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Farsa imperatrix mundi
Escribe Ángel Vallejo
Disponerse a ver una coproducción en la que aparecen actores como Daniel Auteuil u Omero Antonutti puede parecer, en principio, una buena idea. Si a eso le añadimos que puede contarse, además, con la participación de la no precisamente actriz pero sí figurante de lujo Monica Bellucci, podemos deducir que la película cuenta con un reparto con suficiente caché como para convertirse en un producto no necesariamente mediocre.
Si además leemos la sinopsis, y reparamos en que pretende tratar la breve estancia de un Napoleón exiliado en la isla de Elba, podemos casi sentirnos seguros de que vamos a disfrutar con una buena historia. Incluso cuando comienza la proyección, un rótulo nos advierte de que la película ha sido catalogada con una mención especial por su interés cultural, aunque uno debería comenzar a sospechar en ese mismo instante, puesto que tal mención proviene del Ministerio de Cultura italiano, y lamentablemente, todo lo que pueda provenir de cualquier departamento del Gobierno del país transalpino, está hoy día bajo sospecha.
El espectador empieza a temblar ante la idea de que en cualquier momento Berlusconi aparezca como figurante o que las habitantes de la isla de Elba aparezcan transfiguradas en mammachichos o velinas de lujo que hagan ostentación de sus encantos físicos más que de su talento interpretativo. Un escalofrío recorre la espalda, y no precisamente porque el aire acondicionado de la sala esté muy alto.
A priori la sinopsis de la película resulta atractiva: un Napoleón desterrado por los vencedores ingleses es recibido en olor de multitudes por toda la isla de Elba. ¿Toda? No, un pequeño y joven maestro resiste al invasor, y pretende ajusticiar al emperador para vengar la muerte de millones de seres que perecieron inútilmente en sus guerras.
Sin embargo, todo lo que puede parecer atractivo, empieza a diluirse muy rápidamente en cuanto los primeros alaridos histriónicos aparecen en pantalla; uno empieza a ser consciente de que nos hallamos ante una película italiana de la peor calaña cuando los personajes pretenden crear situaciones humorísticas gritándose unos a otros sin razón aparente y cuando constata que en la presentación de los cuatro primeros personajes hay ya al menos tres arquetipos: la hermana histérica, la sirviente enamorada y el jovenzuelo idealista.
Éste último, protagonista del filme, no conseguirá en ningún momento librarse del lastre que supone una caracterización tan apresurada y tan burda, y se hará antipático durante todo el metraje, acaso porque se convierte en un personaje sin matices, idealista hasta el fundamentalismo, y tan torpe en sus relaciones humanas que ni siquiera es capaz de comportarse adecuadamente cuando se enfrenta a Napoleón, un personaje dual y magníficamente interpretado por Auteuil.
La caracterización del divino ególatra corso podría haber alcanzado las más altas cotas, dado el talento del actor francés, que sí está a la altura de lo que se espera de él, de no ser por un guión tan pobre que se agota en cuanto empieza a apuntar rasgos interesantes: la humanización del monstruo se intuye en apenas dos sentencias breves; la sensibilidad que atesora la bestia se despacha enseguida con una referencia sobre sus malos modales en la mesa; la comunión con el joven maestro se reduce a un pequeño intercambio de pareceres que apenas dura unos segundos.
Todo lo que podría haber sido un magnífico duelo se diluye hasta desaparecer, puesto que parecen interesar más escenas de gritos familiares o absurdísimas conversaciones de alcoba entre la Bellucci (como en casi todas sus películas, un decorativo jarrón sin talento y ya casi sin atractivo) y la hermana del protagonista, que las consecuencias políticas de la desmesurada ambición de Napoleón, apenas sugeridas por interesantes apuntes históricos como la relación con Beethoven, consecuentemente aderezada por una banda sonora que, quizá por pertenecer a los clásicos, sí se salva de la quema.
Con respecto a otros personajes, sobran el bufón irredento que pretende la mano de la hermana, que más que gracia produce una pena insondable, o la enamorada sirvienta, que apenas aporta nada a la historia excepto el tópico sobre la religiosidad de las clases bajas italianas. No sería justo, sin embargo, pasar por alto un personaje secundario casi sin importancia, el aya de Napoleón, pero que dota de cierta entidad dramática a una película que discurre más bien por las sendas de la farsa o la bufa. Ella sola hace más por humanizar la figura del emperador que todos los intercambios que mantiene con él el joven protagonista.
¿Y qué decir de Antonutti? Bien poco, puesto que sólo aparece en dos escenas, la última de las cuales proporciona un mínimo de dignidad a un filme que hace aguas por todas partes y que dice muy poco de la industria cinematográfica italiana, acaso atenazada por un desgobierno que dura ya muchos años, y que salvo honrosas excepciones, no es capaz de alumbrar películas con contenido, que es lo que venía necesitando este filme.
Una lástima pues, que todas las expectativas generadas en un principio se disipen tan pronto y que se desperdicie así una historia cuyo contexto histórico y político prometía una película de más altas miras.
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N, NAPOLEÓN Y YO (1)








