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El lobo estepario
Escribe Juan Ramón Gabriel
Ofrecer el reverso que se oculta sobre unos de los epítomes de la crueldad y la barbarie por excelencia, la figura histórica de Gengis Khan, es el objetivo declarado del director de Mongol.
Para soslayar los escollos documentados que la Historia pudiera poner en su camino, centra el dibujo de la figura del guerrero en sus mocedades y etapa de formación, erigiendo un retrato sobre aquellos aspectos que le permitan elaborar una historia sin ataduras a la mayúscula, ya establecida por los libros de texto.
Así pues, el niño y el joven Temudgin ocupan el espacio central de este relato de forja de un futuro conquistador. Su punto de vista es el elegido como narrador protagonista de su propia epopeya.
La película arranca en 1192, con el protagonista esclavizado y encerrado en una jaula cual fiera salvaje. De aquí, a través de una analepsis, regresamos a los nueve años del personaje, época crucial en su vida puesto que su padre lo conduce hacia el territorio de los enemigos merkits para que elija a su futura mujer, casamiento concertado con el cual su progenitor espera poner fin a las hostilidades con la susodicha tribu, hostilidades que él desató con el rapto de su esposa merkit años atrás.
Una vez producida dicha elección, empiezan las penalidades que debe afrontar el futuro gran Khan: su padre es envenenado y su clan diezmado; él jura venganza y en previsión de su cumplimiento es esclavizado; se escapa con la ayuda del joven Jamukha, con el que rubricará un hermanamiento de sangre; vuelve a ser capturado; se vuelve a escapar; busca a su prometida; se casan; su mujer es raptada; él nuevamente es capturado y enviado como esclavo al reino de Tangut; su mujer urde su fuga (el discurso temporal retoma el tiempo del presente: estamos otra vez en 1192); él decide formar un ejército e iniciar la formación de un gran imperio mongol; se celebra una batalla decisiva por el poder entre Temudgin y su hermano de sangre y ahora adversario Jamukha; vence a éste en la guerra civil; comienza su reinado y unos cartelitos nos indican que en 1206 barrió del mapa el reino de Tangut, donde había permanecido esclavizado.
Toda esta multitud de acciones se diegetizan con una cadencia tediosa, con un ritmo donde se destaca lo accesorio y se eluden los elementos catalizadores; donde lo pedagógico discursivo ocupa el espacio de la sintaxis narrativa: de buenas intenciones está empedrado el infierno, y esta película también.
La descompensación del tiempo del relato (se utilizan ¡ochenta minutos de metraje¡ para desarrollar la etapa de aprendizaje del protagonista) se expande al resto de componentes que han de cimentar sus pilares: lo intimista melodramático está pésimamente conjugado con lo épico externo; no hay una catálisis ni sentimental ni factual que dote de entidad los cauces argumentales que se quieren hacer fluir: el agua narrativa está estancada, y ese estancamiento produce aburrimiento.
La baza mejor lograda de la película, a saber, la fuerza del espacio donde se desenvuelve la trama, se desaprovecha por no haber sabido imbricarla en la caracterización de los personajes y de sus resortes conductuales. La infinitud de la estepa, su plasmación espectacular a través de constantes planos generales queda como un mero recurso formal, paisajístico. Lo exótico se apodera de la pantalla, exponiendo la oquedad del guión y de los personajes. Roza el documental a lo National Geographic o al modo de los programas de Pilot Guides.
En ocasiones parece que nos encontremos ante un trabajo de campo etnográfico sobre las costumbres y hábitos tribales de la edad media mongol.
Este antropologismo se adereza con unas gotas de esoterismo: la causa principal de su éxito será el dominio, por parte del protagonista, del miedo atávico que sus congéneres rinden al trueno. Del mismo modo, su veneración animista a la figura del lobo le servirá para interiorizar las facultades de este animal en su propio provecho.
Ya desde el principio, el personaje aparece revestido de una serie de cualidades innatas que lo catapultarán a su condición de caudillo, ergo todo lo demás sobraba.
El componente sapiencial lo adquiere por el contacto con dos ancianos que se apiadan de su penosa condición de oprimido y que, por ciencia infusa, el protagonista incorpora a su personalidad, adquisición que le infunde la magnanimidad y magnificencia propia de su estatuto de elegido como rector de pueblos. Esta magnanimidad alcanza cotas de generosidad extraordinaria en el trato que le otorga a su mujer, verdadera alma mater que rige los destinos del marido, aun a costa de ofrecerle dos hijos bastardos.
Las escenas de movimiento de masas de las dos batallas resultan pobres, carentes de vigor y fuerza, intentando suplir esta carencia con ciertos planos propios de enfrentamientos sanguinolentos de artes marciales.
Híbrido de excesivos y mal mesurados ingredientes, el filme no alcanza ni el modelo genérico de aventuras americano (Los vikingos, de Richard Fleischer) ni la poesía espacial y humana de un Kurosawa en Dersu Uzala (El cazador).
Flaco favor se le ha hecho al mito de Gengis Khan con esta revisión histórica desde la corrección política imperante; cinematográficamente, una gota de agua sin importancia en el mar (¿muerto?) del cine épico.
