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LOS LÍMITES DEL CONTROL (1)

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The Limits of Control
Título original: The Limits of Control
País, año: España - EE.UU. - Japón, 2009
Dirección: Jim Jarmusch
Producción: Stacey Smith, Gretchen McGowan
Guión: Jim Jarmusch
Fotografía: Christopher Doyle
Montaje: Jay Rabinowitz
Intérpretes: Bill Murray, John Hurt, Tilda Swinton, Hiam Abbass, Óscar Jaenada, Luis Tosar, Alex Descas, Gael García Bernal, Paz de la Huerta, Isaach De Bankolé, Youki Kudoh, Jean-François Stévenin
Duración: 116 minutos
Distribuidora:  Universal
Estreno: 2 octubre 2009
Página web:  www.thelimitsofcontrol.com

La ausencia de sentido
Escribe Ferran Ramírez

La última obra de Jim Jarmusch no traza ningún recorridoLos límites del control es su título, pero podría ser cualquier otro pues la última obra de Jim Jarmusch no traza ningún recorrido, pese a que su protagonista siga un supuesto camino definido. Es una cinta vacua, sin nada que ofrecer excepto el mero placer estético e ideológico que parece querer transmitir.

"La vida no vale nada" rezan todos los personajes en voz alta podría bien ser el leit-motiv del filme. No hay identidad en los personajes, no tienen nombre, no tienen nada que dar sino que sólo pueden discernir monólogos confusos de apenas tres minutos que no conducen a ningún sitio. Su protagonista tiene una misión (o eso quiere creer el espectador humilde) pero tampoco parece, ni lo pretende, querer concluir de forma trascendente. Entonces, ¿qué es Los límites del control?

Jim Jarmusch ha conseguido, a lo largo de su trayectoria, crear una huella digital que deja impronta en todas sus creaciones. Ha erigido piezas maestras en donde quedan plasmadas sus motivaciones nihilistas, cercanas a los preceptos dadaístas del vanguardismo artístico.

Ha logrado reunir a un reparto de apariciones estelares que ya quisieran muchos para sí. Tilda Swinton, Bill Murray, John Hurt, Gael García Bernal o Luis Tosar desfilan ante la cámara con un alambicado texto que recitar, pero que, como el trayecto que sigue el personaje principal, Isaac de Bankolé -un habitual del cine de Jarmusch-, no consiguen una transmisión efectiva que establezca un vínculo comunicativo.

El espectador se deja seducir por un prólogo prometedor que pronto se torna obsoleto

El espectador se deja seducir por un prólogo prometedor que pronto se torna obsoleto, y que se estira a lo largo de casi dos horas de metraje, en el que asiste a la llegada a tierras españolas de un solitario hombre, viva encarnación del hieratismo, que apenas articula palabra -suponemos por exigencias del guión- y que nunca deja entrever su posible cometido, que cruzará la Península para encontrarse con una serie de extraños personajes que le harán intercambiar una caja de cerillas.

A quien esto suscribe le encantaría poder dar más detalles sobre su trama argumental, o por lo menos sugerirlos, pero no hay más. Este mínimo esbozo es el que sirve de torpedo para lanzar al infinito de lo inescrutable toda la carnaza. Bellas postales de la geografía patria, unas líneas de diálogo escasas que sirven para azotar la mente del sesudo intelectual, y la sucesión de paseos infinitos por las calles españolas componen el resto de sus bazas.

Bien podríamos pensar que el mérito de este filme reside en hacer una película de acción sin el más mínimo de atisbo de acción

Bien podríamos pensar que el mérito de este filme reside en hacer una película de acción sin el más mínimo de atisbo de acción, sino optando por la esterilidad expositiva. Jarmusch ha agotado su propia fórmula, esa que tan buenos resultados le había reportado en anteriores obras  -recordemos por favor Extraños en el paraíso- que si bien hacían gala del mismo absurdo existencial que el filme que hoy nos ocupa, tenían un poder emocional insólito que conectaban intrínseca y directamente con el vacío existencial de la vida.

Los límites del control parece querer salir a flote y hacer mención al vacío del arte, al vacío de unas personas perdidas que parecen obedecer órdenes ajenas. Parece querer transmitir que nada tiene sentido pero, finalmente esa ausencia de sentido se ha contagiado en cada fotograma. Es el producto final es el que no tiene sentido.

 Jarmusch ha agotado su propia fórmula, esa que tan buenos resultados le había reportado en anteriores obras
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