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Salto al vacío
Escribe Fernando Ramírez
Parece que Gus Van Sant ha conseguido situarse entre los directores más codiciados tanto en los patios de butacas bien pensantes de la meca del cine, que ven en sus obras una innovación formalmente cercana al academicismo, como en los círculos más independientes que observan un ideario basado en la rebeldía. Las diferentes etapas del realizador le han hecho coquetear con las grandes productoras, los grandes festivales y los grandes actores, siempre dispuestos a rebajar sus astronómicos sueldos por trabajar con un realizador todoterreno como él.
Van Sant se ha convertido en un nombre de referencia obligado en la actualidad cinematográfica y, aunque sea responsable de uno de los estropicios más infames de los últimos tiempos (recordemos la versión de la hitchcockiana obra Psicosis), su gloria no ha sido en vano. Un claro ejemplo de su oficio es su nueva -en cuanto a su estreno se refiere-, y depurada cinta, un ejercicio que desafía las leyes del estatismo visual y de la gravedad experimental.
Aunque Paranoid Park se haya estrenado ahora entre nosotros, es cronológicamente anterior a su última, y ampliamente aceptada, Mi nombre es Harvey Milk, que contó con el honor de recibir ocho nominaciones de la Academia. La situamos, a su vez, inmediatamente después de su "trilogía de la muerte", compuesta por filmes de alto rango, que lo volvieron a encumbrar como uno de los maestros más innovadores del cine independiente. Éstos fueron la desconocida Gerry, la magnífica Elephant y Last days, película que se estrenó envuelta en polémica por basarse libremente en la muerte de uno de los personajes-emblema de la generación de la pasada década.
Podríamos incluso afirmar que Paranoid Park ha sido concebida como el epílogo de la trilogía de la muerte, o bien, que Van Sant, no contentó con su exploración en forma de tríptico sobre el torturado universo adolescente, decidió convertir su triada en tetralogía. El filme bien podría ser una nueva vuelta de tuerca a lo que ya habíamos podido gozar con Elephant: una mínima excusa argumental de ecos severos, configurada como una increíble experiencia estética, que, además, entronca con el díficil camino que supone el paso a la vida adulta.
El salto mortal
Alex, un adolescente aficionado al monopatín, mata accidentalmente a un guardia de seguridad en los alrededores de un conflictivo parque llamado Paranoid Park. Él decide no comentar nada con nadie. Lo que el espectador observa es el proceso por el que atraviesa el muchacho, la deconstrucción sinuosa de un hecho que parece no acabarse de definir. La obra se sucede como la lluvia de imágenes que se producen en su mente, dando lugar a una poética sinfonía de impresionantes fotogramas, cortesía de Christopher Doyle, operador habitual de fotografía de Wong Kar-Wai.
El director decidió convocar un casting de actores, o aspirantes, no profesionales a través de MySpace. El filme confirma la teoría de que una actuación inexperta e intuitiva, basada en la propia experiencia y en la improvisación de las emociones posee igual validez que la interpretación milimétricamente estudiada. El conjunto de actores toma su pulso firme cuando baila al compás de Van Sant, quien ejerce de montador, guionista y director del producto, además de vigilar de cerca su diseño de sonido para hacer de él un elemento modulador de ondas que ayuden a la poética del filme.
Paranoid Park es un estilizado discurso sobre la culpabilidad, aderezado con una bella y caótica oda al mundo del monopatín, a la adolescencia que desafía la gravedad como escape de una vida agreste, al miedo y la emoción de lo desconocido y de lo nuevo, a la primera experiencia sexual y lo que ésta supone para el imberbe. Van Sant hace estallar un dechado de poesía visual que transporta al espectador a un viaje interior que reitera secuencias, juega con el tiempo y prodiga un uso iconoclasta de la música.
Si su anécdota sobre el papel resulta exigua, su realizador la convierte en toda una arquitectura elegante que causa un extraño efecto hipnótico. El realizador consigue un triple salto mortal, como si saltara subido a una de las tablas de skateboard que lucen los personajes en su huida hacia la libertad y hacia una realidad alternativa. El prodigioso aparato consigue sobrevolar las expectativas y nos recuerda algo que se tiende a olvidar, el poder de la cinematografía y de la imagen.
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PARANOID PARK (4)








