domingo 19 de mayo de 2013

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Quiero ser italiano (3)

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Crisis de identidad 

quiero-ser-italiano-1Es cierto que, por lo menos una vez en la vida, cada uno de nosotros ha deseado ser alguien diferente, pertenecer a una cultura que no sea la propia, parecer a otro que sea lo más distante posible: en fin, tener una vida distinta de la que siempre se ha tenido.

Esta crisis de identidad es la inquieta situación en la que se encuentra el doble personaje Dino Fabrizzi-Mourad Ben Saoud, el protagonista de la nueva película de Olivier Baroux, Quiero ser italiano, un pequeño análisis sobre la contradicción del ser humano que, por naturaleza, se deja influenciar y forzar por la sociedad actual a desear ser lo que no es y a tener lo que no tiene.

Trama

Dino Fabrizzi es un vendedor de Maserati en Niza que espera ser ascendido en su trabajo, tiene una novia con la cual quiere casarse y vive una vida feliz. Hasta el día en el que el padre tiene un ataque de corazón y Dino se ve obligado a aceptar una promesa hecha al mismo padre: cumplir el Ramadán.

Porque Dino en realidad se llama Mourad, un “pequeño” dato que mantiene en secreto a su novia e incluso a su jefe de trabajo, una mentira en la que se basa toda su vida.

El doble

El tema del doble es uno de los más tratados en la literatura y en el arte desde siempre: los hombres nacen sintiéndose personas diferentes a las que son o, más bien, intentan, la mayoría de las veces, a escapar de sus estatus iniciales, de sus sociedades e incluso de sus familias, para llegar a ser personas “diferentes”.

Con el tiempo y con el aumento de la emigración, esta tendencia se ha desarrollado, convirtiéndose en un normal proceso vital: intentar ser los que quieren que seamos.

Un argelino emigrado en Francia sólo puede llegar a ser lo que conviene.

Entonces, ¿quiénes somos en realidad?

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La película  afronta la cuestión con la irónica experiencia de un hombre, tal Mourad que decide fingir ser italiano por comodidad, lo que supone que nadie te pida documentos para alquilar un piso, que ninguno tenga problemas para darte un trabajo. Ser italiano es tener todo más fácil y, con todos los estereotipos que se le asignan, de latin lover hasta el charme típico del hombre cuenta chistes made in Italy, con un estilo a la moda y con la cruz de oro colgada al cuello. Un hombre absolutamente rispettabile, casi jefe de un concesionario de Maserati en Niza. Un perfecto hombre occidental.

Su rutina se cuenta con una serie de imágenes superpuestas que ya indican la “ruptura” del personaje fragmentado en diferentes partes, cada una con una cara diferente: un italiano en Niza para el trabajo y el amor, un argelino en Roma para la familia.

Un verdadero rompecabezas que queda sin resolverse hasta el final y en el cual el espectador participa con diversión e interés, hasta descubrir que el significado de toda la historia reside en una trágica verdad.

La verdad de no ser aceptados por como somos. ¿No bastan las capacidades? Aún vale la pertenencia a un pueblo o a una raza para ser clasificados como BIEN o MAL. Aún vale un estereotipo o un rito para ser considerados capaces o menos.

Así que la decisión de participar al Ramadán para “Dino” no es tanto cumplir una promesa, sino intentar sacar su propia identidad perdida en mentiras y miedos, en una historia larga toda la humanidad.

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Algún cliché

Aunque la película sea un amargo y continuo revelarse de la debilidad del género humano que miente para vivir discretamente (o, mejor dicho, sobrevivir), la misma es, en cualquier caso, un ejemplo positivo de cómo deberíamos evitar caer en los escuálidos rasgos sociales de los “mal pensantes” que juzgan a un árabe por ser árabe y nada más. ¿Pero coómo no caer si todos prejuzgamos todo, desde una persona o un lugar hasta una cosa de poco valor?

Por supuesto que estamos cayendo en un cliché ahora ya consolidado en nuestra cultura occidental. Quizás Baroux ya sabía que el argumento en cuestión no era de los más originales. La tragedia es que sigue siendo un hábito y un problema de los más comunes hoy en día, por eso no puede ser nada más que un cliché.

Lo que el director hace “diferente” es demonstrar que todas las culturas tienen sus clichés, es decir que todos, desafortunadamente, tenemos nuestras limitaciones y nuestros prejuicios. En fin, estamos tristemente catalogados en serie. La serie de los árabes, la de los franceses, la de los italianos.

Pero no hay que considerarlo tanto como una película sobre los prejuicios raciales, como aparece. Baroux quiere demostrarnos una característica humana muy precisa, es decir que somos personas, en el sentido literal de la palabra: máscaras.

Asumimos un estereotipo porque nacimos con ello: nuestra culpa es no ser capaces de reconocerlo como tal. Mentimos porque siempre intentamos ser los más aptos para una situación u otra persona. Somos mil caras de una misma verdad o de una misma mentira, según como consideramos la cuestión.

Quiero ser italiano es ella misma una gran mentira cinematográfica, el espejo feliz y triste de nuestra contradictoria sociedad humana.

Escribe Serena Russo

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