Ingredientes caducos
En pleno apogeo de la canícula estival, el cine italiano más comercial encuentra una entusiasta acogida en las excesivamente refrigeradas salas de cine españolas. Este favorable recibimiento no sólo obedece a la proximidad idiosincrática de ambas naciones, a su contigüidad histórica y cultural, a su mutua empatía, sino que es una acrisolada prueba de la eficacia del diseño italiano, que ha convertido la marca “Italia” en uno de los destinos turísticos más deseados para el viajero español.
En cierto modo, la contemplación de este tipo de películas italianas intrascendentes, superficiales, burbujeantes y refrescantes; ancladas en los más manidos estereotipos de la italianidad perfilados a lo largo del tiempo a través de la otrora divertida y ácidamente crítica comedia italiana cinematográfica de las décadas de los cincuenta, sesenta y los decadentes setenta, este tipo de cine, pues, actúa como una especie de promoción turística de los valores italianos, suscitando el deseo de visitarlos para quien todavía no los conoce, provocando la remembranza suavemente nostálgica en quien los ha disfrutado in situ.
Como elemento puramente cinematográfico, representa el estertor de un cine agotado, sin ideas, que busca sus fuentes de inspiración en una especie de aggiornamento de la mencionada commedia all’italiana, imitando de su ilustre antecesora los aspectos más hueros y superficiales, incapaz de mostrar un mínimo de modernidad, dado que el regodeo con la periclitada tradición deviene una orgullosa y ufana declaración de la intemporalidad de la esencia italiana, cuando en realidad es una emulación varada en lo más zafio y chabacano, en los aspavientos más retóricos y huecos de aquellos actores ilustres (Tognazzi, Sordi, Manfredi, Mastroianni…) que supieron encarnar los deseos más inconfesables y los miedos más evidentes del italiano medio, de l’uomo qualunque.
Este manierismo formalmente impostado se corresponde con una ideología rancia oculta tras un explícito velo de satisfacción consigo mismos que todos los personajes detentan. El machismo más carpetovetónico, el conservadurismo más contumaz son los motores que arrastran este paseo por las lindes del Amor, eje estructural que de manera pueril y vergonzosa engarza los tres episodios que constituyen el filme.

Un Cupido-taxista es la paupérrima alegoría que el director y guionista ha utilizado como nexo de unión. Lo aciago de sus heridas, de esas flechas del amor propias del baúl de los recuerdos de la española Karina, son los mimbres que articulan el incontrolable deseo de los personajes protagonistas masculinos, dado que la función otorgada a las mujeres es la de mera estatua moviente, escultura carnal y lasciva que desata la líbido rampante de los rijosos varones.
No cabe duda de que el éxito de los libros de Federico Moccia, así como las histriónicas actuaciones del primer ministro Berlusconi se desenvuelven en un caldo de cultivo que las propicia y las jalea, sin ánimo de recurrir a un sociologismo reduccionista. Al fin y al cabo, el personaje de Roberto está interpretado por el actor Ricardo Scamarcio, que también protagonizó la adaptación cinematográfica italiana del best seller de Moccia Tres metros sobre el cielo. El propio director Giovanni Veronesi ha declarado que este personaje, que protagoniza el episodio dedicado a la juventud del amor, es con el que más se identifica. Teniendo en cuenta que Veronesi nació en 1962, el complejo de Peter Pan causa estragos en las meninges del director.
El segundo episodio está dedicado a la madurez del Amor, mientras que el tercero se corresponde con un Más allá que quiere explicitar la intemporalidad de este universal emocional, no su carácter esotérico, aunque a lo mejor esta perspectiva hubiera resultado más fructífera, menos indigesta para el espectador.
Los guiones se relamen en la previsibilidad y en los lugares más comunes. El coro de secundarios son moldes vacíos, trasfondo de astracanada que realzan la aparente y falsa contención inicial de los protagonistas, contención que los dardos amorosos transmutan en histrionismo a espuertas.

De las protagonistas femeninas, de su condición de meros artilugios catalizadores del deseo erótico implícito en el macho alfa italiano, destaca, para mal, Monica Bellucci, a la que los estragos de la edad y su última maternidad la han convertido en una especie de Morticia Adams, con un rostro inexpresivo por la multitud de estiramientos que soporta, con un cuerpo recauchutado en el que las carnes parecen fluir por los pliegues de los ajustados vestidos. Ella protagoniza un tête-à-tête con Robert de Niro, en el que al extraviado actor norteamericano (¿será una concesión a sus orígenes?) consigue sumirlo en el desbarajuste italianizante de todo el filme. De Niro consigue aguantar el tipo durante quince minutos, pero se ve inexorablemente arrastrado por la turgente mole de
En algún momento de todos los episodios, el director se crece y se atreve a intentar componer secuencias tributarias del slapstick, acabando de sumergir su historia en los predios del más absoluto desmán. Otras escenas tienen el aire setentero de aquellos sonoros golpes que se administraban Bud Spencer y Terence Hill. Incluso obliga a Adrian (De Niro) a remedar en un explícito homenaje secuencias de Vacaciones de Ferragosto, de la que, por cierto, está a punto de estrenarse una secuela, Gianni y sus mujeres, un fehaciente ejemplo del éxito de público y de la buena acogida que recibe este tipo de cine.
Sólo resta admitir la sana envidia que produce a un espectador no italiano la contumacia y el orgullo en esa esencia italiana que exhiben estos productos trasalpinos. Ellos continúan haciendo gala de su país, de sus pretendidas virtudes y acrisolados defectos, de su sentimentalismo recalcitrante, de su erotismo calentorro y rijoso, de sus empalagosas canciones melódicas…, en fin, de su vertebración simbólica.
Ahora sólo falta que acierten, con esos ingredientes tan amados por ellos mismos, a hilvanar una buena comedia. Mientras, soportaremos, en este Ferragosto hispano, sus salidas de tono. Paciencia.
Escribe Juan Ramón Gabriel
| Título | Manuale d’amore 3: Las edades del amor |
| Título original | Manuale d’amore 3 |
| Director | Giovanni Veronesi |
| País y año | Italia, 2011 |
| Duración | 127 minutos |
| Guión | Giovanni Veronesi, Ugo Chiti y Andrea Agnello |
| Fotografía | Tani Canevari |
| Música | Paolo Buonvino |
| Distribución | Alta Classics |
| Intérpretes | Robert De Niro, Monica Bellucci, Carlo Verdone, Riccardo Scamarcio |
| Fecha estreno | 19/08/2011 |
| Página web | http://www.altafilms.com/site/sinopsis/manuale_d_amore_3_las_edades_del_amor |
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Manuale d’amore 3 (1)







