Pequeñas mentiras sin importancia (1)

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Decadencia de la grandeur

pequenas-mentiras-0Los estragos que una conversión súbita pueden causar en el ánimo de una persona suelen disfrazarse, para el converso, en una encendida fe a machamartillo, en unas nuevas convicciones ante las que no caben medias tintas: o estás conmigo o contra mí.

Si hacemos caso de las declaraciones del director y guionista Guillaume Canet, el impulso motor de esta película procede de las secuelas que una depresión, originada por un ingreso hospitalario, imprimió en su carácter.

De esa su nueva fe renacida cabría esperar una obra inconmensurable. Desgraciadamente, la obra sólo es desmesurada. Sentados en la butaca del cine, los espectadores somos testigos, durante ¡ciento cincuenta y cuatro minutos!, de un canto a la Amistad, con mayúsculas; de una declaración de fe en los valores intrínsecos que se establecen entre un grupo de amigos, la formación de cuyos orígenes desconocemos, pues el impulso y el afán del sentimiento amistoso es tal, que no necesita de ningún tipo de explicación.

Por tanto, además de público testimonial, nos convertimos, sin quererlo, en torturados participantes de un acto ceremonial del que no hay posible escape. Bueno, tal vez sí: haber abandonado la sala de proyección.

La liturgia de Canet se agota en los cuatro primeros minutos: un largo plano secuencia persigue y trata de caracterizar a Ludovico, Ludo, inmerso en mitad de una juerga nocturna, de la que por cierto hastío decide zafarse, abandonando la discoteca (boite), cogiendo el casco de su moto, enfundándoselo, arrancando la motocicleta, atravesando el amanecer en las aún desiertas avenidas parisinas y… ¡sorpresa! siendo brutalmente embestido por un camión.

Inverosímilmente, dado la magnitud del atropello, el personaje sobrevive. Pero esta supervivencia es tiempo prestado, de renta, el necesario para incardinar la historia de su grupo de amigos en las dos horas y media que nos quedan por saborear.

Obviamente, el crédito del que dispone el director es insuficiente: su historia está hipotecada ab initio, y ninguno de sus esfuerzos y giros sorpresivos de guión servirán para impedir que el paciente y sufrido espectador renuncie a la expropiación de una casa-película sobrevalorada; a un proyecto cimentado sobre la especulación, cuya tasación crítica por el público francés es a todas luces excesiva.

Los amigos del accidentado se reúnen en torno a su cama hospitalaria. Impactados por el estado de Ludo, se cuestionan si deben emprender las vacaciones anuales que, desde tiempo ha, comparten conjuntamente o, si en aras de permanecer junto al lecho del herido, deben renunciar a ellas. Como homenaje a la vitalidad del accidentando, se decide continuar con los planes previstos.

A partir de aquí, el director nos cuela todas las ocurrencias que se le van pasando por la cabeza, y el corazón, claro. Como el eje axial del grupo de amigos queda convaleciente, desaparece de escena, esta ausencia parece que debe propiciar que emerjan una serie de verdades que permanecían latentes en cada uno de los amigos.

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Básicamente, éstas se resumen así: por un lado, Vincent (Benoît Maginel), un fisioterapeuta felizmente casado con Isabelle (Pascale Artrillot), decide confersarle a su amigo y paciente Max (François Cluzet), un empresario de éxito casado a su vez con Verónique (Valérie Bonneton), que se ha enamorado de él, de sus manos…, aunque en ningún momento se siente un homosexual: es una atracción directa y única por Max.

Esta sub-trama será el pilar cómico que soporte la parte de comedia de la película, ya que Max, que en su calidad de empresario triunfador es quien sufraga las vacaciones del grupo, es un personaje que representa la estela de cierto landismo hispánico: enojado permanentemente, bruto pero sincero… Los equívocos de un Max con Vincent, su rechazo visceral a los requerimientos del amigo, tenues y muy educados y comedidos, se suceden a lo largo del filme, hasta que un arrebato del colérico Max explicita en público la condición de marica de Vincent. Durante unos instantes lo cómico roza lo dramático, pero coinciden en su falsedad y vacuidad.

La parte seria del entramado dramático corresponde a Marie (Marion Cotillard), una joven antropóloga —para algo Claude Lévi-Strauss es el padre de la antropología estructural— con una vida tan indefinida y oscilante como su propia sexualidad: lesbiana ocasional, promiscua, fumadora de porros, generosa con sus amigos… Su inestabilidad sentimental y su miedo al compromiso serán recompensados con un embarazo final, desconociendo la autoría paternal.

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Esta galería de amigos se completa con Éric (Giles Lellouche), un egotista donjuán, actos de teleseries, renuente al compromiso con su joven y bella novia; y con Antoine (Laurent Lafitte), el torpe y gracioso marido abandonado que, por todos los medios, intenta reconquistar a su mujer Juliette (Anne Marivin), lo cual consigue con la ayuda de Éric, pasando ella a engrosar la troupe.

Para que el espectador puede ingerir toda esta ensalada variopinta, el director ubica la película en un marco paradisíaco: en las landas francesas, en concreto en Bassin d’Arcachon. De esta manera permite al espectador que se solace, al menos, con la contemplación del paisaje, a la par que hace promoción turística de Francia, a ver si algún espectador se anima a pasar allí sus vacaciones.

Los personajes comen y comen; beben y beben y vuelven a beber; navegan en el yate del anfitrión Max. En fin, hay pie para la exhibición de toda una serie de postales esteticistas y hueras. La función axial de Ludo, postrado en el hospital de París, pasa a ser desempeñada por Jean Louis (Joel Dupuch), alma máter que se encargará de amenizar las vacaciones del grupo. Este personaje está interpretado por un amigo del director, es decir, no es un actor profesional. Canet rinde pleitesía a lo real, incluyendo un trozo humano de verdad, especie de muro en el que la falsedad de los amigos chocará y se agrietará. La sinceridad de Jean Louis es insobornable, como pésima su actuación y su caracterización.

Tampoco tiene desperdicio la inclusión de un tal Nassim, de nítidos perfiles árabes, que cumple la tarea de perorar todas las bondades de una vida relajada, sin estrés… una especie de yogui de la new-age posmoderna. A éste se suma la visita inesperada del amante oficial de Marie (¿dónde estaba?), un pseudo-hippy con guitarra, que ameniza la velada con sus canciones, en concreto con una canción que ha compuesto el propio director: To be true, a estas alturas en trance ya del arrebato místico y de la egolatría desatada.

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La catarsis final alcanza el cenit: la muerte de Ludo (ya era hora) propicia una secuencia relamida y tópica, como todo lo visto hasta ahora, con ocasión de las exequias del difunto. Allí cada uno de los personajes tiene rienda suelta del director para lanzar su perorata lacrimógena, su laudatio funebris sobre el féretro del fallecido. Las lágrimas inundan los rostros de los protagonistas sin ningún rubor para ellos: todo lo almacena el espectador. Como traca final, Jean Louis llega desde la costa, con su furgonetilla Citroen, se abre paso entre la concurrencia y de un saco que porta al hombro echa tierra del paraíso sobre el féretro. Fin, gracias a Dios. La secuencia de Cuatro bodas y un funeral merece un Oscar en comparación con ésta.

Por último, señalar la banda sonora, toda ella de raíz inglesa y norteamericana, un buen ejemplo de la hibridación mal asumida y de la mala conciencia francesa. Suena Bonnie Tyler, David Bowie, Janis Joplin, Iggy Pop y el My Way de Sinatra en versión de Nina Simone.

Agotado, el espectador abandona la sala, expulsado hace ya muchísimo tiempo de la película.

Cuánta complacencia, zafiedad, desvergüenza, descaro; cuánta vulgaridad, ramplonería, sinsentido. Si esto es una muestra de la excepcionalidad cultural francesa, una historia sin ningún tipo de control formal ni de gradación dramática, hecha a empellones, no sorprende la calurosa y cálida recepción de las películas de Almodóvar en la Galia. Au revoir!

Escribe Juan Ramón Gabriel

  Título  Pequeñas mentiras sin importancia
  Título original  Les petits mouchoirs
  Director  Guillaume Canet
  País y año  Francia, 2010
  Duración  154 minutos
  Guión  Guillaume Canet
  Fotografía  Christophe Offenstein
 Montaje  Hervé de Luze
  Distribución  A Contracorriente Films
  Intérpretes  François Cluzet, Marion Cotillard, Benoît Magimel, Gilles Lellouche, Jean Dujardin, Laurent Lafitte
  Fecha estreno  27/05/2011
  Página web  http://www.lespetitsmouchoirs-lefilm.com/