Ubi sunt?
Después de la muerte cinematográfica del héroe arquetípico —más bien del antihéroe— perpetrada a modo de suicidio redentor por su propio creador, encarnado en el personaje de Kowalski en Gran Torino, Clint Eastwood parece decidido a poner en imágenes, con total libertad y sin más ataduras que su propia convicción personal e íntima, aquellas historias que le permitan testar sus últimas voluntades fílmicas.
En Invictus realizaba un rendido homenaje a la figura de su admirado Nelson Mandela, a través de un biopic en el que la épica deportiva servía de instrumento político para restañar las heridas de una nación desgarrada durante decenios por la segregación racial del apartheid.
Sin ningún tipo de transición, Eastwood opera un giro de ciento ochenta grados para, manteniendo al actor antagonista del canonizado Mandela, Matt Damon, bucear, mediante inmersión libre, sin ningún tipo de apoyo artificial que coadyuve a aumentar su resistencia pulmonar, en los abismos insondables de la muerte.
Pues de eso trata este su último proyecto hasta la fecha: de explorar el lábil territorio del más allá, de indagar en los límites que separan la frontera entre la vida y su antónimo por excelencia: su acabamiento, su finitud, su conclusión o, tal vez, no. A esta duda se agarra el guión para emprender un periplo que rechaza, de entrada, una aproximación ontológica, una respuesta metafísica, a pesar de que la pregunta sea la misma que ejercía el caballero cruzado de El séptimo sello sobre la infeliz joven, acusada de brujería, momentos antes de ser quemada en la hoguera: qué hay más allá de la vida.
Tampoco se quiere parapetar el director en una cuestión de fe, en un acercamiento desde los lindes religiosos, tal y como esta perentoria necesidad de encontrar una respuesta había sido planteada por el propio Eastwood actor en sus personajes de Million dollar baby o del supracitado de Gran Torino: hallar un consuelo, aceptar la gracia como mecanismo de salvación.
Por tanto, la única salida viable para arrostrar esta geografía mortuoria será la más objetiva y científicamente posible, a riesgo de atravesar, precisamente, las aduanas de lo racionalmente admitido, para desembocar en el ámbito de lo parapsicológico, en el vasto dominio de lo sobrenatural, frisando con lo esotérico y el espiritismo. Aquí se instala, pues, la mirada de Eastwood; aquí recala su inmersión y de aquí sale malparado, casi moribundo, pues le ha faltado oxígeno diegético en tan peliaguda profundización.

La perspectiva adoptada lo emparenta con modelos próximos a la ciencia ficción de carácter psicológico (La zona muerta) pero, especialmente, con el aluvión de series televisivas surgidas a raíz del éxito de El sexto sentido. Muy a su pesar, la película discurre por estas sendas próximas al abismo de la superchería, a los acantilados del mero entretenimiento fantasmagórico y espectral que ocupan y pueblan series televisivas de gran éxito popular, como Médium o Entre fantasmas, a lo que tal vez no sea ajena la sombra alargada de Spielberg en la producción de la película.
El dominio y el buen oficio del director de Mystic River disponen una contención férrea, una distancia con respecto al mundo de ultratumba por donde se desenvuelven sus personajes, a fin de evitar la caída en lo más superfluo y trillado del asunto, contención que no cumple la función asignada debido a que no puede impedir, y suplir, el escaso recorrido dramático que el guión asigna a los personajes.
Tampoco alcanzan a crear la atmósfera de desasosiego y desazón perseguida las tres historias en paralelo que se suceden, pues en vez de ir trenzando una unidad encaminada a conseguir un clímax catártico, esta multiplicidad resta intensidad al dolor que debería enseñorearse de la pantalla. Los tres afluentes narrativos, su triple partición simultánea, van obstaculizándose mutuamente.
Cada uno de los centros geográficos (San Francisco, Londres y París) en donde habitan los protagonistas responde a tres diferentes modos de representación. La historia protagonizada por la periodista francesa (magnífica y extremadamente bella su actriz protagonista, Cécile de France) imita al modelo francés: preocupación política e intelectual, sofisticación, ánimo de denuncia y de crítica. La orfandad del protagonista londinense expone trazos propios del cine de Ken Loach, de cine social con reminiscencias dickensianas. Por último, Matt Damon, en su papel de George Lonegan, debería convertirse en el eje axial en tanto en cuanto en su persona reside el don de la conexión con el mundo de ultratumba, un don que el personaje vive como una maldición de la que quiere exorcizarse para poder simplemente vivir su propia vida y aspirar a una felicidad que anhela con todas sus fuerzas y que no es capaz de buscar por estar sometido a la égida económicamente interesada de su propio hermano y a sus propios fantasmas interiores. Su decisión voluntarista pondrá fin a tan alienante situación.

Más allá del arranque espectacular y del forzado final liberador de la tensión emocional reprimida, la película trastabilla en el desarrollo y retrato de cada uno de los tres personajes, con algunos giros de guión tan efectistas como previsibles (la muerte de uno de los hermanos gemelos; el atentado en el metro de Londres; la separación del amante con la consiguiente pérdida del empleo por parte de la periodista francesa). La gélida puesta en escena resulta plúmbea en ocasiones, restando desesperación al dolor de los personajes por una redundancia de acciones y una prolongación de secuencias que hurtan, por sobreexposición, intensidad.
De igual modo son innecesarias las explicaciones de base cientificista con que se quiere ilustrar tanto el origen de la gracia de George como la investigación emprendida por Cécile, con su visita a un hospital para enfermos desahuciados en Suiza y la posterior entrevista con la doctora directora de la institución e informante que corrobora las certezas inciertas sufridas y experimentadas por Céline.
En cierto modo, lo melodramático se va apoderando de la narración a medida que está llega a su conclusión. Todo el sufrimiento y dolor acumulado por los vivos se disipará al aceptar la inevitabilidad de la muerte de sus seres queridos, de lo inefable de las experiencias vividas, de su propia capacidad para zafarse de sus fantasmas interiores y empezar a vivir de nuevo, por su propia cuenta.

Al fin y al cabo, la película ha pretendido mostrar este sufrimiento, real y tangible, de los que permanecemos en la orilla de la vida, la profunda desolación y soledad que en ocasiones nos pueden atenazar, pero que no debe paralizarnos. La secuencia final, en la que George puede materializar su amor sobre Marie, la periodista francesa, es un buen exponente de la concomitancia entre los dos mundos no tan antagónicos. El hecho de que ella haya convivido con la muerte durante un lapso de tiempo libera a George de su maldición personal, de su poder parapsicológico. Sus dos experiencias contrapuestas se funden en su amor, aquí y ahora, que los despojará de sus respectivos imponderables fantasmagóricos y fantasmáticos.
Por contraste, el más allá es una frontera que nos acompaña, indescifrable y cinematográficamente irrepresentable sin entrar en territorios difíciles de hollar, a riesgo de caer en el ridículo o en lo fantástico, aunque Eastwood se haya atrevido, con valentía, a posar su cámara sobre tan inhóspito paisaje, suavizado musicalmente por la música de Rachmaninoff y fragmentos operísticos de Donizetti, Bizet y Puccini.
Osadía que deje entrever, un paso más allá del crepúsculo, la impronta de una dilatada y sólida carrera en el mundo del cine.
Escribe
| Título | Más allá de la vida |
| Título original | Hereafter |
| Director | Clint Eastwood |
| País y año | Estados Unidos, 2010 |
| Duración | 124 minutos |
| Guión | Peter Morgan |
| Fotografía | Tom Stern |
| Distribución | Warner Bros. Pictures International España |
| Intérpretes | Matt Damon, Cécile De France, George y Frankie McLaren, Jay Mohr, Bryce Dallas Howard, Marthe Keller, Thierry Neuvic |
| Fecha estreno | 21/01/2011 |
| Página web | http://wwws.warnerbros.es/hereafter/index.html |