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Viaje al otro lado de la Luna
Escribe Ferran Ramírez
Desde sus títulos de crédito iniciales, Moon ya demuestra que su elaboración está planificada al milímetro. No hay nada casual en sus primeras secuencias, y muestra, a la par que proporciona, las claves por las que discernirá la experiencia.
Partiendo de un contexto futuro y de una base exánime, sorprende cómo el filme ofrece un poderoso recital. Y lo hace mediante un magnetismo estético que se torna adictivo; una partitura agradecida de un mago de las notas, Clint Mansell; y un actor que se sobrecarga con un peso interpretativo que supone todo un reto, donde reluce, a la par, su enorme talento. Hablamos de Sam Rockwell, quien aquí interpreta un doble rol impecable y supone todo un one-man show puesto que en el filme no hay más actor que él y la voz de Kevin Spacey retumbando por los pasillos de una nave espacial.
El astronauta Sam Bell vive una inhóspita soledad dentro de una nave espacial, puesto que lleva tres años en una estación lunar esperando que finalice su contrato para volver con su familia. Su única compañía es Gerty, una máquina inteligente que cuida de él y se preocupa por lo que le pueda pasar, pero está programada para esconder su futuro. Él, a través de un accidente laboral, descubrirá que su espera para regresar a la Tierra no va a finalizar nunca puesto que se encuentra con una copia idéntica de él. Pronto caen en la cuenta de que ambos son clones de alguien a quien nunca conocerán pero que viven su vida a través de su mente, su memoria y sus sentimientos.
La pluralidad de referencias es notoria. Duncan Jones, su realizador, hijo del icónico David Bowie, ha introducido en la que es su carta de presentación un conjunto de elementos ideológicos y físicos que la entroncan con la mejor de las tradiciones de la ciencia ficción.
Uno puede ver desfilar ante sus ojos momentos reminiscentes de Alien (la nave Nostromo se puede asemejar a la nave que capitanea Rockwell), 2001, una odisea en el espacio (Gerty es el equivalente moderno de HAL, la máquina amiga/enemiga de los protagonistas de ambos filmes), Atmósfera cero o incluso Solaris. Y quizás ésta sea su inspiración más directa. Moon despliega todo un artefacto visual que entronca con una enigmática metafísica que trasciende el argumento de la propuesta y se zambulle en el lado más oscuro de las ciencias humanas.
Se trata de una película bella y extraña, con un halo contemplativo y turbador, que resulta emocionante y que torpedea al espectador a un universo lleno de angustia existencial, recuerdos difusos y todo un espectro de emociones donde el protagonista no sabrá encontrarse, sino que no tardará en perderse. Logra, asimismo, realzar la claustrofobia y el desasosiego de la nave espacial, que aquí adquiere un poder insólito como parte inefable de la narración. La alienación, la robotización de los aspectos humanos y la necesidad de encontrar una identidad válida que se ajuste a quienes somos verdaderamente trascienden en un filme asombrosamente bien construido.
Y como vehículo neurálgico cabe decir que Rockwell obra el milagro puesto que sabe entender perfectamente lo que Jones ha querido transmitir con este poético filme. El actor se desdobla y crea dos construcciones opuestas y complementarias, rabiosas y conmovedoras, siempre llevadas por el deseo de conocimiento y de comprensión.
Moon podría casi entenderse como un experimento fílmico de bajo presupuesto, como aseguran sus notas de producción, y con todo, ha sabido crear un discurso revivalista de la sci-fi de los 80 y evocador. También se podría entender como una exploración de la negación y afirmación de encontrar una vida y una supervivencia. Erige sus cimientos con tan sólo unas líneas virtuales de suspense, un terrible viaje interior y exterior y la angustia existencial de un personaje a quien se le escapa.
Quizás no será una pieza maestra pero este viaje a la Luna bien podría ser el 2001 de este año... y de algunos otros.
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MOON (3)








