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PARTIR (3)

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Partir
Título original: Partir
País, año: Francia, 2009
Dirección: Catherine Corsini
Producción: Fabienne Vonier
Guión: Catherine Corsini
Fotografía: Agnès Godard
Vestuario: Anne Schotte
Montaje: Simon Jacquet
Intérpretes: Kristin Scott Thomas, Sergi López, Yvan Attal, Bernard Blancan, Aladin Reibel, Alexandre Vidal, Daisy Broom, Berta Esquirol
Duración: 85 minutos
Distribuidora:  Golem Distribución
Estreno: 13 noviembre 2009
Página web:  http://www.golem.es/partir/

El discreto encanto del obrero
Escribe Carlos Losada

Pues dicen que Catherine Corsini es una admiradora de François Truffaut. No lo ponemos en duda, entre otras cosas por este Partir, donde muestra las diversas sensibilidades de las personas, aunque incida, sobre todo, en la inmediatez de los hechos consumados para tomar partido y adoptar las decisiones más consecuentes, aunque no siempre sean, para el pusilánime, el temeroso o la burguesía acomodada, las más adecuadas y convenientes.

Partiendo de una historia casi tan vieja como los humanos, el clásico triángulo se organiza aquí desde un misterio inducido: de entrada, hay un asesinato. Y el flash back, que ocupa buena parte de la película, nos enseña los elementos de este drama familiar, burgués y obrero, con cierto toque realista y apasionado, teniendo además en cuenta, como es lógico, las debilidades, frustraciones y sueños que no se pueden evitar cuando la pasión es tanto física como liberadora. Y que obliga a partir, en más de un sentido, de la abrumadora cotidianidad que nos rodea, agobiándonos.

Partiendo de una historia casi tan vieja como los humanos, el clásico triángulo se organiza aquí desde un misterio inducido

Suzanne, incorporada de forma magistral, sensible y elocuente, por la muy buena actriz Kristin Scott Thomas, al sentirse hastiada de su universo burgués, tan acomodado como cerrado, formado por Samuel, su marido -un más que notable Yvan Attal-, médico en la localidad de Nines, sur de Francia, donde viven en una casa tan fría como amplia en compañía de sus hijos, decíamos que aburrida de su posición en la familia, convence a Samuel para volver a ejercer como fisioterapeuta; y por tanto se necesita hacer reformas en la casa para abrir la consulta.

Ahí surge la atracción hacia el discreto encanto del obrero, muy bien matizado en sus aspectos por Sergi López, haciendo de su tosca y vulgar sencillez un aliciente para desear amarlo. Sin prisas, con fluidez y tiempo para que todo vaya ocurriendo, la mutua simpatía entre Suzanne e Iván se vuelve necesitada pasión, que consuman después del explícito plano donde brindan sonrientes, y en esa sonrisa está el drama que conducirá al enfrentamiento con Samuel, que no tolerará ser abandonado por su mujer, que es suya y de nadie más: se sabe con las ventajas que da su posición y sus ideas.

Y Suzanne, atractiva y delicada, no consentirá el chantaje, con su hija adolescente resabiada a favor del padre y el hijo, adolescente y vital, comprendiendo su postura: lugar común que suelen darse en casi todos estos casos. Y decide irse con el obrero que estuvo en la cárcel, que vive con lo puesto, divorciado y con una hija pequeña, a la que ve a escondidas de su madre en playas catalanas. En el campo, rodeados de naturaleza, sueltan más su pasión y la viven con la pulsión apasionada de lo que no volverá.

Surge la atracción hacia el discreto encanto del obrero, muy bien matizado en sus aspectos por Sergi López

Cuando Samuel la deja sin dinero ni tarjeta de crédito, esperando que así vuelva, Suzanne reacciona con la obsesión que la consume: vivir y amar con Iván como sea, desde suplicar ayuda a los demás, hasta no comer lo suficiente. Y cuando vuelve al hogar es para el inevitable desenlace que en algún momento ha presentido -ese lecho conyugal tan conocido y ahora doloroso--, y esperar, casi con fatalismo gozoso, las consecuencias de sus actos abrazada a Iván, en el entorno de colinas que son testigos pasivos de su pasión.

Todo este drama está bien servido en secuencias y planos singularmente intensos cuando Suzanne toma decisiones, o se entrega a Iván en la habitación donde malvive; y en la discusión con Samuel, mostrándonos éste tanto su hipocresía como su calidad de macho que no consiente ser burlado ni relegado: el poder lo tiene él, por tanto ella no puede ni dejarlo ni sustituirlo.

En otros momentos hay una cierta dejadez, incluso frialdad, al contar la historia, como si Corsini no atinara con el montaje adecuado; o abusar del plano largo sin buscar la complicidad del espectador, porque siempre hay que atenerse a las imágenes, que deben comunicarnos lo que hacen, sienten y piensan los personajes, y de esa manera interesarnos y ser parte de la narración, sus intenciones, sus problemas y sus consecuencias.

Todo este drama está bien servido en secuencias y planos singularmente intensos cuando Suzanne toma decisiones

Lo que sí convence es la intensidad entre Kristin Scott Thomas y Sergi López, que nos lleva a ponernos de su parte y desearles suerte; cosa por demás absurda, porque la pasión, física y compulsiva, no conoce de suerte, aunque sí de comprensión por lo que nosotros  mismos pudiéramos sentir alguna vez.

Por lo demás, el análisis y la mirada crítica sobre la sociedad donde tienen lugar tales hechos, parece como si no se atreviese o no supiese mostrarla; bien por miedo a no acertar, bien por no confiar demasiado en su propio guión y planteamiento. Y sin embargo cuenta con una producción solvente de Fabienne Vonier, una muy buena fotografía de Agnès Godard y unos motivos musicales que Georges Delerue y Antoine Duhamel compusieron para películas de Truffaut.

Podemos verla, sentirla, entenderla; esperando, no obstante, que en su próxima película Catherine Corsini sepa admirar mejor a Truffaut, adentrándose en su humanismo, y nos ofrezca algo más, pero no menos, que el discreto encanto del obrero.

Podemos verla, sentirla, entenderla; esperando, no obstante, que en su próxima película Catherine Corsini sepa admirar mejor a Truffaut
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