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Cine Ikea
Escribe Juan Ramón Gabriel
En contra del argumento de la mayoría y de la cantidad, lo primero que cabe decir es que los libros de Stieg Larsson son mala literatura, lo cual no sería óbice para llevar a cabo una buena adaptación cinematográfica de los mismos, que no es el caso; por lo que nos encontramos con una ajustada correspondencia entre el texto literario y el texto fílmico: ambos son horrorosos, una mácula para la literatura y el cine suecos.
A pesar del argumento de autoridad con el que se han querido avalar ambos discursos desde el diario independiente de la mañana (sendos artículos de Vargas Llosa, en lo literario, y de Jaime Guillamet, catedrático de periodismo en la Pompeu Fabra, en lo histórico-sociológico), las obras en cuestión no resisten la aplicación de un mínimo argumento de calidad.
Literariamente es una trilogía pésimamente escrita, con unos diálogos propios de un coloquialismo y una vulgaridad exentos de cualquier modalización literaria, no ya por coloquiales o emuladores de un nivel léxico propio del lenguaje "hablado", de la calle, sino por ramplones, tejidos con frases hechas y clichés vacíos por usados y repetitivos; con unos personajes estereotipados, acartonados, ahítos del más elemental soplo de vida literaria, guiñoles de cartón-piedra; con una trama rocambolesca y folletinesca, disfrazada de thriller, basada en la resolución de un enigma y de una falsa imputación de asesinato a la par que se indaga en los entresijos psicológicos de la tortuosa alma y del torturado cuerpo de la protagonista; trama sostenida sin el más elemental respeto a la lógica de la narración, mostrando ostensiblemente los costurones con que se intenta hilvanar la historia y los trucos, propios de la chistera de un mago, que saltan a la pantalla cual conejos espantados en su loca carrera para no ser cazados por un atento espectador.

Si en la primera parte de la saga Millennium se realizaba una poda literaria que agilizaba la traslación cinematográfica, ahora, en La chica que soñaba..., se nos viene encima toda la anterior hojarasca eliminada, convirtiendo esta nueva adaptación en un mero telefilme, sin entidad ni enjundia para ser tildado de "cinematográfico" el engendro resultante.
El largo título de la obra, digno del mamotreto literario que alberga y que los nuevos soportes técnicos de escritura (el procesador de textos) propician, responde a la idea matriz que fecunda la saga: la pesadilla recurrente que atormenta a la protagonista indiscutible, Lisbeth Salander, cuya secuencia ya se nos había mostrado en la primera entrega, como anticipo del protagonismo que alcanzaría en las posteriores películas. Esclarecer el tormentoso sueño de Lisbeth, indagar en las causas objetivas que lo provocaron e intentar comprender la turbia personalidad de la joven hacker a raíz de las secuelas anímicas que laten en su belicoso espíritu, canalizadas a través de la androfobia que la constituyen, es el leitmotiv del (tele)filme.
Su antiguo compañero de aventuras, el periodista Mikael Blomkvist, codirector y copropietario de la revista que intitula la trilogía, Millennium, pasa a desempeñar ahora el papel de mero comparsa, de ayudante de Lisbeth. Es decir, los papeles se han invertido con respecto a la primera entrega. De este modo, ambos sólo comparten protagonismo en la secuencia conclusiva de la historia, y la ausencia de contacto entre ellos acaba por finiquitar el exiguo interés que su presencia generaba en la pantalla: la atracción erótica y sentimental que se había desplegado entre ambos desaparece, con consecuencias funestas para Lisbeth y para el rédito argumental. Obviamente, habrá un próximo reencuentro en la tercera parte.

La denuncia de la violencia de género que parece constituir y corroer a la sociedad sueca, frente a la que Lisbeth se erigirá como ángel exterminador-vengador, es tan burda cinematográficamente, que se convierte en una pesada losa que recubre no sólo el aspecto ideológico, sino también el narrativo.
Lisbeth es una protomártir de los machos irredentos, que ha sufrido en sus propias carnes todo un rosario de violaciones literales desde su más tierna infancia, desde que a los doce años decidió poner fin a todas las sevicias y humillaciones que su padre infligía a su madre, ante cuya lápida se conjura para tomar justa venganza contra todos los hombres que han participado en su particular vía crucis de violencia sexual.
Parece como si el deshielo de los espacios y escenarios, la licuación de la nieve que recubría los paisajes, hubiese dejado al descubierto la baldía tierra que recubrían.
Ahora surgen, como setas, toda una galería de personajes que acompañan las andanzas y aventuras del aguerrido e insobornable periodista y de la diminuta pero granítica hacker, que ha perdido los poderes que la convertían en una heroína del ciberespacio: excepto en la escena inicial, que desata y retoma un conflicto que se pensaba zanjado (la neutralización, mediante un lema tatuado en su cuerpo, de la bestia violadora del administrador legal y tutor de Lisbeth, Nils Bjurman), el manejo de su "arma" de defensa personal, su cuaderno de bitácora personal y social, se queda "colgado", abandonando a su usuaria a los embates de los enemigos que la acechan.
Entre los personajes que deambulan por la paupérrima narración, destacan un comisario judío (¿?), de probada incompetencia profesional; el antiguo administrador de Lisbeth, un provecto y venerable anciano que en su retiro en un asilo aún ejerce de ángel custodio; un ex-policía de la Sapo, el servicio secreto sueco, consumidor de "jovencitas rusas" y cuya mirada se posa obsesivamente sobre cualquier escote femenino que se le ponga a tiro; un periodista "putero"; la copropietaria y directora de la revista Millennium, Erika, ocasional amante de Mikael; una pareja de novios, periodista y socióloga, respectivamente, cuyas pesquisas sobre la trata de blancas en Suecia serán el catalizador del conflicto, marcando el tono genérico de película de espías y de conspiración que se intenta desarticular y denunciar (significativamente, la tesis de la socióloga se titula Desde Rusia con amor); la antigua novia de Lisbeth, que reaparece en su vida y que propicia una escena erótica de contenido lésbico; un antiguo amigo experto en artes marciales, entrenador y preparador antaño de la protagonista; un par de motoristas y traficantes de droga; el doctor que ordenó el ingreso y la reclusión de Lisbeth a los doce años, tras prender fuego a su padre, y que pone tal celo en la terapia de reinserción de Lisbeth, que se convierte en su primer violador (de momento; ya veremos que nos depara la tercera entrega); y, como estallido y traca final, la aparición de los parientes más próximos de Lisbeth: su padre, desfigurado físicamente, indicio de su horripilante interior, y un descomunal y gigantesco hermanastro, remedo del personaje Tiburón de la serie 007, caracterizado externamente por su oxigenado cabello e internamente por sufrir "analgesia congénita".
La mayoría de las secuencias rayan en el absurdo y la idiotez, son inefables e inenarrables, por sí mismas y por su nula inserción en la ley de causa-efecto narrativa. Cabe señalar la escena del rapto de los amigos de Lisbeth y su encierro en un granero en mitad del bosque, a la espera de ser torturados por el hermanastro que aparece con una moto-sierra en ristre, sin hacer uso de ella; tampoco tiene desperdicio la sesión de "interrogatorio" que Lisbeth ejerce sobre el periodista "putero", donde ella aparece travestida de medio samurai, medio indio piel roja; o la escena protagonizada por los moteros, cuando sorprenden a Lisbeth en la casa de campo de su administrador; o el enterramiento vivo que sufre la joven hacker, de claros ecos tarantinianos.

Se nos vienen a la memoria imágenes distorsionadas, por la impericia del director, de La matanza de Texas, Hard Candy, Kill Bill, etc. Es como si estuviéramos delante de un kit de auto-montaje de un mueble de Ikea, dejando al albur del espectador el ensamblaje del producto. Qué tiempos aquellos en que los productos suecos eran emblemas de lo pesado, denso, consistente: los "Volvos", el cine de Bergman.
Está claro que la lógica del mercado, el bestseller editorial y su correspondiente blockbuster cinematográfico, han sabido aprovechar y explotar la inexistente lógica narrativa del libro y la película, incluso ampliando la onda expansiva del éxito (negocio) al mundo de la televisión, con la confección de una serie sobre la trilogía, serie que producirá la cadena hermana del diario supracitado, lo cual explica la causalidad de los encomios aparecidos en sus páginas, pero no refuta la casualidad del pésimo material con el que se ha estado trabajando hasta ahora.
Para los fans, que haberlos haylos, también se ha creado una ruta turística, en Estocolmo, con todas las localizaciones que aparecen en la película o se mencionan en la novela.
Y parecían tontos los suecos.
Crítica de Millennium 1 en Encadenados.

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