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Disparate fungible
Escribe Juan Ramón Gabriel
Como un tegumento viscoso que encenaga y envilece la retina del incauto espectador, así discurre, a trancas y barrancas, este envoltorio cinemático, pues, valga el neologismo, eso es lo que es esta película: puro movimiento sin tener en cuenta las fuerzas mínimas de la coherencia y de la cohesión narrativas, de tal manera que de “película” sólo posee la cutícula, la membrana (pomposa) que recubre la oquedad de la herida por donde se desangra un líquido insípido, inodoro e incoloro que pretende ser sustancia cinematográfica, y que no es más que aguachirle.
Como ya es endémico en la telilla del cine de Guy Ritchie, su endriago de veinticuatro fotogramas por segundo se esculpe sobre una escultura de cine negro, negrísimo por lo difícil que le resulta trabajar con un molde que le viene muy grande.
El delgado hilo argumental que teje la historia es el deseo de venganza por parte de un sujeto que, después de siete años de reclusión, urde una estratagema para eliminar al culpable de su encarcelamiento, a la par que procura recuperar, e incluso acrecentar, el statu quo criminal y económico que detentaba.
Durante su estancia en prisión, su celda era la intersección entre la de dos reclusos maestros en el arte del ajedrez y de la estafa, respectivamente. Esta posición fronteriza será aprovechada para aprehender ambas cualidades e interiorizarlas.
Como es habitual en este director, el personaje protagonista desempeña a la vez la función de narrador, a través de una débil voz en off, reflejo de la debilidad de focalización del punto de vista adoptado; debilidad en la que se agazapa el recurso efectista para intentar sorprender al espectador con un golpe de efecto final de carácter catártico (?) y esclarecedor, tanto para el protagonista como para el desciframiento de una confusa trama, no por intrincada, sino por insensata, y con la que ha estado mareando la perdiz para sostener el interés del paciente espectador.
En este apartado genérico, la sombra de Tarantino no es que sea ya demasiado alargada, sino que empieza a ser estragante. ¡Por favor, que alguien prohíba las secuelas amparadas en San Quentin o, en su defecto, que éste se dedique a dictar cursos para sus ineptos imitadores!
Una orgía de violencia delirante y de salpicaduras de sangre; unos gángsters que más que siniestros devienen patéticos (Ray Loriga ya no es uno de los nuestros, es uno de los de Ritchie); unos movimientos de la cámara mareantes, con ralentizaciones y primeros planos que en lugar de mostrar lo interior, ofrecen un escaparate de vacuidades; unos decorados barrocos y recargados hasta la náusea, correlatos objetivos del gusto hortera por el lujo más desaforado y kitsch; un hieratismo impostado, caricaturesco; una mezcla de alta y baja cultura, acorde con la nueva concepción de los estudios culturales (el Réquiem de Mozart omnipresente); la cuota de orientalismo con la mafia china-asiática; una simbología ineficiente por lo gastada; unas secuencias intercaladas como pegotes para rendir homenajes (o simplemente robar) a directores a los que se admira (pero de los que no se aprende)…
A todo esto, hay que sumar el discurso pseudo-filosófico con el que pretende recubrir la cáscara e insertar trascendencia, a saber: cuáles son los pilares sobre los que se asienta el verdadero yo (no es broma), de ahí que a lo largo de todo el filme el tema de la estafa y del timo haya sido el leitmotiv que activa el resorte del guión, pues en última instancia se nos quería ofrecer una reflexión sobre la identidad. Repetimos, no es ironía.
De hecho, el cierre de la película, la coda, son unas entrevistas a una serie de catedráticos de psicología, psiquiatría, estudiosos de las religiones et altri, en las que exponen su particular opinión sobre el ego y la vanidad, asunto este que guía el modus vivendi del protagonista (físicamente caracterizado como un nuevo Jesucristo) y el de su antagonista (especie de demonio vanidoso y narcisista).
Como botón de muestra del delirio e incongruencia que preside este engendro, ¿cómo es posible que el protagonista, al ser encerrado, prefiera permanecer siete años en una celda de confinamiento, a fin de acortar la condena, frente a los catorce de pena, si durante todo el relato el talón de Aquiles, la fisura de su personalidad, radicaba en la claustrofobia que padecía, cuya aparición es el catalizador que pone en marcha los acontecimientos inenarrables aquí esbozados? Posible respuesta: porque al final la supera, es decir, era un símbolo de su vanidad, que lo esclavizaba. Una vez desenganchado de ella, ya es libre, ya es él mismo. ¡Ah, pues ya queda dicho!
Infumable.
