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París, postal del cielo (francés)
Escribe Juan Ramón Gabriel
A lo largo de su historia, la cultura francesa se ha desplegado como un digno modelo de imitación, adquiriendo, en su vertiente cinematográfica, tanto a nivel teórico como efectivo, la férula de un modelo distinto y alternativo al de representación institucional establecido allende del océano. Tal éxito se sustentaba sobre el "hecho excepcional cultural", a saber, sobre un capitalismo de base estatal forjado con los mimbres de un nacionalismo unificador e identitario que buscaba preservarse del afán voraz norteamericano.
Sin embargo, hace ya varias décadas que el modelo presenta síntomas de cansancio y agotamiento. Para superar esta extenuación y "vitaminarse" dos son las opciones escogidas: asimilar el modelo de representación cinematográfico dominante (pero foráneo) al modo francés, o parapetarse en la nostalgia por un cine que fue seña de identidad nacional y al que se trata de imitar sin conseguir dotarlo del aliento que lo insuflaba, como un ejercicio retórico manierista carente de espíritu vital.
Ambas soluciones se intentan aplicar en este París, París: renunciando a cualquier tipo de representación "realista" deudora de la Nouvelle vague en cuanto mecanismo de formalización, paradójicamente se quiere tematizar un género de por sí escapista (el musical) con la realidad social del tiempo histórico en que se desarrolla la historia: el año 1936.
Dicho con otras palabras: se pretende calzar con el componente social un pie cuya estructura responde a una recreación impostada en estudio (y vía digital), deudora de ciertos musicales blancos e inocentes de los años treinta. Se pretende socializar un mecanismo de representación burgués. El resultado: un insoportable dolor de pies, que impiden caminar al filme desde que éste empieza a andar.
Esta pretensión fallida de cuadratura del círculo tiene su correlato ideológico: provoca sonrojo en el espectador el brindis final entre el patrón y los obreros como medio de superación de la lucha de clases que, levemente y sin mucha acritud, se ha mostrado en el desarrollo del argumento, pues tal solución era válida para el final de Metrópolis de Lang, pero resulta estentórea en una película actual, por muy nostálgica que sea la perspectiva adoptada.
Y, sin duda, la nostalgia por una época periclitada domina todo el filme de cabo a rabo. El título original, Faubourg 36, sintetiza este anhelo nostálgico con mayor precisión: el discurso elegíaco por unos barrios periféricos que la expansión urbanística y especulativa han borrado del mapa y, con ellos, toda una geografía emocional asociada a la proximidad vecinal y afectiva de unos pobladores que sustentaban sus vidas a través de una solidaridad propiciada por su convivencia diaria. Frente a la anonimia de la gran urbe, hay un lamento por un universo desaparecido, una especie de alabanza de suburbio y menosprecio de centro.
Como eje vertebrador, se alza un pequeño teatro-cabaret-music hall-varietés y el microuniverso asociado a él. Para exorcizar al fantasma del desempleo, los trabajadores, con la ayuda solidaria de los pequeños comerciantes del barrio, organizan un remedo de cooperativa artística, autogestionada por ellos mismos. Entre el coro de operarios, destacan tres, cada uno representante simbólico del tejido social francés de ese año treinta y seis, decisivo por significar el año de la victoria, en mayo, del frente popular de Léon Blum, es decir, un primer gobierno de izquierdas que concederá una serie de derechos laborales, tales como la semana de cuarenta horas y el mes de vacaciones remuneradas (esta es la parte de pedagogía política del filme). Al parecer, el ir a la playa era el afán último de la clase obrera francesa, su más anhelado galardón.
Milou, el electricista, es el sindicalista concienzudo, comunista y judío. Jacky será instrumentalizado para la causa fascista, antisemita y nacionalista a ultranza. Tal deriva le será cobrada por la justicia poética. Pigoil es el representante de cierto sanchopancismo francés: feo, bajito, gordo y de buen corazón, tan bien intencionado como patoso en su actuación. El guión se centrará en la intrahistoria familiar de este personaje para engastar el componente familiar y dramático de la película, recubierto de un tono almibarado, de un pegajoso sentimentalismo estereotipado y, lo peor, no lacrimógeno.
A estos tres personajes masculinos se les añade la bella y dulce Dulce (Douce), que retoma el apartado dramático y sentimental cuando sale de escena el problema familiar de Pigoil, amén de añadir el componente amoroso: bascula entre el amor puro por Milou y su sacrificio e inmolación por la causa (solidaria) en brazos del despiadado canalla Galapiat. Hay que resaltar que este antagonista es el único personaje lúcido en un mundo de ilusos, aunque el guión lo edulcore y sentimentalice, pues se enamora de la dulce Dulce, pobre huérfana que llega a París desde provincias para triunfar en el mundo del espectáculo, hija de una antigua corista que veinte años atrás fue la musa de un compositor que en la actualidad sufre agorafobia y vive recluido en su pequeña torre de marfil, siendo la radio el único punto de contacto con el hostil mundo. Max, que así se llama el compositor eremita, retornará a la vida cuando, al oír cantar a Dulce, la asocie como hija de su fenecida musa. Anagnórisis y folletín a partes iguales.
El teatro, comme il faut, recibe el nombre de Chansonia.
El guión nos hurta, mediante una elipsis de diez años, los interesantes asuntos históricos por los que Francia atravesó desde el invierno del treinta y seis al invierno del cuarenta y cinco. Una lástima. Eso sí, el elemento que da continuidad histórica es el teatro, que goza de un éxito inusitado gracias a la labor artística del vástago del servicial y sacrificado Pigoil.
Así pues, durante ciento veinte aburridos minutos, carentes de una unidad estructural que cohesione un guión que oscila entre el sentimentalismo nostálgico y el más desaforado folletín, los franceses se homenajean a sí mismos, nos muestran cuán satisfechos están de ser franceses y de su historia reciente, y nos regalan los oídos con una retahíla de canciones francesas. Vive la France!
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PARÍS, PARÍS (1)








