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Disolución final
Escribe Ángel Vallejo
No debe ser tarea del crítico facilitar al lector y posible espectador de una película cualquier criterio para interpretar "adecuadamente" la misma: estaría incurriendo en la abusiva falta de imponer su perspectiva, su particular visión, y entorpecería gravemente no sólo el disfrute de la misma, sino aún la capacidad de una obra para defenderse por sí sola frente a la valoración del público.
Quizá Mein Führer no precisa de tales indicaciones sobre la interpretación de su contenido porque es probable que no contenga ninguno, pero de igual modo considero justo apuntar que no se trata de un producto totalmente banal, que la grotesca caricaturización de Hitler no pretende en absoluto despojar de maldad sus actuaciones y que de verdad parece haber algo en su disección psicológica ligeramente más profundo que la apelación a los traumas infantiles para justificar aquéllas.
Dicho esto debemos hacer notar que la película peca precisamente de ligereza: no se trata de dirimir la infinita cuestión sobre si debe bromearse sobre estos temas; es inevitable pensar que con el nazismo sucederá lo mismo que con las películas sobre el imperio romano, sobre la historia bíblica o sobre la conquista del oeste, que también pudieran haberse tomado a broma hechos históricos no menos sangrientos y crueles que los del pasado siglo, pero sobre cuyos acontecimientos ha transcurrido tanto tiempo que ya no parecen agitar conciencias cívicas ni fantasmas éticos.
No, de lo que se trata es de poner un poco de inteligencia en el tratamiento, siquiera fuese por que el hecho de que despertar el interés sobre el asunto (y el sentido del humor es uno de los mejores medios para hacerlo) puede hacer que el espectador consciente esté dispuesto a profundizar sobre el tema incluso desde nuevas perspectivas.
Pero no, lamentablemente Mein Führer se queda en el intento; es cierto que casi durante la primera hora logra caricaturizar adecuadamente todo el aparato nacionalsocialista, absurdamente burocratizado y lleno de parafernalias y gestos absurdos. También es cierto que se apuntan interesantes -aunque superfluos- detalles sobre los medios de manipulación de masas y sobre la capacidad real de un Hitler agotado que no era capaz de sostener un proyecto que sólo en parte fue suyo... pero no lo es menos que a veces la caricatura pretende abundar en temas ridículos que restan credibilidad al proyecto: ¿Hitler orinándose en la cama es un recurso adecuado para mostrar lo infantilizado del personaje o un escarnio innecesario que hubiera podido asemejarse a ponerle orejas de burro? ¿Y el discurso sobre su impotencia o su nula capacidad amatoria en qué ayuda a su definición como personaje histórico? ¿Acaso no hay personas normales que sufren los mismos problemas que no tienen nada de gracioso?
Aún así, el fime de Levy (sí, es un apellido hebreo), se deja ver con cierto interés siempre que se quiera poner un poco de nuestra parte, y este es el problema al que aludía al principio: es una película que exige algo al espectador, pero no algo tan profundo como la complicidad, sino tan esforzado como la fe o la buena disposición a creer en un proyecto un tanto difuso: hay que hacer un serio esfuerzo para ver en Adolf Grünbaum (estupendo Ulrich Mühe) a un antihéroe que pretende ser Schindler, pero que apenas se conforma con creer que sus verdugos no le están engañando... hay que tener una manga muy ancha para no quedarse en la interpretación freudiana de los complejos de Hitler y entresacar entre todo ello que no debe tratarse autoritaria y despóticamente a los hijos, sino con un amor que luego redundará en beneficio de todos. Hay que poner, en resumen, mucho de nuestra parte para no defenestrar un filme que apuntaba muy alto, pero con una escopeta de feria.
Porque si hay algo definitivo en Mein Führer, es que se diluye absolutamente en su desenlace. Un epílogo absurdo, diría que casi improvisado, acaba dando al traste con todas nuestras buenas intenciones y con la posibilidad de otorgarle al menos un (2) que casi sin duda merecería de no mediar tamaño despropósito.
Un discurso final puede ser una estupenda manera de que el protagonista se luzca y saque su ingenio, pero más allá de una magnífica escena en la que Grünbaum es confundido con Hitler en un balcón, a Ulrich Mühe apenas se le da la oportunidad de redimir a su personaje en la escena final.
Es una lástima que hayamos de recordar este trabajo como el último de un estupendo actor que nos dejó hace tan poco tiempo, cuando aún disfrutábamos de la recreación de su Gerd Wiesler en la magnifica La vida de los otros (Florian Henckel Von Donnesmarck, 2006).
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MEIN FÜHRER (1)








