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Algo nuevo bajo nuestro sol
Escribe Ángel Vallejo
He de contarles que uno de los más recurrentes dilemas a los que ha de enfrentarse cualquier crítico al calificar una película con nota como si de un examen se tratase, es el de hacer coincidir el dígito que la encabeza, que la prejuzga, con el grueso del artículo que debe justificarlo. Tal justificación resulta particularmente difícil cuando la valoración numérica debe circunscribirse a las cifras que van desde el 0 hasta el 5, donde no caben medias tintas ni decimales. Precisamente por eso el hecho de alcanzar un equilibrio entre los dos términos del dilema antes mencionado, puede ayudar a que la cifra no pese como una losa sobre la catalogación del público.
En ocasiones una cifra exigua es corregida por una crítica benévola, mientras que en otros casos una calificación hinchada merece ser como mínimo pulida por la consecuente crónica.
En el caso que nos ocupa, que podría ser paradigmático de lo segundo, uno no puede dejar de pensar que los chicos de Ilión han hecho una película más que digna, casi notable, pero que adolece de ciertas limitaciones que vedan su paso al olimpo de la excelencia; en ese sentido calificar con una nota de (3) puede considerarse una concesión ciertamente benéfica, pero que premia un trabajo bien hecho y una calidad innegable que sin duda pueden llegar a combinarse con una mayor dosis creativa para alcanzar la maestría. Esa nota es un voto de confianza sincero y un pequeño estímulo desde nuestra limitada influencia para animar a la continuación del camino emprendido.
Con respecto a la maestría, demasiado recientes son los ejemplos de Up y sobre todo Wall-e como para no establecer comparaciones odiosas, aunque sería igualmente injusto poner al mismo nivel el poderío económico y la solera de Disney/ Pixar con la modestia y la prometedora bisoñez de Ilión sin hacer notar que las producciones norteamericanas han costado de media tres veces más que la española.
Aún así, lo que parece cierto es que no sólo la distancia económica dota del plus de excelencia cinematográfica... es bien sabido que las más representativas obras de Dreamworks, compiten en presupuesto, pero no en calidad con Pixar. Sería razonable decir que Planet 51 no tiene nada que envidiarles de no ser porque comparte algo enjundioso con ellas; veamos...
Con respecto a la forma, Planet 51 ha alcanzado cotas insuperables: sus escenarios son detallados, brillantes, cuidados; la animación es prácticamente perfecta, siempre y cuando no nos vayamos a poner melindrosos con el asunto de las tres dimensiones (todo llegará, parece que los madrileños de Ilión ya trabajan en el asunto) y su recreación de un planeta extraño con el aspecto de los Estados Unidos de los años cincuenta es sencillamente perfecta.
Así pues, los peros no deben anotarse en el debe de la capacidad técnica. Es curiosamente en un apartado que los vincula a Dreamworks donde puede hallarse su principal hándicap: Planet 51 ha "fichado" a Joe Stillman, el guionista de Shrek para dotar de contenido a esa estupenda forma. No puede decirse que sea un desacierto si tenemos en cuenta que Stillman es norteamericano y nadie mejor que él puede conocer la idiosincrasia del país al que se honra en pertenecer: si lo que los chicos de Ilión buscaban era un caballo de Troya para introducirse en el mercado estadounidense, puede que Stillman fuera un adecuado Ulises.
Sin embargo, Stillman pasa por ser un guionista en horas bajas: la frescura del primer Shrek fue una sorpresa que no supo reinventarse en las posteriores secuelas; Stillman tenía una fórmula que funcionó en una película. Es dudoso que sus premisas basadas en una historia clásica y sencilla aderezada con los consiguientes y reiterados guiños cinematográficos triunfaran más de una vez, y sin embargo Stillman parecía recurrir a variantes más o menos originales de los mismos clichés sin plantearse un cambio de estrategia: Planet 51 es una historia con buenas intenciones, que maneja un adecuado discurso sobre el miedo a lo diferente, contiene notables gags sobre la paranoia y las profecías autocumplidas, y además posee un ritmo frenético en su primera media hora que de medirse según la reacción de los niños que asistían a la sala resulta enteramente complaciente.
Sus referencias cinematográficas son bastante logradas: la mascota de Alien, el vuelo en bicicleta frente a la luna de E.T., toda la revisión de los clásicos sci-fi de los años cincuenta e incluso la más que clamorosa emulación del robot Wall-e en Rover, que a pesar de resultar casi clónica se constituye en uno de los mejores personajes del relato.
Así que llegados precisamente a este punto lo único que puede objetarse es que ya hemos visto algo parecido, y que la brillantez visual que posee la película no va pareja con un cierto déficit de profundidad argumental que la lleva en ocasiones a regodearse con lo banal.
No obstante, no debemos olvidar que Planet 51 es una película para niños y que quizá lo que estamos pidiendo es un mejor trato a los adultos que los acompañan. Dado que Pixar nos ha malacostumbrado un tanto en ese sentido, nos parece exigible ese plus de substancia en toda producción animada, pero es posible que no todas las películas estén en disposición de conseguirla.
Esa es quizá la nota que convierte a los clásicos de los últimos tiempos en filmes más que notables, y que puede que los chicos de Ilión no necesiten afinar buscando más allá de nuestras fronteras. De seguro que aquí pueden encontrarse también grandes talentos creativos en el ámbito de lo argumental. Al fin y al cabo, Troya no se conquistó en un día.
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PLANET 51 (3)








