![]() |
|
Metáforas
Escribe Marcial Moreno
Marc Recha pasa por ser uno de los últimos irreductibles del cine independiente español. Últimamente ha declarado su predisposición a caer rendido en brazos de la industria a poco que ésta le lance algún señuelo, aunque no sabemos muy bien si tales propósitos son sinceros o están destinados a llamar la atención.
En cualquier caso lo es cierto es que su carrera, que irrumpió con fuerza en los círculos cinéfilos con la película que lo dio a conocer, El cielo sube, se ha mantenido fiel a una manera de contar las historias que casi se ha convertido en un estilo identificable, en una marca propia.
Sin embargo esta fidelidad a unas claves cinematográficas no parece que posea mucho más recorrido. El punto más interesante de su producción quizá fue alcanzado con El árbol de las cerezas, haciéndose desde entonces cada vez más evidente cierto aire de reiteración que no delataría sino el agotamiento del modelo utilizado, a saber, el de las historias íntimas que buscan ante todo la sugerencia de los sentimientos, enmarcadas casi siempre en situaciones donde la naturaleza tiene un especial protagonismo, y en las que la sencillez se constituye en máscara de la complejidad. El reconocimiento de los pocos frutos que aún puede dar esta vía quizá permita comprender los cantos de sirena que Recha parece lanzar a las grandes productoras.
Petit indi, su última entrega, confirma la línea que desde hace tiempo se viene observando. La película se estructura alrededor de la idea de libertad y su contrapartida, la imposibilidad de alcanzarla. Para ello se sirve de sucesivas metáforas que se van incrustando en una historia mínima, casi inexistente. La más importante la ofrecen los pájaros enjaulados, reflejo demasiado obvio de la prisión que sufre la madre del protagonista. Este es el primer círculo, la primera barrera, pero hay más.
La ausencia de libertad, se nos dice, es algo más complejo que el carácter infranqueable que ofrecen unos barrotes. Recha filma reiteradas veces la jaula en la que tiene a su jilguero tras otras vallas que ejercen la función de sucesivas cárceles contenedoras de otras más reducidas, ofreciendo la idea de que siempre queda una jaula que impedirá la escapada definitiva. Una jaula que, además, se interioriza, como lo delata el hecho de que ni los pájaros ni el zorro aprovechan la oportunidad de escapar cuando se les ofrece.
La cuestión esencial reside en que no cabe esperar una verdadera liberación porque no existe un lugar al que dirigirse tras obtenerla. No podemos huir porque no tenemos dónde huir. Para mostrar esta idea se utiliza otra metáfora, la del campo amenazado por la civilización.
La película está rodada en Vallbona, un barrio de Barcelona que representa, o representaba, el último reducto de la naturaleza al borde de la gran urbe. Sin embargo este residuo está desapareciendo bajo el empuje implacable de lo humano, de su cara más adusta, aquí expresada por grúas y demás maquinaria de construcción que se presentan como fieras preparadas para devorar el entorno aún virgen. La película se convierte así en la crónica de la desaparición de un barrio que aún convivía con lo natural, que es tanto como decir, al elevarlo a categoría, de un modo de vida, ese que aún permitiría cierta libertad.
Por lo tanto la prisión de la madre, la incapacidad del zorro para recuperar su vida salvaje (salvajismo que a pesar de todo debe seguir expresándose, aunque ahora en un contexto inadecuado), o la querencia de los pájaros por las jaulas que los contienen, no son sino consecuencias de la degradación de un mundo que quizá en algún tiempo fue feliz, pero del que ahora no resta sino un triste simulacro que toca a su fin. La toma de conciencia de esa realidad será cruel, pero inapelable.
El mecanismo elegido para contar la historia de esta pérdida es el propio del género documental. Aunque el relato es puramente ficticio, las escenas rodadas en el canódromo se recrean en una galería de tipos cuya justificación no pasa de ser la de dibujar un determinado paisaje, observados con la distancia de quien quiere dar fe de lo que existe sin inmiscuirse en ello.
Lo mismo ocurre con los planos que nos muestran los restos de la naturaleza y su inquietante amenaza. Los paseos reiterados del protagonista, sus idas y venidas, no parecen tener otra finalidad que la notarial, ofrecer un testimonio que nos permita en el futuro reconstruir, siquiera en el recuerdo, lo que está próximo a su desaparición.
De este modo se va construyendo un relato pausado, disgresivo, en ocasiones reiterativo, y en todo caso desproporcionado con respecto a la parquedad de su contenido. No hay mucho que decir, y ya desde el principio se adivina el mensaje, con lo cual la trama, si de tal cosa puede hablarse, queda cuanto menos lastrada.
El recurso a los personajes para sostener la historia también resulta fallido. Al margen de los secundarios (toscos, como el ladrón borracho), casi decorativos, los principales son, por decirlo de alguna forma, pintorescos. Es el caso del interpretado por Eduardo Noriega, del que no se sabe muy bien ni quién es, ni qué hace ni, lo que es más importante, qué aporta a la historia. Y sobre todo del protagonista principal, cuya actuación, o lo que el director le exige, resulta más que discutible. Mantener durante toda la película un rostro inexpresivo, inalterable, puede que pretenda sugerir profundidad o tormento interior, pero en la práctica no consigue sino indiferencia.
Y es que, como ocurre muchas veces, cuando lo importante es la intención se descuidan las formas. No deja de ser sorprendente la escena en la cárcel. Aunque al protagonista no se le permite visitar a su madre por encontrarse castigada debido a su mala conducta, la trasladan en ese momento (qué casualidad) a otro lugar y él estaba allí (¿dónde?) para verla pasar, aunque, siendo fiel a su personalidad, no pronuncie ni una palabra. Lo mismo podemos decir de la escena del robo en el canódromo, ofrecida con una torpeza indigna de un director ya experimentado como Recha.
Ya está bien de películas intimistas, de explorar en los recovecos del alma humana. La próxima una de guerra, lo cual, si bien se mira, también es indagar en lo humano.
| < Prev | Próximo > |
|---|
PETIT INDI (2)








