamiento, que provoca sopor por no haber mesurado con tiento la medida adecuada: hay demasiado alcohol para el combinado, el cóctel está demasiado cargado.
La estilización abruma y resta verosimilitud a historia y personajes. No es gratuita la inclusión de varias secuencias de dos películas que ofrecen una muestra de ese tipo de cine caracterizado por el perfeccionamiento formal, por el esteticismo más militante: Lo que queda del día (James Ivory) y Orgullo y prejuicio (James Wright)). La traslación de ese formalismo esteticista y aristocratizante al submundo del Londres poscapitalista es la intención, fallida, del director.
A todo esto añádase la omnipresencia de la banda sonora con la finalidad de subrayado diegético, amén de ahondar el tono narcisista antes comentado.
Narcisismo, por tanto, que excluye y fagocita el componente paródico y sarcástico, la frescura que irradiaba el referente diamantino y porcino de esta secuela que desaprovecha, impunemente, todos los recursos que le han sido suministrados.
Si ya es difícil seguir la estela del mejor Tarantino, peor aún copiar una secuela afortunada y azarosa del mismo, aunque quien la realice sea el propio plagiador.
