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NEW YORK, I LOVE YOU (2)

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New York, I love you
Título original: New York, I Love You
País, año: Estados Unidos - Francia, 2008
Dirección: Shekhar Kapur, Natalie Portman, Scarlett Johansson, Fatih Akin, Mira Nair, Brett Ratner, Randall Balsmeyer, Andrei Zvyagintsev, Joshua Marston, Yvan Attal, Allen Hughes, Shunji Iwai, Wen Jiang
Producción: Marina Grasic
Guión: Varios
Fotografía: Varios
Montaje: Jacob Craycroft, Affonso Gonçalves, Mark Helfrich, Allyson C. Johnson y Craig McKay
Intérpretes: Rachel Bilson, Orlando Bloom, James Caan, Hayden Christensen, Julie Christie, Bradley Cooper, Ethan Hawke, John Hurt, Shia LaBeouf, Natalie Portman, Blake Lively, Christina Ricci, Robin Wright, Anton Yelchin
Duración: 110 minutos
Distribuidora:  Filmax
Estreno: 16 octubre 2009
Página web:  www.newyorkiloveyouthemovie.com

Manzana caramelizada
Escribe Juan Ramón Gabriel

Mediante una delicada operación preñada de ternura y emotiva admiración, New York, I love you porfía por mondar la piel que recubre la Urbe por excelencia no sólo de la realidad histórica contemporánea, sino del imaginario cinematográfico; la megalópolis de la Modernidad y el icono fílmico de mayor alcance espacial, convertida en un universo centrípeto y centrífugo, capaz de atraer a su centro a todo aquél que desee medrar y de irradiar los modelos que deben ser emulados en pos del cenit urbanístico hegemónico.

Tamaño empeño, dada la envergadura de la Gran Manzana, se realiza colectivamente, a través de la cubertería de alpaca de diversas miradas cinéfilas que concurren en el desgaje de la fruta de la tentación, confabulados los comensales en atrapar el corazón de una ciudad cuya simbología cardiaca resguarda el Amor, leitmotiv de todos y cada uno de los segmentos de este despiece urbano y sentimental.

La megalópolis de la Modernidad y el icono fílmico de mayor alcance espacial, convertida en un universo centrípeto y centrífugo

Es tal el amor profesado y el respeto reverencial otorgado a su objeto de adoración, que se apuesta por desechar cualquier atisbo negativo que pudiera empañar el tributo rendido, de tal manera que se renuncia a una visión poliédrica o caleidoscópica, para centrarse en simples variaciones de una única nota: la más acendradamente romántica y almibarada, apartando toda arista genérica (el cine negro, policíaco, el submundo de la marginación, las drogas y la violencia; la corrupción, lo gangsteril, incluso el cine de catástrofes), relegando todo enfoque acerbo en aras de la degustación de una manzana caramelizada, que puede provocar el empacho del espectador que guste de una pulpa más ácida.

Aceptada esta selección reduccionista, por la pantalla desfilan un rosario de planos generales de los lugares más emblemáticos con que el arte cinematográfico ha convertido en emblema a Nueva York: el edificio Dakota, las caudalosas aguas del río Hudson, el Radio City Hall, Central Park, el vestíbulo de la estación de trenes, el metro, los puentes que unen las diversas islas, el Skyline, los innúmeros taxis amarillos..., espacios filmados de día, abiertos, por los que deambulan un hormiguero de personas, a las que se acercarán los directores a través de escenas más íntimas, la mayoría nocturnas, preferentemente en bares y restaurantes, incluso lavanderías o tiendas, donde se creará la atmósfera necesaria para el efluvio emocional.

El tabaco también ocupará un lugar preponderante como elemento de engarce entre desconocidos: fumar un pitillo en la acera nocturna de un abarrotado restaurante ofrece la ocasión propicia para entablar conversación con un desconocido y da pie a una posible relación, con sorpresa incluida.

Nueva York: el edificio Dakota, las caudalosas aguas del río Hudson, el Radio City Hall, Central Park, el vestíbulo de la estación de trenes, el metro

Semejante al contraste entre noche y día, espacios abiertos y cerrados, se lleva a cabo una contraposición entre viejas glorias del firmamento cinematográfico y la savia nueva del star-system. Se agradece la presencia de Julie Christie, la resplandeciente belleza de su rostro ajado en mitad de los surcos del tiempo, al igual que la tristeza infinita en el rostro devastado de John Hurt. Congratula la fisicidad y el carácter indómito, la violencia comedida e irónica que desprende la actuación de James Caan, encarnando a un cascarrabias farmacéutico de origen italiano, cómo no; el aura mafiosa que rodea y envuelve la presencia de Andy García, en la desagradable posición de adúltero y maduro profesor de universidad que no está dispuesto a ceder a su joven presa (una bella estudiante) ante el acecho de un joven cazador-carterista francés que la pretende y al final la conseguirá.

Es un placer comprobar la fragilidad física, los oscilantes pasos de un decrépito pero tozudo y malhumorado Eli Wallach, cuyo personaje atesora una relación de sesenta y tres años con su controladora mujer.

Junto a ellos, un Ethan Hawke en un papel verborreico y cómico, de perito sexual, al que dota de una idiotez atractiva; Robin Wright Penn, cada día más bella, elegante y seductora en una espléndida madurez asumida con una dignidad que la agranda como actriz, después de zafarse del Penn, que no la dejaba brillar.

Junto a estas vacas sagradas, la nueva hornada de actores jóvenes, el peaje necesario para abarcar un mayor espectro de público

Junto a estas vacas sagradas, la nueva hornada de actores jóvenes, el peaje necesario para abarcar un mayor espectro de público, para redondear el homenaje a la gran ciudad: Orlando Bloom, sucio, bohemio, diletante, a cuyo rescate se presenta la voz (y el cuerpo) de Christina Ricci; Natalie Portman, cuya presencia y talento está ahíto de un buen papel que le permita mostrar sus dotes de actriz; Bradley Cooper, Antón Yelchin, Hayden Christensen...

Particularmente, habría que destacar las secuencias dirigidas por Secar Kapur (John Hurt y Julie Christie), por su aliento poético, su tristeza melancólica; por Ivan Attal (Robin Wright Penn), gracias a la actriz del episodio y a la dulzura amarga y sorpresiva del episodio; por Bret Rattner (James Caan, Olivia Thirby), en donde se muestra un coito elíptico y metonímico, a la par que se ironiza sobre las once mil actrices del "método" que pueblan Nueva York.

Por último, destacar la presencia de la multiculturalidad en la trama: hay personajes de origen asiático, hindú, brasileños y "blancos" (italianos, franceses, ingleses y norteamericanos), así como de religión judía, cuya liturgia aparece ampliamente representada en una secuencia.

Sin embargo, brillan por su ausencia la "cuota" latina, la árabe-musulmana y la "negra". Quizá sea debido al origen nacional y cultural de los directores: turco-germano, israelí, asiáticos, orientales, estadounidenses; tal vez sea casual, o quizá se ha apostado por orillar aquello que era menos "cool" cinematográficamente, aunque constituyan casi el cincuenta por cien de la base real demográfica neoyorkina, pero no de la base icónica y cinematográfica de New York. Y de eso se trata: de representar lo representado, no de escarbar en la realidad "real".

Por último, destacar la presencia de la multiculturalidad en la trama
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